EL MUNDO › OPINION

La hora del Frente Amplio

Por Carlos Fazio

Montevideo. En el ya lejano 1999, Eduardo Galeano se refirió a “una contradicción llamada Uruguay” y comentó que los 3 millones de habitantes del pequeño país sudamericano caben en un barrio de cualquiera de las grandes ciudades del mundo. Definió a los uruguayos como “3 millones de anarquistas conservadores: no nos gusta que nadie nos mande, y nos cuesta cambiar. Cuando nos decidimos a cambiar, la cosa va en serio”. Este 2004 puede ser el año del cambio en Uruguay; las encuestas indican que en octubre próximo el Frente Amplio (FA) se alzará con la victoria electoral. Para utilizar una metáfora del octogenario general Líber Seregni, figura emblemática del FA, el ambiente político uruguayo está impregnado por “el olor del queso”.
Para los frenteamplistas, un triunfo de Tabaré Vázquez, proclamado por tercera vez candidato a la presidencia de la coalición de centroizquierda, significará una pulseada entre la dura realidad actual y los sueños de toda la vida; la confrontación entre un país hecho pelotas por sucesivas administraciones neoliberales y la utopía. En todo caso, la mayoría coincide que será un cambio moderado. La acumulación de fuerzas desarrollada por los sectores progresistas del Uruguay no ha alcanzado la “maduración social” necesaria para llevar a cabo una transformación profunda de la sociedad. En el enfrentamiento entre los diferentes sectores sociales no existe un estado de “disfunción” capaz de impulsar un cambio radical. Por eso, el viejo guerrillero tupamaro José Mujica, actual senador por el FA y el político más popular del Uruguay actual –que concita adhesiones incluso de sectores de los partidos tradicionales, el Blanco y el Colorado– se plantea “un capitalismo en serio (...) que funcione, con burgueses como la gente”.
La posibilidad de desplazar de la presidencia de la República a los dos partidos históricos y declaraciones como ésa de Mujica han desatado una discusión acerca de si el contenido de un gobierno de centroizquierda debe ser anticapitalista y estar destinado a transformar la sociedad o limitarse a mejorar el capitalismo. Diferencias que, para el veterano dirigente socialista José Díaz, bien analizadas, podrían ser tales en un frente policlasista como el que encarna el FA, que ha sido capaz de conjuntar distintas corrientes ideológicas en torno de un programa común, nacional, popular, de carácter democrático y avanzado, que nunca se pronunció por el socialismo, pero que en sus momentos fundacionales (1971) habló de medidas anticapitalistas propias de un gobierno antioligárquico y antiimperialista.
La polémica entre los principales grupos que conforman el FA viene dándose en el marco de una lógica signada por el pragmatismo, la misma que fue ratificada en un reciente congreso (diciembre 2003), cuya consigna implícita fue no hacer olas para evitar abrir flancos propicios para la derecha en la campaña electoral.
Con el objetivo de intentar ganar en la primera vuelta, los delegados a ese congreso moderaron o eliminaron del programa de un futuro gobierno todas aquellas aristas que pudieran espantar a los sectores centristas, como ocurrió en los comicios de 1999 con el impuesto a la renta, utilizado por la derecha para arrebatarle la victoria a Vázquez en la segunda vuelta.
Por eso, ahora, algunos temas que en el pasado habían constituido la “razón sustantiva” de la coalición, como una iniciativa para derogar la ley de caducidad, que ampara a los militares torturadores y asesinos de la pasada dictadura o la renegociación de la deuda externa, cedieron ante la más pragmática “razón instrumental”. Como dijo el senador Eleuterio Fernández Huidobro, otro viejo dirigente tupamaro, “éste es el congreso de la victoria y a todo se puede renunciar menos a la victoria”.
La falta de discusión interna en el FA y frases sacadas de contexto como la de José Mujica: “No les voy a pedir a los burgueses que sean socialistas, pero que sean burgueses como la gente. Yo voy a estar del otro lado, peleando con los trabajadores para que se organicen lo mejor posible para pelearles el salario”, alimentan cierta confusión entre las bases.
En los años sesenta, el movimiento Tupamaro planteaba la liberación nacional; la lucha armada del MLN era antioligárquica y antiimperialista. Su fundador, Raúl Sendic, entendía que no podía haber liberación sin medidas de tránsito al socialismo.
Los actuales tupamaros, cuyo Movimiento de Participación Popular es mayoritario en la interna del FA, siguen pensando que el Uruguay está atravesado por las contradicciones oligarquía-pueblo e imperio-nación, pero que hubo un retroceso de las fuerzas productivas; el aparato productivo capitalista uruguayo está desestructurado y ha llevado a la marginación a amplios sectores de la sociedad. Por tanto: o hay un proceso de socialización a nivel mundial o el tránsito al socialismo tendrá un ritmo más lento en el país.
En la coyuntura, el MLN plantea la refundación del Uruguay sobre tres bases: aumento de la producción, generación de fuentes de trabajo y recuperación del salario sumergido.
Eso, dice otro de sus fundadores, Julio Marenales, requiere de un “capitalismo ordenado”, que sólo podrá realizar un gobierno popular como el FA. Aunque tiene claro que una cosa es acceder al “control” de la sociedad y otra transformarla. Agrega que lo estratégico, si gana el Frente, es construir las bases materiales de una nueva sociedad y para ello es necesario fomentar la “maduración social”. Sólo así se podría dar el cambio “en serio” del que hablaba Galeano.

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