EL MUNDO › OPINION

Caciques y pulverizados

 Por Eric Nepomuceno

Todos los indicios apuntan hacia una misma dirección: solamente cuando termine el conteo de los votos, en la noche del domingo 26 de octubre, se sabrá el nombre de quién presidirá Brasil entre el primer día de 2015 y el último de 2018. A menos que ocurra un vuelco espectacular, la disputa entre dos mujeres, la actual presidenta Dilma Rousseff y la evangélica y ambientalista Marina Silva, será la más dura desde que Brasil recuperó, en 1989, el derecho a elegir su mandatario.

En las últimas dos semanas se consolidó, acorde con los sondeos electorales, la tendencia de Dilma Rousseff a recuperar terreno frente a Marina Silva, cuya ascensión veloz parece perder fuerza. El domingo 5 de octubre se definen los candidatos que disputarán la segunda y decisiva vuelta 21 días después.

La otra gran incógnita se refiere a la formación del Congreso, con quien el futuro presidente tendrá que gobernar. En caso de victoria de Dilma, casi seguramente se mantendrá la actual alianza entre partidos que tienen en común un largo abanico de intereses regionales y ninguna identidad ideológica y política. Será, otra vez, una alianza de ocasión.

En caso de victoria de Marina, será necesario recurrir a parte de los actuales aliados de Dilma y también del neoliberal candidato Aécio Neves. El Partido Socialista Brasileño, por el cual Marina disputa la presidencia, tiene representación pequeña en el Congreso. Era, hasta hace poco, el más tradicional aliado del PT.

Los sondeos electorales insinúan que en la próxima Legislatura el Senado brasileño estará más fraccionado aún. Hoy, son dieciséis partidos que tienen representantes en la casa, el mayor número de la historia de la república. A partir de 2015 podrán ser dieciocho.

En medio de esa pulverización, todo indica que el PMDB se mantendrá como el partido con más senadores, seguido por el PT. Actualmente, son diecinueve senadores del PMDB, trece del PT y doce del PSDB de Aécio Neves y del ex presidente Fernando Henrique Cardoso. De confirmarse los sondeos, el PMDB elegirá diecisiete senadores, el PT, catorce y el PSDB, trece. El PSB de Marina, que cuenta actualmente con cuatro senadores, podrá elegir nueve.

Hoy, en la Cámara de Diputados nada menos que 22 partidos tienen representantes. No hay proyección sobre cuántos parlamentarios serán electos, pero analistas creen que la pulverización será todavía mayor.

Frente a ese escenario, tanto Dilma como Marina tendrán que administrar el apetito voraz de diputados y senadores por puestos, cargos y presupuestos. Marina reitera, entre la citación de uno y de otro versículo de la Biblia, que sabrá construir una “nueva política”, liquidando hábitos y estructuras que, según ella, conforman la “vieja política” con todas sus fallas y vicios.

Son palabras al viento: los caciques de los partidos mayoritarios seguirán poderosos como siempre. Y, como siempre, el oportunismo será predominante a la hora de trabajar en el Congreso.

Dilma convivió, en sus cuatro años de mandataria, con una amplia y difusa variedad de deslealtades y traiciones. En muchos momentos capituló frente a las exigencias de sus supuestos aliados en el Congreso. Cedió y concedió como única forma de mantener los pilares básicos de su programa de gobierno y proyecto de país. Hay que ser realista: un nuevo período presidencial de Dilma se dará bajo el mismo ambiente.

Marina sigue siendo un enigma. Su programa de gobierno tiene nada menos que 240 páginas, plagado de declaraciones de intención y sin ninguna indicación sólida de cómo será cumplido. Ella no tiene, a su lado, a ningún liderazgo de peso, tanto en el Senado como en la Cámara de Diputados. Sus asesores, responsables por un programa económico tan confuso cuanto contradictorio con sus promesas sociales, son todos del más nítido corte neoliberal. Tampoco tienen tránsito junto a los comandantes de los partidos que conformarán las mayores bancadas en el Congreso.

Brasil todavía padece los males de la política económica neoliberal de las dos presidencias de Fernando Henrique Cardoso (1995-2002). Volver a ese camino preocupa y asusta a buena parte del electorado más esclarecido. La campaña presidencial de Dilma Rousseff insiste en esa tecla: pese a las crisis globales y a los equívocos internos, al escaso crecimiento de la economía (las previsiones para este año indican una elevación inferior al uno por ciento del PBI) y a la presión inflacionaria (6,4 por ciento para 2014 será un buen resultado, dadas las circunstancias), el país no dejó de crear empleos y profundizar los alcances de los programas sociales del gobierno. Y es ese panorama el que está en riesgo.

Marina Silva asegura que gobernará con los cuadros de su propio partido y también con las mejores cabezas del PT de Dilma y del PSDB de Cardoso y Aécio Neves. Llegó a nombrar a dos figuras muy conocidas de uno y de otro partido, José Serra (PSDB) y Eduardo Suplicy (PT), como ejemplos de cuadros políticos con cuya ayuda espera poder contar. Ninguno de los dos le contestó.

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