EL MUNDO › LAS VICTIMAS DE LA VIOLENCIA COLOMBIANA CUENTAN SUS HISTORIAS

Relatos de muerte y desplazamiento

Un libro reúne la experiencia de los primeros talleres para víctimas del conflicto armado en Colombia, para construir una memoria histórica en un país desgarrado por décadas de violencia.

 Por Katalina Vásquez Guzmán
desde Bogotá

Las víctimas de la guerra en Colombia empiezan a ser escuchadas. En Medellín, se publicó esta semana el libro El cielo no me abandona, con veinte relatos escritos por sus propios protagonistas sobre secuestros, desapariciones, amenazas, muerte y desplazamiento, como producto de los que fueron, en 2005, los primeros talleres de escritura para víctimas del conflicto armado en Colombia.

Hace cinco años, cuando en las lomas orientales de Medellín los paramilitares se mataban unos a otros en una disputa por los barrios y los expendios de droga, el hijo de doña Carmen Nelly desapareció. Salió de casa, por última vez, con una remera blanca que le ceñía los músculos duros y grandes. “¡Qué dolor tan profundo ver salir a nuestro ser querido todo un cuajo y tener que darles sepultura a sus restos! No sabemos cuáles fueron sus últimas palabras ¿Qué pasó?”, escribió Nelly en El cielo no me abandona, el libro que se publicó esta semana en Medellín y que se convierte en uno de los primeros pasos que da el país en la búsqueda de la verdad sobre la guerra. La obra sale a luz en momentos en que, mientras los desmovilizados paramilitares entregan sus versiones libres a la Justicia colombiana, las víctimas reclaman para ser escuchadas, aun así la guerra no haya terminado.

Las voces que se reúnen en El cielo no me abandona son las de otras madres y viudas que, como Nelly, perdieron a sus hijos a manos de grupos guerrilleros y paramilitares, y también por fuerzas oficiales, como es el caso de Fabiola Lalinde, la mujer que consiguió que por primera vez la Organización de Estados Americanos, OEA, condenara al Estado por el arresto y desaparición de un ciudadano colombiano. Era su hijo, Luis Fernando Lalinde, militante de un partido de izquierda y asesinado por miembros del Ejército Nacional en 1984. En su historia, “Ultimo vuelo del cirirí”, Fabiola narra cómo el gobierno empezó una persecución a su familia como retaliación a la demanda de la OEA: “Molestos con la resolución, mi casa fue allanada por una patrulla de la policía militar del batallón Bomboná el domingo 23 de octubre de 1988, cuando yo me encontraba en misa”. Las señoras, así como los profesionales en medicina y ciencias humanas que trabajan en zonas difíciles del país y por ello han sido víctimas de paras y guerrillas, fueron contactadas por un grupo de periodistas para participar en los talleres de escritura que dieron origen a la publicación.

En 2005 inició esta actividad, hasta entonces única en Colombia, de acompañar a un grupo de mujeres y hombres que sufrieron alguna pérdida en medio de la guerra que vive Colombia desde hace más de 40 años. La propuesta, que empieza a ser replicada en el país, es que escriban “De su puño y letra” –como se titulan los talleres– la historia particular para que, en primer lugar, “se haga catarsis del dolor y vivido y, luego, al publicarla, se construya una memoria histórica que permita a la sociedad mirarse en los relatos para que no se olviden y nunca más se repitan”, explicó a Página/12 Gabriel Jaime Bustamante, coordinador del Programa Víctimas del Conflicto Armado de la Alcaldía de Medellín. Esta institución, además de impulsar narraciones como las de El cielo no me abandona y Jamás olvidaré tu nombre, obra publicada en 2006, ofrece atención psicológica y asesoría jurídica a las víctimas de la guerra. Además, las escucha. Y aunque apenas hace tres años funciona, el Programa Víctimas tiene en su lista de beneficiarios a más de cinco mil hombres, mujeres y niños, entre ellos a los secuestrados que recuperaron su libertad y escribieron en El cielo no me abandona.

Javier Tamayo estuvo en poder de la guerrilla durante dos semanas y entre las líneas de su relato cuenta: “Me llamó el jefe de los guerrilleros y me dijo que lo mío era un secuestro económico, que yo era una persona adinerada por el carro que tenía. Era una Mitsubishi pajera japonesa. El carro era lujoso, costoso. En ese mismo fui a llevar la plata del rescate”. Y con él se encontró en las reuniones de los talleres otro hombre que pagó por su libertad y puso salir del secuestro. El cafetero Orlando Betancur permaneció tres meses por las selvas montañosas colombianas con las FARC y día a día escribió los hechos que vivió en su secuestro. Un fragmento de ese diario fue el que salió publicado en el libro: “Jueves 18 de julio. El campamento se encuentra casi desierto. Ayer salió un grupo numeroso con destino desconocido, al mando de Jimmy. Desde la ventana de mi celda observé a los guerrilleros cargando fardos con provisiones, de la bodega al salón de reuniones (...) Hoy es 20 de julio. Qué cruel ironía: Día de la Independencia y de la libertad en nuestro país. Cuando pienso en mi situación y en la de los otros miles que se encuentran secuestrados, me digo que los héroes de nuestra historia perdieron su tiempo”.

“Estos relatos –explicó Jaime Bustamante a este diario– tienen una gran importancia porque contribuyen a la construcción de la verdad histórica de la guerra y es necesario hacerlos ahora. No podemos esperar un posconflicto como en otros países del mundo para contar lo que hemos vivido, porque nuestra guerra lleva más de cuarenta años y es tiempo de buscar salidas.” Y con él está de acuerdo otro de los escritores de El cielo no me abandona, Julián Roldán, quien narró la historia de su padre aporreado desde siempre por las amenazas constantes del campesino colombiano: la guerrilla expulsa, los paras torturan y el Estado calla. “Hay que dejar salir ese dolor que causa recordar lo que ya pasó y permitir que eso lo conozcan los otros, porque somos un país que fácilmente olvida, y es por eso que sigue habiendo guerra”, contó Roldán a Página/12.

Este joven y los otros veinte escritores que entregaron sus palabras y dolores para construir El cielo no me abandona se reunieron el martes último para recibir el libro que en momentos les costó escribir, pero que esperan que le sirva a la sociedad colombiana. Con ellos, unas quinientas personas llegaron de varias comunas de Medellín para lo que, además de la presentación de una obra literaria, fue un encuentro entre víctimas de las más diversas clases. “Ahí nos encontramos todos para decirnos que el dolor era ahora de todos y que las consecuencias del conflicto se han vivido en todos los niveles”, agregó Julián Roldán quien, sentado en la primera fila junto a los demás escritores, dejó escapar lágrimas de emoción. Y asimismo lo hizo doña Carmen, para quien el evento fue un espacio más de gratitud para el Programa Víctimas del Conflicto, pues gracias a éste ella pudo recuperar a su hijo. “Cuando me llamaron a decirme que ya tenía los restos de mi hijo, me dio un dolor inmenso, lloré mucho, pero también tuve una sanación interior”, le contó la señora a Página/12. Al otro lado del teléfono, la voz era la de Gabriel Jaime, quien opina que comprometerse con la atención y reparación a las víctimas “es el deber del Estado. Si no lo hacemos nosotros, ¿quién lo hace? Además, se trata de una labor humanitaria”.

Carmen y otros doblan las páginas de El cielo no me abandona, encuentran el dolor de patria en las líneas escritas. “¡Qué martirio reconocer sus pertenencias! Las fueron sacando por partes de una bolsa plástica negra. Era increíble lo que estaba viendo: los huesos de mi hijo, secos. Verlo salir tan fornido y tenerlo en ese momento así.”

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Un grupo de familiares con los féretros de campesinos asesinados en 2001 en Antioquia.
 
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