EL MUNDO › CON EL FANTASMA DEL EI COMO ARGUMENTO, DEBILITó MILITARMENTE A LA OPOSICIóN AL RéGIMEN DE ASSAD

Rusia capitaliza su incursión armada en Siria

Al reforzar al presidente sirio, Putin hace de él un actor inobjetable. Con eso profundiza las divisiones en Europa acerca de cómo llevar adelante la guerra contra el jihadismo y cómo manejar la transición política en la posguerra.

 Por Eduardo Febbro

Página/12 En Francia

Desde París

Cuatro millones de desplazados, 250.000 muertos, la guerra en Siria no sólo ha provocado una de las hecatombes humanitarias más espantosas de este siglo sino que, también, ha movido hacia el borde del precipicio las piezas de la geopolítica mundial. La intervención militar directa de Rusia en este conflicto con el pretexto de ablandar las fuerzas del Estado Islámico en ese país dejó a los aliados occidentales en una sospecha que los paraliza: Vladimir Putin, con el fantasma del Estado Islámico (EI) como argumento, debilitó militarmente a la oposición al régimen de Bashar al Assad antes que al mismo EI. Con ello, Occidente se encontró con que Moscú se incrustó en el escenario sirio para reconfigurarlo en una dirección muy distinta de la oficial. Vladimir Putin mezcla las cartas a su antojo mientras que los aliados vociferan. La última cumbre de los cancilleres de los 28 países de la Unión Europea refleja no sólo las divisiones internas de los europeos sino, sobre todo, el grado en el que su estrategia terminó favoreciendo a Bashar al Assad y a Moscú. Al primero porque los bombardeos rusos le permitieron recuperar posiciones claves que estaban en manos de los rebeldes armados y entrenados por las potencias occidentales, al segundo porque protege a un aliado de peso y a un cliente fructuoso: Siria importa el 10 por ciento de la producción militar rusa, en especial los sistemas de defensa sofisticados. Si a ello se le agrega la reanudación de la venta de armas a Irán con el contrato de los misiles de defensa antiaéreos rusos SS-300 PMU-1 que Moscú firmó con Teherán, no es arduo entender hasta qué punto, de la mano de un problema mal encarado por los aliados, Rusia capitaliza en varios planos su intervención en Siria.

Putin manda, no hay dudas de ello. Ni siquiera el papa Francisco, tan inclinado a distribuir criticas en todos los foros, levantó la voz en el peor momento del conflicto en Ucrania para condenar la violencia o exigir el respeto de los acuerdos y del alto el fuego. Silencio global. En la cumbre de los ministros de Relaciones Exteriores de la Unión Europea celebrada el lunes 12 de octubre en Luxemburgo, los cancilleres manifestaron su “profunda preocupación” ante la evidencia de que la participación aérea de Rusia “sobrepasa el objetivo del Estado Islámico y de otros grupos a los que se considera terroristas y afecta a la oposición armada”. Pero más allá de esta frase, los ministros de la EU dejaron al descubierto sus divisiones, acentuadas todavía más por la irrupción de Moscú. Perfectamente al tanto de las fracturas occidentales, el jefe de la diplomacia rusa, Serguéi Lavrov, invitó a los aliados a “coordinar acciones conjuntas” con Moscú. Todos los Estados de la Unión hacen responsable al presidente sirio de la catástrofe actual, pero discrepan sobre la forma de armar una solución. Hay, de hecho, dos líneas en este rompecabezas militar y diplomático: Francia y Reino Unido ponen en tela de juicio cualquier inclusión del actual régimen sirio tanto en la lucha contra el Estado Islámico como en la armadura de una transición política. Alemania, Italia y España aceptan en cambio que Bashar al Assad participe en la guerra contra el EI y también negociar con él el establecimiento de una franja de alto el fuego para, así, diseñar un horizonte de solución político. Guerra y transición con Al Assad, o ambas sin él. Esa es la disyuntiva. Y a ella se le adhiere otro actor, a saber, las Naciones Unidas. La ONU pilotea un proceso de paz mediante una serie de conversaciones que se mantienen en Ginebra. Dicho proceso incluye, desde luego, al mismo Bashar al Assad. Staffan de Mistura, el enviado especial de la ONU en esta negociación, mantiene actualmente diálogos fluidos con el régimen sirio. Existe, también, una tercena y cuarta posición: Irán, un interlocutor importante, exige que El Assad sea integrado a una solución negociada: al revés, Turquía y los países del golfo Pérsico reclaman su renuncia antes de cualquier negociación.

Con su quinta posición, Rusia le vino a complicar a Occidente el ya inestable consenso. Al reforzar al presidente sirio, Putin hace de él un actor inobjetable. Hace una semana, Putin definió sin escamoteos los objetivos de su país en Siria. En una declaración hecha en el canal Rusia 1, Putin dijo que se trataba de “estabilizar a las autoridades legítimas y crear las condiciones para una salida política al conflicto”. Pocos diplomáticos europeos se animan a negar que el esquema geopolítico actual tiene todos los ingredientes y las consecuencias de una “Guerra Fría” que no dice su nombre. Los resultados son transparentes: luego de los bombardeos de Moscú, hace 14 días, Damasco derribó muchas líneas de los rebeldes respaldados por Occidente. Los bombardeos le abrieron el camino al régimen para retomar el control de las provincias de Adlib y Hama, al Oeste, y de Latakia, en la costa Mediterránea. Latakia es para Moscú una perla: en esa costa se encuentra la base naval rusa de Tartus, la cual le garantiza a Rusia una presencia sólida en el Mediterráneo oriental. Como lo señala el geopolitólogo Cyrille Bret en una artículo de análisis publicado por el vespertino Le Monde, Rusia no hace sino defender “sus intereses estructurales”. Hace más de un año, la coalición internacional liderada por Estados Unidos entró en acción para atacar las posiciones del Estado Islámico en Irak y Siria. Su resultado es nulo. Hoy hay en Siria armas francesas, británicas y norteamericanas, asesores de esos tres países más, ahora, asesores militares y armas rusas. Hay una inflación de actores armados con intereses antagonistas que se incrustan en un escenario de conflicto político religioso entre chitas y sunnitas. Los chitas apoyan el gobierno de Bashar al Assad, de mayoría Alauí, y los sunitas lo combaten. Por afuera, los Estados sunnitas del golfo son hostiles a Al Assad mientras que en Irán y Líbano los chiítas lo defienden. Guerras cruzadas entre aliados, conflictos entre Rusia y Occidente y confrontaciones confesionales en el terreno no dejan presagiar ninguna solución a corto plazo. Siria se ha convertido en un foco de conflicto polifónico donde se juegan parte de los equilibrios del mañana.

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Un hombre observa cadáveres tendidos en la entrada a un hospital de campaña en un suburbio de Damasco.
Imagen: AFP
 
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