EL MUNDO

Abstención y ausentismo

 Por Torcuato Di Tella *.

Lo más importante de las elecciones que se realizan hoy en Venezuela es justamente que se están haciendo, y que no se esté seguro acerca de quién ganará. Aunque ése no es el único criterio acerca de la existencia de una democracia, es uno de los principales. En ese país hay bastantes abusos gubernamentales, pero a pesar de ello las bases de las libertades públicas se han preservado, aparte de cuáles sean las intenciones, proyectos o secretos deseos de cada una de las partes en conflicto.

De todos modos, el aspecto no siempre conocido del sistema actual es la alta tasa de abstención que, a diferencia de Colombia, tradicionalmente no ha sido para nada alta. En 1958, al reinaugurarse la democracia, la abstención en comicios presidenciales fue del 8 por ciento. En 1973 bajó al 4, para subir algo en 1983 y aún más en 1988. En 1993, ya en plena crisis del sistema, el ex presidente Rafael Caldera, transformado en impulsor de un nuevo agrupamiento político, tuvo que convivir con un 40 por ciento de abstención, dato insólito en Venezuela. Cuando, tras dos intentos frustrados de golpe en 1992, Chávez accedió constitucionalmente al cargo en 1998, tuvo un 37 de abstención. Esa cantidad se aumentó a un preocupante 44 en el 2000, pero bajó en 2006 a un más “normal” 25. Sin embargo, en las dos convocatorias a referéndum de 1999 sobre la nueva Constitución, la cifra subió al 62 y al 56, quizás por cansancio de los electores ante tantas consultas, pero igual el dato es muy significativo.

¿Dónde está, entonces, la popularidad de Hugo Chávez? Sin duda existe, pero no es tan grande como a veces parece. Lo que ocurre es que la gente que tradicionalmente tenía más confianza en el régimen bipartidista existente por tanto tiempo se desilusionó, ante su ineficiencia y corrupción. No opta por Chávez, pero es reticente a apoyar a los viejos políticos (o sus clones reciclados), a quienes considera responsables de la crisis de legitimidad que ha afectado a todo el sistema político y aún al social. Esa desconfianza es la que permite las holgadas mayorías de Chávez, quien en 2006 fue reelegido con el 63 por ciento de los votos, contra 37 de su contrincante, el ex miembro de Acción Democrática Manuel Rosales, hoy gobernador del importante estado petrolero de Zulia.

Es posible que la amplia franja de la población que se ha desilusionado de los partidos tradicionales y que por lo tanto no concurre, se canse de esa actitud, y vaya de nuevo a votar. En ese caso las perspectivas de Chávez serán más acotadas, aunque no es claro si eso se va a dar ya. Algunas encuestas pronostican un empate técnico. Aunque ese empate no se dé en las urnas, él existe en la opinión pública. Y si Chávez perdiera la consulta constitucional de hoy, o ganara por muy poco, yo le recomendaría que revisara un poco sus estrategias, sus alianzas internas o externas, y su forma de dirigirse a la opinión pública. Pero no hay motivo para pensar que no reconocería la validez de los resultados. Más motivos hay para pensar que la oposición, si pierde, no los reconozca, alegando falta de suficientes libertades públicas, y los abusos del poder (que en parte existen). Pero, en fin, la democracia y las reformas sociales no se hacen con buenos modales ni se consolidan en un día. De todos modos, hay que mirar con atención, aunque sin perfeccionismos fuera de lugar, los sucesos en Venezuela, porque mucho depende, para la región en general, de que el proceso de cambios sociales en ese país no se descarrile.

* Sociólogo.

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