EL MUNDO › OPINION

Como aquel sábado negro

 Por Carolina Bracco *

El 26 de enero de 1952, cinco meses antes de la revolución que terminó con la ocupación inglesa y el reinado de Faruk en Egipto, El Cairo ardió en llamas en lo que se recuerda como “el sábado negro”. Una manifestación que comenzó pacíficamente se convirtió de repente en una “multitud inmensa [que] se abalanza en los distritos ricos, prendiendo fuego –como si fuera parte de un plan preestablecido– a todos los establecimientos que mostraban un cierto grado de lujo o sugerían de algún modo connivencia con el extranjero”, recuerda una periodista egipcia cincuenta años después en el diario Al Ahram.

Los sucesos vividos en estos días parecen actualizar esta sensación de ajenidad que permanece en el sentir egipcio y que expresa la frustración de la joven protagonista de una película egipcia de los años ’90 cuando dice: “Este país no nos pertenece”. Una frase que podría estar en boca de cualquier egipcio menor de 30 años, que ha nacido y vivido hasta este día bajo la opresión, decadencia y prepotencia de un régimen que hace mucho tiempo se ha olvidado de su pueblo.

La política y la economía egipcia han respondido históricamente –desde la construcción del canal de Suez hasta la venta de gas a Israel, que dejó al país desabastecido– a intereses foráneos. Los altísimos niveles de corrupción hacen que la economía doméstica esté basada en un sistema de “propinas” que convierte a la mayoría de la población en mendigos. Esto se refleja también en la construcción de la identidad nacional y de clase. Al ser el principal ingreso el turismo, se ha sobredimensionado el status del “extranjero”, diferenciándolo del indeseado “inmigrante” (sudanés, somalí, palestino).

Renovar un visado “turista” por 6 meses en Egipto cuesta 3 libras y media (unos 2 pesos) y uno puede quedarse años en el país con ese visado. Los extranjeros en Egipto gozamos de más privilegios y derechos que los egipcios que, saben, no tienen derecho a nada. Por ello los jóvenes egipcios buscan casarse con extranjeros para adoptar otra nacionalidad y con ello ascender en la escala social. Por eso el árabe que hablan está minado de palabras en inglés. Por eso no pueden entender a los que decidimos –y disfrutamos– vivir allí.

Por aquellos caprichos que tiene el destino, me ha tocado estar aquí en Argentina y no allí –donde vivo hace casi 4 años– y ver por televisión lo que mis amigos y compañeros están presenciando con incertidumbre, temor y esperanza. Mientras escribo estas líneas miles de egipcios luchan sin descanso por vivir en un país libre y ser dueños de sus destinos. Con las manos llenas de piedras y sueños resisten ahora mismo en la plaza de la liberación. Como aquel “sábado negro” y como siempre que un pueblo se determina a luchar y recuperar lo que le han arrebatado: la dignidad.

* Politóloga (UBA), Master en Cultura Arabe (Universidad de Granada). Actualmente reside en El Cairo, donde realiza su tesis de doctorado sobre cinematografía egipcia.

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