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La convención de remiseros

 Por Vicente Battista *

Entre todas las categorías de Premios Nobel hay dos que son perfectos comodines: el de la Paz y el de Literatura. Las otras especies –desde Física y Medicina hasta Química y Economía– deben sustentarse en algo tangible; por ejemplo: un descubrimiento esencial que se supone revolucionará la ciencia contemporánea. El de la Paz depende exclusivamente del estado de ánimo de los parlamentarios noruegos y el de Literatura, de los gustos y/o disgustos de los académicos suecos. Esto tal vez explique por qué personajes como Henry Kissinger o más recientemente el presidente Barack Obama hayan recibido el Nobel de la Paz o por qué un destacado político británico como Winston Churchill fue remunerado con el de Literatura. Este galimatías sucedió en 1953, a nueve años del fin de la Segunda Guerra Mundial. Galardonarlo con el de la Paz era una paradoja (aunque años después, como se ha visto, las autoridades noruegas cometieron esa extravagancia) y no había modo de proporcionarle el de Medicina o el de Economía. Frente a esa disyuntiva, los académicos suecos optaron por el de Literatura, en base a “su maestría (la de Churchill) en la descripción histórica y biográfica, tanto como por su brillante oratoria, que defiende exaltadamente los valores humanos”. Argumentos irrefutables: brillante oratoria, descripción histórica y biográfica; de literatura, nada.

Es posible señalar entonces que, con méritos o sin ellos, tanto en el Nobel de la Paz como en el de Literatura, la política tiene esencial importancia. Dicen que a Borges se lo negaron por cierta visita que hiciera al Chile de Pinochet, del mismo modo que, sospecho, las recientes proclamas neoliberales de Vargas Llosa algo habrán tenido que ver en la decisión de los académicos suecos.

Las autoridades de la Fundación El Libro invitaron al escritor peruano a que abra la próxima Feria, y de inmediato se alzaron voces de protesta en torno de ese ofrecimiento. El sábado por la noche en un programa de TV, una joven actriz, alarmada, dijo que no estaba bien prohibir a un Premio Nobel. Era el único dato que tenía de Vargas Llosa, porque de inmediato, en voz queda, confesó no haber leído una sola línea del escritor peruano. “Censurar” y “prohibir”. Estos son los dos anatemas que se echaron a andar no bien se conocieron las cartas de Horacio González, en su calidad de director de la Biblioteca Nacional, y la de Aurelio Narvaja, director de Ediciones Colihue, así como el manifiesto del Centro Cultural de la Cooperación Floreal Gorini y la declaración que aún circula y a la que han adherido numerosos intelectuales. En esos textos se habla de perplejidad y de preocupación, de desagrado, de malestar y de que es inoportuno invitar a Vargas Llosa a abrir la Feria del Libro. En ningún momento, en ninguno de esos textos, aparecen los términos “censura”, “prohibir”, “vetar” o cualesquiera de sus sinónimos.

Una serie de escritoras y escritores han sido consultados por esas cartas y esos manifiestos. Algunos repudiaron las propuestas políticas de Vargas Llosa, pero, en nombre de la libertad de ideas, impugnaron que se lo censurase o prohibiera. Puedo entender que la joven actriz se haya equivocado en su juicio (vaya en su descargo la ausencia de información y de lectura, dijo preferir a J. K. Rowling antes que a Vargas Llosa), pero no entiendo que algunos hombres y mujeres acostumbrados a trabajar con la palabra no se hayan tomado el trabajo de leer las palabras de las cartas y de los manifiestos. Ahí, repito, en ningún momento se habla de prohibir o de censurar, ni siquiera se sugiere. ¿Es que acaso se han dejado envolver por los medios hegemónicos y su ladina costumbre de poner “digo” en donde dice “Diego”?

Noches pasadas tuve que ir a un programa de TV para hablar del tema Vargas Llosa. En el viaje de regreso a casa, el remisero me preguntó la razón de tanto escándalo. Le dije que imaginara que en Buenos Aires se está por realizar una convención de remiseros que abarcará la totalidad del país. Vendrán representantes de todas las provincias. Para inaugurar esa convención se ha invitado a un remisero sobresaliente, un peruano que demostró ser uno de los mayores conductores de coches de la última década. Los mecánicos suecos le habían otorgado el Premio Volvo, el máximo galardón al que aspiran todos los choferes de la Tierra. Le sobraban méritos para abrir la convención. “¿Y entonces cuál es el problema?”, quiso saber el remisero. Le dije que ese excepcional volante suele hablar pestes de los remiseros argentinos. Dice que se merecen los accidentes que sufren, que podrían tener mejores coches pero que no se preocupan por tenerlos. Dice que no entiende cómo un país con tan buenas rutas tenga tan pésimos y mediocres conductores. Hice un corto silencio y pregunté: “¿Le parece que es el hombre indicado para abrir la convención?”

La respuesta del remisero fue contundente, aunque no vale la pena repetirla. La convención de remiseros pertenece al espacio de la ficción, de la pura literatura. En cambio, la apertura de la Feria del Libro tiene poco de literatura y mucho de realidad y de política.

* Escritor.

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