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La polémica sobre la amnistía

 Por Julio María Sanguinetti *

En vuestra edición del día 24 de febrero el Sr. Horacio Verbitsky y el ex embajador Patiño Mayer me dedican dos comentarios, el segundo contestando un artículo mío en La Nación, y el anterior haciéndole un prólogo, en que simplemente caricaturiza un artículo y un libro míos, sin fundamento a la vista. Sin responder con otros agravios a los que lamentablemente lanza el ex embajador, por respeto a los lectores me veo –sin embargo– en la obligación de contestar algunas de sus apreciaciones.

Para empezar me atribuye el propósito de brindar respaldo a quienes en la Argentina sostienen lo que él califica de impunidad. ¿De dónde extrae esa intención cuando no hay la menor referencia a la Argentina? Mi artículo se refería a la corrección de dos errores cometidos por presidentes amigos, en cuanto atribuían a nuestro actual mandatario, don José Mujica, una lucha contra la dictadura uruguaya y una prisión por ella. Simplemente aclaré –cosa incontrovertida e incontrovertible– que el señor Mujica no combatió nunca la dictadura, porque cuando ella sobrevino ya estaba preso y él mismo se ha lamentado de esa imposibilidad. También aclaré que su prisión estaba referida a la Justicia democrática en época democrática por las acciones del MLN contra las instituciones de la época, en tiempos en que esa organización –como la mayoría de la izquierda de la época– despreciaba la democracia liberal, renegaba de los derechos humanos por considerarlos vacías libertades formales de la burguesía y había tomado las armas para instalar en Uruguay una revolución a la cubana (que ni el Che Guevara compartía). Todo lo cual era –y es– un homenaje a la verdad histórica, sin perjuicio del respeto que me merece, como ciudadano y persona, nuestro actual presidente.

En cuanto al tema de las amnistías, me referí al Uruguay y las consecuencias de 10 años de guerrilla (1963-1973) y 11 años de dictadura (1973-1984). Fue ese un conflicto político violento, desatado por uruguayos por las razones señaladas. Hubo violaciones gravísimas a los derechos humanos, asesinatos, secuestros, torturas, de ambos lados y por eso personalmente combatí, con mis armas de periodista y político, a ambos. Pero debo reconocer que ninguno sostuvo teorías racistas, por sí mismas delitos en la legislación uruguaya, ni ninguno de los bandos intentó un genocidio. Ambos, profundamente equivocados, recurrieron a la violencia política, como ocurrió en aquellos años ’60 y ’70 en muchas partes del mundo y en nuestra América latina por todos lados. Comparar esos conflictos políticos con el Holocausto judío revela una total incomprensión del significado de esta tragedia, de su singularidad, de su repercusión mundial y de su propósito de agresión universal, ideológica y fáctica, a la dignidad de la gente.

Las amnistías, como todos los institutos de gracia soberana, están previstas en las constituciones democráticas para saldar las consecuencias de grandes conflictos, imposibles de superar conforme a las leyes. La historia uruguaya siempre resolvió así sus guerras, aun en aquellos horribles enfrentamientos en que se degolló a destajo. El presidente Mujica, en reciente libro, hablando de nuestra sociedad dice: “Las raíces no están ahí sino en el Pacto de la Unión y su hermosísima consigna: Ni vencidos Ni vencedores. Me gustaría saber cuántas guerras del mundo terminaron en una declaración de fraternidad tan elocuente. De ahí en adelante tuvimos bastante más concertación que pelea. Los años de dictadura no deben entenderse como un período de enfrentamiento social sino como un fenómeno impuesto de arriba y a prepo a toda la sociedad. Del mismo modo no me parece que pueda llamarse combate de unos contra otros a las fricciones de la vida política. El país procesa sus diferencias civilizadamente y con apego al orden jurídico. Nos peleamos con palabras y con ideas, disponibles para todos con igual libertad. ¡Ojalá en todos lados pudiera decirse lo mismo!”

La amnistía es un instituto de la democracia liberal. Nos atenemos, entonces, a la moral laica, que reconoce el perdón como solución política para un conflicto político. Por eso en Uruguay votamos un perdón a quienes por medios violentos atentaron contra la democracia, matando y secuestrando, del mismo modo que luego votamos otro perdón a los militares que primero los derrotaron adentro de la ley y luego se desplazaron, desgraciadamente, a la aberración de una dictadura. No hubo perdón hemipléjico. Hubo perdón para todos, porque las amnistías son para todos o no son para nadie. La moral no se desdobla. No hay muertos de primera y muertos de segunda, según sus asesinos sean asesinos de primera o de segunda. Así lo entendimos nosotros y así lo entendió el pueblo uruguayo, que respaldó con su voto, dos veces, algo tan difícil de aceptar como es una amnistía a militares que ejercieron la dictadura. Dos veces con 20 años de distancia no son una mayoría circunstancial sino una clara voluntad de paz.

Ese pueblo uruguayo merecería un mayor respeto del señor ex embajador, que se siente dueño de una verdad absoluta y practica una peligrosísima visión unilateral, desgraciadamente muy difundida en los últimos años. Según ella, los crímenes de “lesa humanidad” son sólo cometidos por el Estado, cosa que no dice el Tratado de Roma ni ninguna convención a que hayamos adherido. O sea, los fundamentalistas que volaron las Torres Gemelas, o los asesinos de la ETA o todos aquellos que han asesinado desde su mesianismo revolucionario, el propio Bin Laden, podrían merecer un perdón que nunca recaería sobre militares que los enfrenten y que en ese ejercicio se excedan.

El señor embajador vivió en Uruguay y sabe todo lo que se ha hecho para mitigar los efectos de todos aquellos vejámenes, los de los guerrilleros y los de los militares. La reposición de funcionarios, las indemnizaciones en dinero, la búsqueda de cadáveres (no impedida por ninguna ley), el intento de encontrar la siempre esquiva verdad (que ninguna ley tampoco frustra). Cuando se amnistió a los guerrilleros apostamos a la paz, confiando en que no reincidirían, pese a que en ellos no había arrepentimiento expreso y a que quedaban una treintena de homicidios absolutamente impunes. Cuando, posteriormente, y como espejo, votamos la otra amnistía (propuesta por el principal líder de la oposición de la época, Wilson Ferreira Aldunate) apostamos a esa misma paz, pero ya con el reconocimiento público de los mandos militares de que en aquellos años habían “perdido los puntos de referencia”. Felizmente, no nos equivocamos y se construyó, no sin dificultades, una real paz.

Las situaciones argentinas fueron muy distintas de las nuestras. No comparo a los Montoneros con los Tupamaros ni a la dictadura argentina con la uruguaya. Fueron procesos distintos e ideas distintas y no he aludido a ellas. Ha de entenderse que nuestras soluciones fueron nuestras y, como dice el presidente Mujica, son la base de nuestra paz y reconciliación. No nos apearemos de ellas, por liberales y demócratas, por no tener una sola claudicación en defender la institucionalidad de todos sus enemigos, de izquierda, de derecha, del nacionalismo violento, del marxismo revolucionario o la doctrina de la seguridad nacional. En ello seguiremos, siempre inspirados en los ejemplos generosos de la transición española y la notable paz de Mandela en Sudáfrica, que no condenó a nadie y perdonó a todos. La película Invictus sería una buena lección para muchos.

* Ex presidente de Uruguay.

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