EL PAIS › UNA SOBREVIVIENTE DE CAMPO DE MAYO DECLARO POR EL PLAN SISTEMATICO DE ROBO DE BEBES

Las fichas de la vicaría castrense

Beatriz Susana Castiglione contó que el vicario Victorio Bonamín tenía durante la dictadura fichas con personas desaparecidas e información de los represores. Habló de las embarazadas que vio en el centro clandestino.

 Por Alejandra Dandan

Beatriz Susana Castiglione estuvo en Campo de Mayo secuestrada durante casi dos semanas, embarazada de ocho meses. Es una de las pocas sobrevivientes del campo de exterminio y, entonces, testigo en innumerables causas. Es psicóloga, especialista en salud mental. Cuando salió del campo clandestino, un pariente ya había concertado una cita con el vicario castrense Victorio Bonamín y decidió de todos modos ir a verlo. Ante aquel hombre que hablaba de la presencia de dios en los soldados, explicó dónde había estado Beatriz, y que de todos modos ella ya estaba liberada. Bonamín se apartó un momento para buscar algo en unas fichas y ante el descrédito del pariente que como católico no podía creer lo que veía, el vicario preguntó: “¿Usted dice que su parienta salió?”. Y luego: “Porque estaba para salir más adelante”.

Beatriz fue convocada como testigo del juicio de robo de bebés para declarar sobre la presencia de dos embarazadas, parte de los expedientes que se ventilan en la causa: una de ellas, Silvia Quintella, madre de Francisco Madariaga Quintella, y la otra, Norma Tato, madre de Hernán, apropiado por Norberto Atilio Bianco, represor, médico del Ejército en Campo de Mayo y cuyo pedido de extradición todavía está pendiente en Paraguay.

La declaración

Beatriz militó en la JP hasta la muerte de José Ignacio Rucci en 1974. La secuestraron el 17 de abril de 1977 en un departamento en el centro de Buenos Aires. Tenía un hijo de dos años al que la patota dejó con un vecino. Se llevaron a ella, embarazada, y a su marido, Eduardo Cova Rías. “Cómo era el lugar a donde nos llevaron no puedo decirlo porque estaba encapuchada”, advirtió en un juego entre pasado y presente. “Sé que llegamos después de un viaje largo, el auto se paró, nos bajaron, nos recibe una voz y nos dicen ‘éste es un lugar clandestino: ustedes están ilegales, a partir de ahora tienen un numero (a mí me dieron el 229, a mi marido el 230), no pueden decir su nombre, de acá ni Videla los va a sacar y de ahora en adelante se tienen que nombrar con el número’”.

Beatriz estuvo a cargo de esa voz que aún no reconoce. Un alias apodado “Cacho”, quien se presentó como su custodio y a quien le preguntó: “¿Y ahora nos van a matar?”. “No, no, no, no –le advirtió Cacho–, acá no se mata a nadie.”

Después, empezó a reconocer botas, uniformes de fajina verdes y borceguíes. Con los días, después del miedo, habló con otros detenidos. Reconoció a las embarazadas. Norma Tato, a quien no conocía pero sabía que era la segunda mujer de Jorge Carlos Casariego. A Mercedes Barreiro, también embarazada. Y en otro pabellón, a Silvia Quintella, a Casariego y a Beatriz García Recchia, también embarazada.

Las embarazadas eran tratadas como el resto de los detenidos. Beatriz tenía una cama, pero las otras prisioneras dormían en colchones sobre el piso: “Era todo muy arbitrario”, dijo Beatriz. “Cuando me tomaron declaración, me amenazaron diciéndome que no importaba, que si yo no quería decir nada, que no diga nada: me decían mentirosa y ‘nosotros tenemos todo el tiempo del mundo, así que después que tengas a tu pibe, te vamos a reventar’”.

La sospecha

Una vez, le preguntó a Cacho por un detalle. “¿Cómo es que va a llevar la ropita a mis padres? ¿Cómo es que van a llevar a mi hijo?” Estaba segura de que era una cosa complicada: “Era incomprensible –dijo–, porque si te dicen que estás ilegal, que tenés un número, que estás clandestino y te sacan a un hijo y mi hijo aparece y se lo dan a mis padres, quiere decir que yo estoy en algún lugar”. El custodio le dijo que no se preocupe, que era así, que se lo iban a entregar a los familiares. Pero Beatriz no le creyó. Empezó a decirlo entre sus compañeras. “No es lógico”, decía. “Sigamos este razonamiento: ¿cómo van a hacer aparecer la criatura ante nuestros familiares?”.

Y dijo: “A mí no me cerraba esa parte, pero recuerdo como si fuera hoy que Tina me dice: ‘¡Noooo, los milicos con los pibes no joden!’. Me lo acuerdo y lo digo porque era como impensable otra cosa. Te tienen hasta tener el nene o la nena, después nos llevan a matar porque era ésa la amenaza ¿y después nuestro hijo va a aparecer? No era lógico: ¿se entiende lo que estoy diciendo?”.

Beatriz estuvo parte del tiempo destabicada, por eso puede dar cuenta de lo que ahora puede dar cuenta. El 2 de mayo llenó un papel con su nombre; datos sobre la militancia. Ese día pidió hablar con el encargado de inteligencia, el modo de llamar adentro a los torturadores. Le preguntó con la voz quebrada dónde y bajo qué condiciones iba a tener a su hijo. El torturador le preguntó por la fecha de parto. Ella dijo el 25 de mayo. Bueno, piba, le dijo el otro: “Anda, pronto vas a tener noticias mías”.

Al otro día le ordenaron bañarse. Cacho le dijo que iba a recibir el mejor regalo de su vida. Volvieron a juntarla con su marido. “Yo me caí de los nervios –explicó– y nos dijeron: ‘En el nombre del Ejército Argentino les pedimos perdón, con ustedes nos equivocamos’, y nosotros les agradecimos.”

Beatriz no tenía modo de conectarse con familiares de los prisioneros. Y no supo que muchos de-saparecieron hasta el momento de la Conadep. Cuando terminó de declarar dijo: “Lo único que quiero agregar es sobre la importancia de la Justicia en lo personal y como ciudadana –explicó–: cómo me parece fundamental llegar al fondo de esta historia y me parece no ya importante, sino fundamental, que se lleve a cabo, como trabajadora de la salud mental puedo dar testimonio de esto”. Y agregó: “Quiero agradecer a las Abuelas porque yo podría haber estado muerta y las Abuelas buscando a mi hijo”.

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Beatriz Susana Castiglione fue secuestrada cuando estaba embarazada de ocho meses.
Imagen: Bernardino Avila
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