EL MUNDO

Alto el fuego

Conocemos el modo bélico en que se procede cuando está en juego el concepto de civilización. Cada una de las beligerancias quiere encarnar la civilización y no la barbarie. No obstante, se complacen en invertir las cosas. Las religiones mundiales son las primeras que deben preguntarse por el triste destino reversible de los grandes pensamientos y creencias. La civilización produciendo barbarie, asumiéndola como suya, llamándola cultura cuando apenas documenta la crueldad. Ante ese espectáculo estamos. Por eso: Alto el fuego.

La obra artística de León Ferrari parece literal, basada en el choque violento entre formas sacras bien delineadas y utensilios de la vida cotidiana o de destrucción sistemática, que producen una suspensión virulenta del juicio. Parece una obra blasfema, pero en verdad llama a investigar la blasfemia y las figuras de conciencia del mundo sagrado, para que de ellas salga su esencial grito agónico: Por eso: Alto el fuego.

El Cristo plegado sobre el avión de guerra no provee una interpretación inmediata, sino desafía toda interpretación. Pensar hoy en un Alto el fuego es desafiar la interpretación, no desembocar en la interpretación ya dada por nuestra ociosa lengua política. Esta figura de León Ferrari, que es un profundo homenaje artístico al compromiso impensado de las forma; el diseño sacro del avión, la figura santa crucificada en su prisión metálica, no significa sino un conflicto físico y sentimental con nuestras comodidades interpretativas. Se nos desafía a buscar la crítica en los pensamientos súbitos, en unión inconcebible. Por eso, Alto el fuego.

La obra de León Ferrari nos indica las dificultades de las obras de arte. Parecen venir interpretadas, pero cada época las interpreta con su propio ahogo, su propio peligro. En este caso, el avión sobre nuestras cabezas, en picada, con su forma simbólica y sacrificial, no sabemos si provoca entre las creencias y los actos de violencia, un sentimiento de reciprocidad que debemos separar de nuestra conciencia. Nos introduce a una nueva facultad: la que nos permite, con esta imagen indecidible, rechazar el espectáculo mortífero en que se ha convertido la presente historia de la humanidad. Rechazamos esa plusvalía de muertes y masacres –como en Medio Oriente– o ese excedente teológico político que habita en los cruentos sucesos que se relacionan con la historia contemporánea de Irak o Siria, naciones de las que llega un dolor no ajeno ni a las vicisitudes del clásico imperialismo ni a las concepciones que adicionan tesis teológico-políticas en sus formas menos respetables, más precarias. Fusionar automáticamente estas dos dimensiones abre canales de aniquilación colectiva ante los que nos acostumbramos a volvernos impasibles.

Por supuesto, todos estos hechos incluyen el bombardeo a la Ciudad de Gaza; el derribamiento de un avión comercial en las fronteras ucranianas; las acciones jurídicas insensatas, sostenidas por las formas de la economía capitalista más enceguecidas y los acontecimientos de Irak donde viejas fuerzas imperiales y credos sacrificiales muestran su demasía. Ninguno de estos hechos, aunque diferentes, dejan de tener semejantes matrices de dominio, destrucción de vidas e inusitada violencia. En su disparidad, nos permiten sin embargo un gesto unánime que los abarque con un Alto el fuego. Salvando diferencias, es necesaria también una suspensión de las maniobras abstractas que realizan las nuevas maquinarias simbólico-judiciales de guerra. Cada situación señalada, tiene alcances y singularidades que actúan en muy diferentes planos, pero no son desiguales en un nivel posible de comprensión histórica. No son desiguales porque son signos heterogéneos del mismo desquicio de la ausencia, en la vida política mundial y en el acontecimiento de las creencias humanas, de una voz común que ofrezca un precepto cuya autoridad expresiva pueda poner fin a las masacres. Por eso nos vemos conducidos a este llamamiento en torno de un nuevo humanismo crítico, que replantee las bases universales de justicia y convivencia entre las pasiones políticas, religiosas y artísticas. Es preciso un pacifismo no ingenuo ni desconocedor de las oscuridades rotundas de las historias de violencia pasadas y actuales. Un pacifismo fundado en el conocimiento y no en el miedo a la historia. Por eso, en un único punto fértil y fugaz en que nos reunimos en torno de un dolor colectivo, reclamamos, en todos los idiomas posibles, un Alto el fuego. La barbarie es barbarie aunque aparezca bajo la forma de la civilización.

Alrededor de una conocida obra de arte que convulsiona al espíritu pensante, decimos que un sufrimiento anterior no justifica causar sufrimientos presentes. Los pueblos tienen memorias y legados, pero cada actualidad repone sus motivos y revisa su transmisión y herencia. Es necesaria una nueva autoridad mundial fundada en renovadas tradiciones ético-políticas, que vea lo teológico como autoconciencia en la devoción común y no como ligamento inmediato con el mesianismo político. La teología política así considerada supera el estado de excepción y lleva a la militancia sacrificial. Los pueblos en peligro lo están más en la medida que el propósito redentor indique que es mejor el sacrificio que la reposición de las creencias básicas en el habitar común y en las autonomías del saber y del arte.

Las formas de guerra que más impresionan son las que implican crucifixión y tormento, tanto como las que se basan en el mero imperio de la tecnología o en la ansiedad inmediata por ligar un concepto economicista a una prueba teológica. Pero un estadio aún peor puede recorrer la humanidad si se consuma la alianza entre tecnologías y milenarismo sacrificial. Ni capitalismo como dominio de reservas económicas mundiales, ni imperialismo como fuerzas de ataque jurídicas, ni comunidades de escatologías sacrificiales. Basta de bombardeos sobre pueblos desventurados, basta de guerras que despilfarran vidas, basta de Estados blindados que a cada ataque de su artillería deniegan las filosofías de convivencia que latían en su origen, basta de ensañamientos artillados, sean guerras de tipo clásico, o colonialistas, o de tipo teológico, o de tipo expansionista. Alto el fuego.

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