EL MUNDO › PANORAMA POLITICO

Algo pasa

 Por Santiago O’Donnell

Algo está pasando en Irán, aunque es difícil saber qué. No es por falta de información: hay periodistas locales y extranjeros en el lugar de los hechos que vienen cubriendo paso a paso la revuelta que sucedió a las elecciones del 12 de junio. Hay mucha información en el sitio web de la cadena Al Jazeera. Hay blogs, hay tweets, están las crónicas del notable Robert Fisk desde Teherán que este diario se da el lujo de publicar día tras día. Irán no es un país amurallado como Norcorea. Ese no es el problema.

El problema para entender lo que está pasando en Irán es que es posible que nadie lo sepa, ni siquiera los propios protagonistas, porque los acontecimientos superan lo que ellos mismos imaginaron. O tal vez todo termine en la nada, como la protesta de Tiananmen, porque el ayatolá Khamenei, el Líder Supremo de la teocracia, dijo el viernes que se acabó el tiempo para protestar. Una cosa es desafiar a un líder político, como venía sucediendo hasta ahora, y otra muy distinta es desobedecer al Líder Supremo de la revolución islámica, que no en vano cumplió ya tres décadas en el poder.

Esto se sabe: ganó Mahmud Ahmadinejad, mano dura oficialista, perdió Hussein Mussavi, ex mano dura ahora reformista. Miles de iraníes salieron a la calle a protestar porque dicen que hubo fraude. ¿Hubo fraude? Parece que sí. No hubo monitoreo de observadores internacionales y el presidente sacó un porcentaje muy similar al de cuatro años atrás. Pero el relato que hace en Al Jazeera un periodista iraní que vivió la jornada desde la sala de prensa del Ministerio del Interior hace pensar que hubo trampa. Según explicó, se esperaba que Mussavi hiciera una gran elección porque cuanto mayor es la participación, mejor les va a los reformistas, y esta vez los iraníes reventaron las urnas: hubo una concurrencia record del ochenta y cinco por ciento.

Pero no hubo batacazo. A las once de la noche, minutos después de que Mussavi convocara a una conferencia de prensa para anunciar, en base a sus cómputos en boca de urna, que había ganado la elección, apareció un cable de la agencia oficial INRA. El cable proyectaba un triunfo de Ahmadinejad, y le atribuía el sesenta y nueve por ciento del voto. A los pocos minutos apareció el coordinador de la elección en la sala y leyó los primeros cómputos: sesenta y nueve por ciento a favor de Ahmadinejad. Desde entonces hubo varias actualizaciones, pero el porcentaje casi no variaba: sesenta y ocho por acá, sesenta por allá, sesenta y seis en este distrito, sesenta y dos en aquél. Al final el número del presidente se terminó de acomodar apenas por debajo del sesenta y tres por ciento.

Sin embargo, contó el periodista, en elecciones pasadas ciertas minorías demostraron ser muy fieles a los candidatos de su etnia. En las presidenciales del 2005 el candidato que salió último (séptimo), Mohsen Mehralizadeb, ganó sin embargo en Azerbaiján del Este porque provenía de esa región. Esta vez Mussavi, que también es azerí, ni siquiera había ganado en su ciudad natal, Tabriz, capital de la región, donde, según los cómputos oficiales, Ahmadinejad habría obtenido... alrededor del sesenta y cinco por ciento. Otro candidato, Mohsen Rezai, que esperaba sacar al menos dos millones de votos en su provincia natal de Lorestan, terminó con un total de menos de un millón de votos en todo el país. En fin, contó el cronista acreditado en el ministerio, resultados inusuales y actitudes sospechosas. Parece que hubo fraude.

Mussavi les escribió una carta a sus seguidores y les dijo que salieran a las calles vestidos de verde para exigir que se anule el resultado y le pidió a la policía que no reprima. Aunque en el debate televisivo que precedió la elección Mussavi había sido muy crítico del candidato oficialista, después del voto convocó a la protesta con una sola consigna: denunciar el fraude y pedir que se anule la elección. Miles y miles de seguidores de Mussavi salieron a las calles y soportaron la represión de las fuerzas de choque del gobierno, los temidos basij. Pero según contó Fisk, la policía se interpuso para proteger a los manifestantes. Aun así, para Amnesty International hubo diez muertos el lunes por la represión. El gobierno iraní reconoce siete y dice que se trata de un grupo de terroristas que durante una protesta intentaron asaltar una garita policial con armas y explosivos.

A partir del martes las protestas fueron por el fraude y también para honrar a los muertos. Al verde de sus prendas los manifestantes sumaron otras negras en señal de luto. Por la pasión y los colores, en las fotos parecían hinchas de Nueva Chicago.

Después el gobierno suprimió la cobertura extranjera de las protestas pero los propios medios oficiales continuaron mostrándola. El ayatolá Khamenei dijo que no había fisuras en el régimen, pero las decisiones de la televisión oficial reflejaban otra cosa. Y Mussavi no era un paracaidista, sino un ex primer ministro, y contaba con el apoyo explícito de los influyentes ex presidentes Mohamed Jatami y Hachemi Rafsanjani, este último actual presidente de la Asamblea de Expertos, el grupo encargado de asesorar y elegir al Líder Supremo. Los ayatolás Bayat Zanjani y Yusef Saanei también han alentado la protesta de Mussavi en declaraciones públicas o a través de sus blogs, informa Angeles Espinoza, reporteando desde Teherán para El País de España. Todos estos líderes son considerados “conservadores pragmáticos”: favorecen un acercamiento con Estados Unidos y no sostienen posturas negacionistas con respecto al Holocausto, como el cuestionado Ahmadinejad.

El Líder Supremo dijo el viernes que él garantiza que no hubo fraude, que cuestionar las elecciones es cuestionar la revolución y que los cuestionamientos vienen de “afuera del establishment revolucionario”, según tradujeron sus palabras las principales agencias de noticias. Entonces, ¿la protesta era sólo por la elección?

Según la revista Time, la última vez que los iraníes tomaron las calles fue en el 2007, para quejarse por el racionamiento de gasolina. A pesar de sus vastas reservas petroleras, a falta de refinerías, Irán debe importar el cincuenta por ciento de la nafta que consume y a veces el combustible escasea. El año pasado la inflación trepó al veinticinco por ciento anual y los precios del petróleo no rebotan. Algunos expertos sostienen que el estancamiento económico generó el descontento que explotó tras las elecciones, a pesar de los programas populistas del presidente, que le generaron un fuerte apoyo entre los más pobres.

Otro tema que seguramente discuten los iraníes es el programa nuclear que Ahmadinejad dice desarrollar con fines pacíficos. Algunos dudan de su palabra porque Ahmadinejad también dice que hay que destruir a Israel. La cuestión es que en febrero la agencia atómica internacional informó que Irán ya estaría en condiciones de producir uranio enriquecido, por lo que a más tardar en septiembre Estado Unidos y Europa pedirán nuevas y duras sanciones en las Naciones Unidas. Esta vez las sanciones no se limitarían al sector energético como las impuestas el año pasado, informa Time, sino que alcanzarían a todo el sector energético iraní.

Como el noventa y cinco por ciento de los ingresos del país provienen de la importación de petróleo, de aprobarse las sanciones es lógico asumir que la situación económica de los iraníes se agravaría bastante. Claro que hay que ver qué hacen China y especialmente Rusia, que es el principal socio comercial del país persa. Tanto Beijing como Moscú apoyaron sanciones contra Norcorea hace dos semanas por retomar su programa nuclear y es probable que hagan algo similar con Irán. Obama le ofreció a Rusia desmantelar el escudo antimisiles de Bush a cambio de ese apoyo. Pero esta semana el presidente ruso Dimitri Medvedev recibió como un héroe a Ahmadinejad en una cumbre de países asiáticos y lo felicitó por un triunfo electoral que Occidente todavía no reconoce. El Kremlin tiene muy claro que su relación con Teherán es su principal activo en las negociaciones con la Casa Blanca.

Ahmadinejad repite en todos los foros internacionales que Irán no resignará su derecho a producir energía nuclear y que en todo caso se puede pactar la visita de inspectores para que nadie piense que está fabricando una bomba. En cambio Mussavi declara en reportajes con la prensa estadounidense que el programa nuclear iraní es “negociable”.

Entonces, ¿la protesta es sólo para pedir un recuento de votos? ¿Los cuestionamientos terminan en Ahmadinejad? ¿El programa nuclear y el enfrentamiento con Israel y Estados Unidos son pilares de la revolución o accesorios circunstanciales? ¿El discurso del Líder Supremo marca el fin de una protesta o el principio de una revolución? A veces la historia no está escrita de antemano y por más que uno lea y lea, al final no sabe qué pensar.

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Imagen: AFP
 
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