EL MUNDO

La crisis del transporte es la nueva pesadilla para millones de chilenos

Nació como un plan innovador para mejorar el transporte en la capital, pero el tiro salió por la culata y el sistema colapsó. El gobierno de Bachelet, ante su peor crisis. La herencia de Lagos.

 Por Christian Palma

La iniciativa fue anunciada con bombos y platillos por la “exitosa” administración de Ricardo Lagos. “El Transantiago le cambiará el rostro a la ciudad”, decían los cerebros que decidieron que la mejor manera de terminar con la contaminación y congestión vehicular de esta urbe era sacar de circulación los nueve mil micros existentes y reemplazarlos por otros cinco mil de los más modernos, ecológicos y silenciosos que se han visto en esta parte del mudo. Atrás quedarían los desvencijados micros amarillos para dar paso a buses nuevos, perfumados, amplios, con pago electrónico, GPS, software, choferes con sueldo fijo y todo lo inimaginable. “Muy cómodos y modernos. A la altura”, decía el conocido ex futbolista Iván Zamorano cuando publicitaba el Transantiago y por lo cual se embuchó más de 500 mil dólares. Y vaya que le cambió la fisonomía a la ciudad.

Pero no sólo fue la cara de Santiago la que se desfiguró. La siempre sonriente Michelle Bachelet arrugó su nariz, junto a todos sus ministros, la clase política y hasta el propio Zamorano, que fue abucheado en extremo en un recital –más que cuando enfrentaba a Argentina en el Monumental de Núñez–. Es que la gente creía en él, pero la cruda realidad dijo otra cosa.

El plan para mejorar el congestionado transporte público capitalino –herencia de Lagos y ejecutado por el actual gobierno–, no dio el ancho. Es más, se convirtió en la más terrible de las pesadillas. Esa que significa perder credibilidad, popularidad y –peor aún– elecciones. Por donde se le mire, un fracaso. “Zamorano chucha de su madre, no hay micros”, se escucha a lo lejos.

Interminables filas para subirse a un colectivo, frecuencias al mínimo, pasajeros apretados, molestos, encerrados como sardinas. Falta de recorridos, validadores electrónicos inoperantes y las cinco líneas del metro atestadas, son sólo algunos ejemplos del colapso. Hay molestia. La explosión social está en el aire, se siente en la atmósfera. Ya viene. Dicen.

A Marcelo Garay no le importa que el metro traslade más de dos millones de personas al día (100 por ciento más que antes del 14 de febrero –14F–, cuando comenzó a operar el ATRASAntiago o TransiASCO, como le llaman). Tampoco le molesta la soterrada indisponibilidad de los operadores de buses que especulan con las frecuencias para presionar al gobierno a que aumente el valor de los pasajes. Menos interés tiene en las 104 modificaciones al plan original, y las otras 10 que vienen a partir de abril o los rumores que indican que el ministro de Transportes está a punto de caer o que quizá ya cayó. Por supuesto, no es de su incumbencia la demanda presentada ayer por la derechista Unión Demócrata Independiente (UDI) a los responsables del Transantiago y que obligaría a pagar a los usuarios afectados unos 370 dólares. A Garay sólo le concierne llegar temprano a casa. Desde el 14F debe levantarse a las 4.30 de la mañana, esperar por más de 45 minutos la Cerro Navia-Ñuñoa 505. Apurar el tranco y el cigarro para estar justo a las seis de la mañana en la puerta de la estación del metro y seguir viaje al laburo. La lucha a codazos para ganar un asiento o tan sólo para abordar el subterráneo es pan de cada día. No da más y su señora, hijos y colegas lo saben. Todo el mundo anda irritado. Los combos, agarrones a la mala e insultos no paran. “Zamorano chucha de su madre, no hay micros,” masculla Garay.

Bachelet estuvo de gira fuera de Chile. Visitó a sus colegas en Bolivia y Panamá. Firmó acuerdos y fue agasajada. La idea era pasar un par de días lejos de casa para descomprimir el ambiente, pero los ánimos se vuelven más caldeados con cada día que pasa sin que se arregle el problema.

Los ministros se cuadran con el Transantiago y defienden la iniciativa gubernamental, pero el olor a fiambre traspasa las paredes de La Moneda. Incluso legisladores de la Concertación piden cambios radicales. La sensación es que la sangre todavía no llegó al río. Una ciudad con más de cinco millones de habitantes, con más y más new rich chilensis comprando autos (el sueño de los dos vehículos estacionados fuera de la casa se ha acrecentado) y un sistema vial anómalo, a la rápida, a lo amigo, como se hacen muchas cosas acá, está pasando la cuenta.

Cuando usted lea esta nota, el cronista irá pedaleando por la Alameda. Garay continuará puteando a Zamorano y es probable que el gabinete de Bachelet ya no sea el mismo. No obstante, seguirán las pesadillas en La Moneda. Esta vez coloreadas por las fogatas y barricadas de los sin micro, esos que en cada población hacen sentir su descontento. Para terminar, le robo una frase a Cerati: “En la ciudad de la furia”, la explosión social está en el aire, se siente en la atmósfera. Ya viene. Dicen.

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Las estaciones de subte en Santiago se atestaron y subirse a un vagón pasó a ser una hazaña.
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