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Murió la dama de hierro de la monarquía inglesa

“Las princesas no se pueden ir sin mí; yo no me puedo ir sin el rey, y el rey no se marchará jamás”, fue una de las célebres frases de guerra de la Reina Madre británica, que murió ayer.

A los 101 años, luego de haber sobrevivido todo el siglo XX, con dos guerras mundiales que la tuvieron como protagonista en la retaguardia, falleció ayer la Reina Madre de Gran Bretaña, una anciana de rostro amable y carácter de acero que llegó a ser considerada “la mujer más peligrosa de Europa” por Adolfo Hitler, según coinciden historiadores británicos que la trataron en vida como lo que era, una verdadera reliquia del orgullo inglés. Lady Elizabeth Angela Marguerite Bowes-Lyon, tal su nombre completo, nació en la Gran Bretaña imperial del 1900, cuando el trono era ocupado por la reina Victoria. Ayer murió “plácidamente mientras dormía”, hizo saber el Palacio de Buckingham. La anciana dama, uno de los personajes más queridos y míticos de la realeza británica, desde su viudez, hace 50 años, disfrutaba de las fiestas con amigos y parientes. Otros placeres de su vida mundana eran el champán francés y una copita de gin tonic a media mañana.
Isabel Bowes-Lyon había nacido el 4 de agosto de 1900. Fue la novena de diez hermanos. Sus 14 años coincidieron con el comienzo de la Primera Guerra Mundial. En los cuatro años que duró el conflicto, el castillo de Glamis, en Escocia, donde vivía con su familia, se convirtió en hospital militar y ella fue una enfermera empírica. Su carácter se templó atendiendo soldados heridos. Los medios de la época relatan que en esos años era “toda una belleza” que llegó a su máximo esplendor a los 20 años. Aunque tuvo muchos pretendientes, le dio el sí al tímido e irresoluto príncipe Alberto, duque de York, quien tuvo que declararse tres veces para convencerla. Desde ese momento, siempre estuvo escondido bajo su falda.
El 21 de abril de 1926 nació en Londres su primera hija, la actual reina Isabel II. Cuatro años después tuvo a su segunda hija, la princesa Margarita, que falleció el 9 de diciembre pasado a los 71 años. Luego de finalizada la primera gran guerra, la tranquila vida de la duquesa de York dio un vuelco en 1936, con la muerte del rey Jorge V. El trono le correspondía por derecho al hijo mayor de los soberanos, el príncipe de Gales, que comenzó a reinar con el nombre de Eduardo VIII, pero abdicó en 1937 para casarse con la norteamericana Wallis Simpson, una mujer divorciada, provocando un escándalo en el seno de la realeza.
Inmerso en sus dudas de siempre, el príncipe Alberto aceptó finalmente el trono como Jorge VI, apoyado en la firmeza de su esposa. Convertida en reina, Isabel Bowes-Lyon comenzó a lustrar su propio bronce durante la Segunda Guerra Mundial. Antes, con la ayuda de un prestigioso foniatra, había logrado con notable perseverancia que su marido pudiera desempeñar en público un papel menos titubeante. En setiembre de 1940, cuando cayeron bombas sobre el Palacio de Buckingham, su semblante evidenció cierta satisfacción personal: “Ahora puedo mirar a los ojos a las personas en el East End”, declaró al sentirse tocada de cerca por los combates.
De hecho, su gran popularidad se debe a las visitas que realizó al East End londinense, destruido por los ataque de los bombarderos alemanes. Sobre los años de la guerra solía decir que habían sido “los más felices de nuestra vida”, aunque nunca pudo comprobarse si la opinión era compartida por su familia. Muchos creen que ella fue uno de los respaldos importantes que recibió el famoso “sangre, sudor y lágrimas” al que convocó el entonces el premier Winston Churchill para enfrentar con éxito los ataques de las fuerzas nazis.
De esa época es una de sus frases más recordadas: “Las princesas no se pueden ir sin mí; yo no me puedo ir sin el rey, y el rey no se marchará jamás”. De esa forma rechazó los consejos para que abandonara Londres y se refugiara en Canadá, junto con sus dos hijas. Terminada la guerra, la familia real compartió unos pocos años de tranquilidad, hasta que en 1952 se produjo la muerte del tímido rey Jorge VI. Isabel quedó viuda a los 51 años y su hija, Isabel II, ocupó el trono de Inglaterra. Convertida ya en la Reina Madre, siguió manejando los hilos de la realeza y hasta jugó un papel importante en la decisión que tomó su nieto Carlos, el príncipe de Gales, al casarse con Diana Spencer, la trágica Lady Di.
Aunque de carácter victoriano, la Reina Madre era muy amiga de los festejos, del gin tonic y del champán. Aunque los voceros reales dicen que sólo bebía “de vez en cuando”, los historiadores más osados sostienen lo contrario. Nunca dejó de lado sus obligaciones oficiales, sus nietos, la vida al aire libre, la jardinería y los caballos, otra de sus pasiones. Ayer, al conocerse la noticia, el primer ministro Tony Blair alabó a Isabel I diciendo que fue “un símbolo de decencia y valentía”. También elogió “su gracia, su sentido del deber y la notable alegría por la vida”. El príncipe Carlos, que era su nieto preferido, dijo estar “completamente devastado” por la muerte de la anciana dama, cuyos restos descansarán en Windsor.

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