PSICOLOGíA › SOBRE LA PELíCULA EL CLAN

Señora de Puccio

 Por Alejandra Jalof *

La película El clan, dirigida por Pablo Trapero, plantea nuevas cuestiones que exceden lo policial, aspecto bajo el cual se trató el caso Puccio en su momento. Parece una especie de reapertura del caso. Revisa la conexión entre los crímenes de la familia Puccio y los del Estado criminal de la dictadura en Argentina. Nos recuerda que no hay crímenes privados, que todo crimen es político. En una primera aproximación (observacional) es la personalidad de Arquímedes Puccio, el padre jefe de la banda, sobre la que parece gravitar el caso. Esto desde una perspectiva política se complejiza, y, a nivel de los complejos familiares, aún más. Las opiniones lo catalogan como perverso, psicótico, una personalidad narcisista, un canalla, podríamos agregar: un débil. Se podrá decir que el afán de conseguir dinero es su finalidad, pero no responde a cuál es su causa. Acapara dinero que no gasta. Se inscribe en una economía de la acumulación, quedando al margen de la circulación y consumo de la sociedad capitalista. La impunidad conseguida por el padre del clan, a partir de su contacto con integrantes del gobierno, es tangencial. Arquímedes desoye la advertencia de que su protección se había acabado y es aprehendido en 1985.

Los Puccio se constituyen como un colgajo, un resto de la maquinaria asesina que persiste más allá de la dictadura. La familia Puccio tampoco se constituye como una banda delictiva en la cual las asociaciones de los miembros son por intereses en común: salvo excepciones, los miembros son de la familia consanguínea. Los pocos lazos sociales que mantiene la familia con el exterior son a los fines de conseguir a las víctimas. El clan tampoco se encuadra dentro de la mafia, Arquímedes no interviene simbólicamente sino operativamente.

El clan Puccio es incestuoso en la medida que impide la separación de sus miembros. No es contingente sino necesario que los secuestrados permanezcan en la casa familiar. El peligro de ser descubiertos los confina al secreto y aislamiento junto con la madre. La comidas familiares entre los gritos de las víctimas evocan los rituales totémicos, propios de los clanes.

Oscar Masotta en el prólogo a La familia de Lacan, recomendaba distinguir la función paterna de la amenaza del padre. Lacan dirá que es la madre la que asegura la unidad doméstica del núcleo familiar, y hablará de la catástrofe que representa no poder separarse. Endogamia e incesto son sinónimos en este punto. No hay unidad sino alienación con el objeto incestuoso materno. Claude Lévi-Strauss describe el clan como matrilineal; la prohibición del incesto define los miembros prohibidos, cosa que asegura la exogamia.

La salida y diferenciación de los miembros del grupo no conlleva inscripción simbólica; no hay iniciación, sino fuga desesperada o pasaje al acto. Son tan cautivos de la familia como los secuestrados. La ausencia de la función paterna habilita entonces la mascarada materna. No hay institución: lo que prima es el lazo incestuoso con la madre; en estos casos es probable que la madre tenga como socio, subrogado, la figura del padre amenazador.

Arquímedes es un buen pastor que, bajo amenaza, conduce el rebaño al seno materno. Quizás Arquímedes soñara con ser Vito Corleone, un prototipo del padre al que se teme porque se lo ama, un dios judeocristiano. De ser así, habrá despertado a una pesadilla. La película El Padrino reflotaba los emblemas paternos clásicos pero bajo un código que no se inscribe en la legalidad; sin embargo compartía la ley particular de la mafia a la que las familias se avenían. En cambio, la lucha fratricida entre los hermanos por el reconocimiento del padre no se muestra en El clan. Arquímedes no es un padre bíblico, sino un engranaje de la maquinaria incestuosa. La complicidad de la familia no es con los crímenes sino con lo que los causa, el goce incestuoso que se ubica estructuralmente del lado de la madre.

Hallarse bien en el mal es lo que Freud llamaba pulsión de muerte, y lo describe con detalle en El malestar en la cultura. Freud descubre que los sujetos gozan activamente al repetir el trauma y llama a esto masoquismo primordial. Lo que Hanna Arendt describe como la “banalidad del mal” merecería pensarse a partir de que los goces humanos siempre son banales e inútiles, pero no por ello menos activos. No hay sujetos sin goce. La pasividad, la complicidad, la obediencia, el encubrimiento conllevan goces específicos según la estructura y el fantasma de quienes los portan.

El arte no tiene por qué responder preguntas, puede en todo caso, plantearlas para que otros las respondan o reformulen. La película de Trapero es una trama sutil de cuestiones que no pueden analizarse por separado, lo que conlleva cierta inquietud, debido a que remueve nuestras complacencias. Nos deja, entre otras, la pregunta de cómo podía la familia Puccio ignorar lo que ocurría en el interior de la casa, y en el mismo sentido, cómo se podía ignorar en Argentina lo que ocurría fuera de la casa de los Puccio. Aún hoy escuchamos a quienes se asombran de lo uno y de lo otro.

* Miembro de la Escuela de la Orientación Lacaniana (EOL).

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