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Un balde de té frío

 Por Martín Granovsky

La noticia apareció en el sistema de alertas del Washington Post a las 20.10, hora argentina. “Rand Paul derrota a Jack Conway en la competencia para ser Senador por Kentucky”, decía el texto. Y era un verdadero llamado de alerta: a esa hora, Paul se convirtió en el primer político apoyado por el movimiento ultraderechista Tea Party que obtuvo una banca legislativa.

“Rand es un médico, no un político”, dice la página web de este cirujano de ojos que promete ayudar a los viejitos y sostiene haber operado a chicos sin dinero gracias a sus amigos del Club de Leones. “La especialidad del doctor es hacer diagnósticos e implementar soluciones prácticas”, reza el texto, típico del Partido del Té, que bien podría haber escrito Juan Carlos Blumberg. Promete impulsar una enmienda constitucional para que el aborto sea penalizado otra vez, como ocurría antes de 1973, y critica la ley votada este año sobre cobertura de salud porque adolece de “demasiadas regulaciones”. Lo mejor, para Paul, es que el mercado actúe más libremente.

La victoria de Paul es el caso más extremo del enorme avance en la Cámara de Representantes (diputados) por parte del Partido Republicano y de su progreso en la Cámara de Senadores.

El presidente Barack Obama fue castigado por una crisis económica que ya estaba desa-tada cuando asumió, el 20 de enero de 2009. Y además recibió ese castigo por derecha. Los republicanos votados ayer no se enrolan entre quienes critican a Obama por tibio frente al establishment financiero. Son los que demagógicamente dicen luchar contra “el poder del dinero” y a la vez tildan al presidente de intervencionista o de socialista. El Tea Party, que ahora empieza a ganar institucionalidad, dista de haber ganado todos los escaños republicanos. Pero es la minoría más activa dentro de los conservadores y la que condensa una ideología simplota y fácil de entender cuando las hipotecas impagas terminan con tu casa y el desempleo instala el miedo. Proponen recuperar el orgullo de los partidarios del libre mercado sin límites, el fundamentalismo cristiano y la tradición libertaria de ultraderecha. El último punto tiene arraigo en los Estados Unidos. Los miembros de la conservadora Asociación Nacional del Rifle fundamentan su derecho a comprar todo tipo de armas en los derechos individuales originarios que sirvieron de base a la independencia norteamericana de 1776. En 1995 el veterano de la Guerra del Golfo del ’91 Timothy Mc Veigh derrumbó un edificio federal en Oklahoma con 2300 kilos de explosivos que causaron 168 muertos. Fue reivindicado por movimientos que defienden la supremacía blanca, repudian al Estado central y cuestionan ciertas restricciones a la adquisición de armas votadas durante la primera presidencia de Bill Clinton entre 1993 y 1997.

La presidencia de Ronald Reagan, en 1981, también fue fruto de las apelaciones al poder del individualismo y al espíritu de cruzada, en ese entonces contra la Unión Soviética y contra los avances igualitarios encabezados por Franklin Delano Roosevelt en la década del ’30 y Lyndon Johnson con la ampliación de los derechos civiles en la del ’60.

El sistema político norteamericano termina equilibrando a los grupos más fronterizos. El problema es que cuando la cuerda se estira hasta la extremisimarrecontraultraderecha, después el resultado del equilibro hacia el centro llega sólo a la ultraderecha. Y los halcones hasta parecen gente sensata.

Los resultados de ayer también marcan una señal de alerta para Sudamérica. Una visión realista indica que gobiernos republicanos despreocupados por América latina como el de Bush Jr. (2001-2009) no lograron causar daños irreparables en la región. Es verdad que el intento de golpe contra Hugo Chávez en Venezuela tuvo apoyo de sectores norteamericanos. Pero no el suficiente como para triunfar. Y es cierto que la financiación de los Estados Unidos a la militarización de la lucha contra el narcotráfico contribuyó a las cifras record de violaciones a los derechos humanos en democracia que mostró el gobierno de Alvaro Uribe. Pero al mismo tiempo Washington soportó con estoicismo la derrota de su proyecto de Area de Libre Comercio de las Américas (ALCA) en 2005.

No es que la presidencia de Obama haya significado hasta ahora un paraíso para América latina. El caso peor es el golpe en Honduras contra el presidente constitucional Manuel Zelaya. Sin embargo, incluso la situación de Honduras muestra contradicciones. Si los demócratas fueron débiles y toleraron o impulsaron –depende del sector– la remoción de Zelaya, los republicanos son hoy la vanguardia de la lucha por conseguir la reincorporación de Honduras a la Organización de los Estados Americanos.

Como los republicanos no gobiernan, podrían llegar a formular reclamos más duros que la política desplegada por ellos mismos desde la Casa Blanca con Bush. América latina, como el Medicare o el aborto, sería un punto más en la puja por erosionar a Obama y evitar su reelección en los comicios de noviembre de 2012.

La otra mala noticia es que ahora los fundamentalistas del Sur –que proclamaron una “guerra de Dios” contra el matrimonio igualitario en la Argentina y satanizaron a Dilma Rousseff en Brasil, en ambos casos sin éxito– tendrán un respaldo más sólido de sus amigos del Norte. Ninguna de las novedades cambia por sí sola la situación de los países de Sudamérica, que comercian cada vez más con Asia y entre ellos. Pero puede molestar. ¿Justo ahora un balde de té frío? No hay derecho.

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