SOCIEDAD › REPORTAJE EXCLUSIVO A MARCO ANTONIO ESTRADA GONZALEZ

Con Marcos, en la cárcel en Paraguay

Para la Justicia argentina, es el narco más peligroso. Fue capturado en Asunción y a partir de ese momento se tejieron leyendas de una vida lujosa que él desmiente desde una celda compartida con 22 presos comunes en el penal Tacumbú. Dice que le “armaron una película” y muestra su pasaporte para probar que sus viajes fueron legales.

 Por Emilio Ruchansky

Los abogados paraguayos esperan impacientes en el lobby del hotel en Asunción. Juran que no hace calor, que estos 38 grados no son nada comparados con los 45 del verano que se aproxima. Parecen ser la mejor prueba: los doctores Aldo Núñez y Eustaquio Larrea visten traje y corbata pero no se les escapa ni una gota de sudor. Camino a la cárcel que aloja a Marco Antonio Estrada González, “Marcos”, dicen que muchos periodistas llaman diciendo ser “amigos de amigos” en busca de entrevistar al “narcotraficante más buscado de la Argentina”. Poco se sabe de la vida de Marcos, su leyenda se cimentó a base de asesinatos, traiciones y muchísimos kilos de cocaína que aún hoy entran y salen de la villa 1-11-14 en el Bajo Flores.

“Están mal informados allá –previene Núñez al volante–, Marcos no está en la Agrupación Especial porque no había lugar, pasó ocho días en el Departamento de Judiciales y después lo llevaron a la penitenciaria Tacumbú.” Desde su detención a principios de noviembre en las afueras de la capital de Paraguay, los medios afirman que el presunto narcotraficante peruano pasa sus días en una cárcel de lujo donde cumplen condena agentes de las fuerzas policiales y presos importantes. En verdad, el sitio que lo alberga está a 200 metros de la mentada Agrupación Especial y según Larrea allí convive con más 3700 reclusos.

En el medio del patio de Tacumbú hay un puesto de venta de termos para mantener helada el agua del tereré. Los presos se pasean en cueros pidiendo cigarrillos y los guardias insisten en tildar de ridícula la costumbre argentina de tomar mate caliente. Uno de ellos nos escolta hasta “la sala de abogados”, un pasillo con varias ventanillas enrejadas que dan a un cuarto destartalado donde se ve a un pibe acostado sobre una banqueta. Marcos entra por el pasillo, vestido de jean y chomba verde con rayitas blancas. Dice que no pudo dormir porque este reportaje lo puso nervioso, pero tiene sus ojos bien abiertos. Los abogados se acomodan al lado suyo. Marcos mira el grabador y lanza a modo de descargo: “Yo como ser humano no sé qué decir sobre todas esas cosas que están pasando, no sé si esto viene de la prensa o del juzgado que le hizo llegar esas cosas a los medios de comunicación, la verdad es que se me está dando con todo allá. Me han armado, pero una película me armaron, me entiende. Me gustaría ser la persona que está viendo esa película, ser un observador nomás”.

–La gente cree que usted pasa sus días en una cárcel de lujo viendo televisión.

–¡Qué televisión voy a tener acá si estoy con los presos comunes! La gente que ve las noticias no sabe esto. Yo era uno de ellos antes, pensaba que todo lo que veía en la televisión era cierto. Y bueno, ahora ya estoy grande, y lo estoy viviendo por experiencia propia. Pero le voy a ser sincero, yo prefiero estar acá todo el tiempo que sea posible porque Argentina no me va a dar las garantías para defenderme.

–¿Cómo se lleva con los otros presos?

–Me respetan. Estoy en un pabellón de extranjeros y en mi celda somos 22 personas, no sé como sería en otro lado. Pero estoy más bien que mal porque estoy tranquilo. Y estar en una prisión y estar tranquilo es bastante (risas).

Se dice de mí

El comisario paraguayo César Benítez ha sido el padre de los últimos rumores sobre Marcos. Primero dijo que en Lambaré el peruano se movía en autos lujosos, tenía una mansión, frecuentaba el casino y varias discotecas. Unas semanas después, el mismo Benítez le bajó el precio al asunto: la mansión se transformó en un “chalet modesto” y el casino y cabarets “en un ambiente más bien bajo”. Marcos escucha esto y se exalta: “No, no, no. Yo estaba en un rancho. Me fui a una casita que me prestaron, una casita de madera”.

–¿Tenía planeado establecerse en el campo?

–Yo no sabía qué tiempo iba a estar acá o que tiempo iba a llevar hasta que se solucionen mis problemas, entonces quería hacerme una casita modesta para estar ahí con mi familia. En el campo las cosas son diferentes, uno quiere un terreno y te lo dan. No es que te lo venden ni nada, son terrenos fiscales. Pero quedó todo en cimientos, compramos los materiales y bue... pasó lo que paso.

–¿Cómo lo detuvieron?

–Yo estaba tomando algo en un pool, en un bar. Me llevaron a la comisaría, vino la prensa y ese comisario les dijo: “Lo hemos detenido en un pool cerca de un motel”. ¿Qué dijo la prensa de acá? “Lo encontraron en un motel.” Y así. Desgraciadamente, no solo pasa allá, también pasa acá.

–También dicen que robó una avioneta y la utilizó para salir del país.

–Yo estaba acá cuando pasó eso. En verdad salí de Buenos Aires en octubre del año pasado con mi hijo, tengo un hijo paraguayo de 12 años de un compromiso anterior que vive conmigo desde hace seis años. Hablando con Silvana, mi señora, me vine a Paraguay y quedamos en que las fiestas las íbamos a pasar en Perú. Me quedé acá porque estaban pasando muchas cositas en Argentina y mi abogado me recomendó que me mantenga ausente. Pasaba un hecho en el centro de Buenos Aires, en Once por ejemplo, y ya se lo estaba armando contra mí. Entonces hablé con mi señora y le dije: “Espero que mi hijo termine la escuela en Buenos Aires y lo llevo a Paraguay, está diez días, ve a la mamá y me voy a Perú con él”.

–¿Ella lo acompañó?

–No. Mi mujer se iba a ir a Perú con mi otro hijo menor y ahí nos íbamos a encontrar. Y así fue. El 28 de diciembre salí de acá a Perú con la intención de instalarme allí un año.

–¿Qué pasó?

–Matriculé a mis hijos en Lima y no pasó una semana que salió una noticia mía en Argentina con mi foto y diciendo cosas fuertes en contra de mi persona. Y como soy ciudadano peruano, la noticia llegó a Perú. Hablé con mi señora y le dije: “Ya no podemos estar acá, por los chicos”. Entonces, como yo antes había vivido tres años acá en Paraguay cuando tuve mi primer compromiso, opté por venirme porque yo no estaba con ninguna orden de captura, nada. Pero yo me imaginaba que, por las cosas que estaban sucediendo en Argentina, mejor cuando ocurran todos estos hechos y me quieran acusar es preferible que yo esté en otro lado. Y vine ha instalarme acá.

Una pequeña fama

Marcos dice que su mamá siempre fue ama de casa, “una mujer muy católica”, y que su padre, ya jubilado, trabajó en el correo y se la rebuscó haciendo changas para llevar más plata a casa. “Se dedicó a la costura, a la panadería, sabía electricidad, albañilería y él por supuesto construyó nuestra casa”, cuenta orgulloso. Los Estrada González tuvieron doce hijos, seis hombres y seis mujeres. La mayoría vive en Argentina y de chicos, en su Lima natal, trabajaron con su padre, que en su tiempo libre los llevaba a vender la ropa que cosía.

Cuando tenía 18 años, relata, uno de sus hermanos puso un taller de confecciones. Allí, Marcos aprendió el oficio de marcar y armar ropa para marcas importantes. Durante el primer gobierno de Alan García llegó la hiperinflación y el taller tuvo que cerrarse. Su hermano vendió las máquinas y se fue a México. El recibió algo de ese dinero y decidió probar suerte: “Primero vine yo con un hermano y la verdad pasamos muchas cosas, como todo extranjero cuando recién llega a un país nuevo”.

–¿Cómo fueron esos primeros años?

–Estuve cuatro años al principio pero las cosas no me iban bien, no tenía trabajo. Me instalé en un hotel en Brasil y Sáenz Peña. Y fui caminando de aquí para allá. Un amigo me llevó a Quilmes, estuve allí un tiempo. Luego me enteré de que había muchos paisanos míos en Independencia y La Rioja. Era un conventillo y también era un poco duro: había gente que trabajaba por derecha y gente que trabajaba por izquierda. Después de un tiempo lo cerraron y ahí fue que me fui a la villa.

–¿Cómo fue la vida en la villa al principio?

–Yo me acuerdo que cuando llegué las casitas eran de machimbre, de madera. Y mayormente el problema allá en la villa no eran los peruanos, si no, como dicen allá, “los vagos”, como en todos lados, ellos eran el problema. A los mismos peruanos los apretaban, muchas veces se les iba la mano a estos personajes. La víctimas mayormente eran los bolivianos. Después la villa se fue poblando cada vez más y más hasta que lleno de peruanos y paraguayos, pero si vamos a hablar de números los paraguayos triplican a los peruanos en cantidad. No es que sean problemáticos (mira a sus abogados), tengo entendido de que los paraguayos son gente trabajadora que se dedican a la construcción y a la electricidad, la mayoría.

–Pero nunca dejó sus negocios en la villa.

–Sí. Pese a que cuando yo salí en libertad mi abogado me dijo: “Los intereses que tienes allá, tu cyber, las piezas que tú alquilas, con tu taller de zapatos, tienes que sacarlos de ahí porque el problema son los demás, como en toda villa. Y como a vos ya te hicieron una pequeña fama, entonces todo el descargue va a ir contigo”. Cosa que yo la verdad, en ese momento, dije: “No, no creo que sea para tanto”. Ahora, la vengo a dar la razón.

–Tenía fama de ser un hombre de la noche.

–Yo no me voy ni al centro, ni a fiestas. Soy de quedarme en casa. Yo bebo licor y cerveza con familia o un par de amigos y de ahí me voy a mi casa. Yo me llevo bien con todos. Si tengo enemigos, no sé. Los desconozco. Creo que personalmente yo no le hice daño a nadie, me entiende. Yo en la villa camino tranquilo, como dicen que ando con dos o tres personas armadas. Son cosas que se dicen. Si me lo quieren probar que me lo prueben, pero con pruebas concretas, no con dichos.

–¿Volvería a vivir allá?

-Yo no viví allá, yo atendí allá. En un comienzo sí, qué sé yo, 12 años atrás, pero viví muy poco. Salí en cuanto pude. La vida en la villa es muy dura, todos los días la policía hace persecuciones, en especial, le diría yo, hacia los ciudadanos paraguayos y peruanos.

Buenos Aires me mata

Marcos se hizo conocido en octubre de 2005, cuando en medio de la procesión del Señor de los Milagros, los sicarios de su supuesto ex socios en el narcotráfico, Alonso Ramos Marino, alias “Ruti”, abrieron fuego sobre los fieles asesinando a cuatro personas. “Dicen que esas balas eran para mí”, comenta Marcos, quien afirma no haber estado en esa procesión. Ruti terminó en la cárcel por esa balacera, pero las cosas no se calmaron. La Justicia comenzó a investigar el caso. Doña Lili, su suegra, quedó presa tras un megaoperativo de la Gendarmería en la villa, ordenado por el juez Jorge Luis Ballestero en mayo de este año (lo buscaban a él y a su hermano Eduardo, sospechado de ser su principal socio). Desde septiembre pasado, él y su mujer tienen pedido de captura. Ella está acusada de lavado de dinero y se encuentra prófuga desde entonces.

–En todo este tiempo prófugo ¿pensó en volver a Buenos Aires?

–Yo por mí me iba y me volvía en regla con la justicia argentina, pero yo ya tenía conocimiento de cómo estaban las cosas allá. Entonces, ¿usted que prefiere? ¿Irse allá y que se lo coman las fieras? Le voy a decir una cosa, estar prófugo no es nada agradable, mas cuando uno tiene una familia como yo.

–Siempre tuvo a su familia cerca, aun estando prófugo

–Siempre traté de estar bien con mi familia, pero la verdad es que después dije “si tengo que sufrir, voy a sufrir yo solo, no con mi familia”. Siempre me mantuve junto a mi familia, pero después me fui dando cuenta de que esto se estaba degradando, sobre todo con lo de mi señora con esto de que tiene orden de captura. De mi señora, van a tener novedad, pronto se va a poner en regla con la justicia.

–¿Cómo le cayó la noticia de que su suegra está presa?

–Me cayó mal, era lo que yo menos me esperaba. Yo me esperaba todo conmigo, pero nada con mi suegra, menos con mi mujer. Yo sabiendo que mi suegra fue toda su vida una trabajadora, todo el mundo la conoce. Una persona que desde que llegó ahí trabajó, de una cosa o de otra.

–¿Qué pasaría si la metieran presa a su señora?

–Y a mi señora, por mis hijos, quiero que le den el arresto domiciliario hasta que su problema se solucione. Es para que ella, al menos, ya que sus hijos no van a estar con su padre, al menos estén con su madre. Eso es lo que pido. Ya la justicia esta siendo dura conmigo, no tienen que darse batalla con mi mujer.

–Si se pusiera en regla y sale en libertad, ¿se quedaría en Buenos Aires?

–Yo muero en Buenos Aires. Es un pedacito nomás de Buenos Aires que está mal conmigo, no la Argentina. Ya hice mi familia allá, le parece poco.

–Es un lugar donde quiere morir pero no que lo maten...

–Sí, por supuesto, quiero morir de viejo. Le voy a ser sincero, en cierto modo tengo miedo de la policía. Sé que por ahí en cualquier rato me encuentran tirado por ahí. Si en algún momento se hace justicia y salgo en libertad, las cosas que tengo en la villa las vendo y me instalo en otro lado.

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Imagen: Gentileza ABC Color
 

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