EL PAIS › OPINION

Boletas y discursos únicos

 Por Mario Wainfeld

El jingle, pegadizo, propone “cortá boleta/sumalo a Iglesias”. “Iglesias” es Roberto, candidato radical a la gobernación de Mendoza. La propuesta musical-política es dejar de lado, mochándolo textualmente, al correligionario Ricardo Alfonsín. Hace semanas se viene comentando en este diario que a Iglesias lo desespera la baja intención de voto del presidenciable, que conspira contra sus chances. Iglesias afronta un dilema complejo: la pelea provincial en conflicto con la orgánica partidaria, con la unidad. Lo resuelve de un plumazo o, si se quiere ser más estricto, de un tijeretazo. El radicalismo no se dobla ni se rompe, estrictamente: se fragmenta, lo que en el imaginario del cronista es la peor solución, privilegiar el objetivo local sobre (contra) el nacional.

Es un ejemplo ilustrativo de un fenómeno vasto. La crisis de los partidos políticos jalona otro bajón, no imputable ni a la perfidia kirchnerista, ni a algún informe avieso de 6,7,8. Sí a la pérdida de mística y proyecto común, a una cultura divisiva y faccionalista.

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Tras ser plebiscitado en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, el jefe de Gobierno, Mauricio Macri, había prometido que haría un road show de paliques con los aspirantes a la presidencia. Se interesaría por sus propuestas, señalaría a quién votar. El anuncio era, desde el vamos, un fuego fatuo. A Macri no le convenía arriesgar su capital simbólico a manos de otro referente del Grupo “A”: ¿Para qué poner fichas a manos de un perdedor? ¿Para qué favorecer a un rival en la interna opositora? Y la pregunta más cruel: ¿qué sería de Macri 2015 si algún dirigente “A” llegara a la Casa Rosada? Estos porvenires obvios fueron soslayados por la prensa dominante, que atribuyó gran entidad a la recorrida y su desenlace, ambos híper virtuales, míticos. Cualquier concejal de una localidad pequeña, con una pizca de olfato, podía intuir lo que pasaría y pasó: “Mauricio” volvió y calló, atendiendo a su propio juego. Muchos formadores de opinión entretuvieron y distrajeron a su público esperando la fumata blanca que jamás podía encenderse.

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Si los medios critican a una fuerza política, el oficialismo ¿tiene este derecho a replicarles? No se me atropelle para responder, lector, si no quiere ser escrachado en algún comunicado de Adepa. De acuerdo con el canon republicano que emite la prensa dominante, la respuesta correcta es que “no”. Es pecado de lesa institución discutir una cobertura excitada que adujo fraude en una elección ganada por un margen aplastante, sin que mediaran denuncias serias ni comprobadas.

Se distorsionaron declaraciones del juez de primera instancia Manuel Blanco, quien habló de “horrores”, pero dejó a salvo que no advertía mala intención ni ventajas para nadie. Se subestimaron las del presidente de la Corte Suprema, Ricardo Lorenzetti (que tiene una reputación intachable y que está muy por encima de Blanco en la escala jerárquica), explicando amablemente que los comicios fueron limpios, como es habitual en la Argentina.

En trazos gruesos, se propendió a agigantar errores que hay en cualquier elección y a considerarlos fraude. Una cosa es un error, producto de acumulación de tareas, inexperiencia o (aun) negligencia de la autoridad de mesa. Y muy otra, un proceder doloso, deliberado. El único que habilitaría una acción judicial.

Varios cronistas y unos pocos políticos (entre ellos el inefable diputado Eduardo Amadeo, que ha hecho cosas peores) injuriaron sin fundamentos a gentes de a pie, bramando por llevarlos a Tribunales. No se trata de un episodio banal ni del celo contra los poderosos: hablamos de amedrentar a posibles convocados para participar como autoridad en las elecciones. Entre dirigentes políticos, se pueden admitir más cornadas. Con la gente del común, cabe ser más cuidadoso. No disponen de medios para defenderse de editorialistas rojos por la furia ni de diputados que creen que cualquier fin justifica cualquier medio.

El Agora no es monopolio de nadie, ni siquiera de los oligopolios. Las polémicas van y vienen. El que titula con tempestades debe aprestarse a que se le responda con vientos. El espacio democrático es amplio, todos los pareceres valen, incluso el de los disidentes con el discurso hegemónico.

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El voto electrónico ha de andar solo por las calles, desamparado, mal entrazado y sin nadie que lo reconozca. Quién te ha visto y quién te ve. Hace un año o dos era sindicado como la piedra filosofal del sistema electoral, la panacea que sanaba todas las dolencias. Cuando se implementó en las elecciones provinciales de Salta, con alcance para una parte del padrón, los elogios llegaron al paroxismo. He ahí –hubiera escrito el gran Rubén Darío– el vellocino de oro. He ahí –podría hacer fraseado el maestro Borges– el Aleph.

El sistema era interesante, máxime porque contenía la previsión de dejar constancia escrita de cada sufragio, para posibles corroboraciones o impugnaciones. Pero la vida es así: el voto electrónico cayó en desgracia desplazado de escena por la santificada o acaso divinizada boleta única. Atribuir tantas dotes a una metodología es, por la parte baja, exagerado. Diputados y senadores opositores lo hicieron porque el sistema “tira” al corte de boleta, mientras que la lista usada actualmente “tira” para que se elija boleta completa. Creen que eso les conviene en octubre, he ahí todo su horizonte institucional.

Hasta una directiva del Cipecc, la politóloga Julia Pomares, advirtió en el diario La Nación que es atolondrado legislar la cuestión ahora e incorrecto ponerla en práctica en una contienda ya lanzada. Pomares argumentó, entre otras razones, que en una campaña presidencial mejor centrarse en la discusión de otros temas. Un criterio sensato que no hace tendencia en la oposición.

En una lánguida remake de coyunturas parlamentarias más propicias, diputados y senadores opositores llevaron a ambas Cámaras la propuesta de legislar, contra reloj y sin respirar, la consabida reforma. No tuvieron las relativamente exigentes mayorías necesarias. El oficialismo retaceó su concurso y también hubo un ala sensata dentro del colectivo “A”. La iniciativa pasará para después de octubre, entonces podrá armarse una discusión amplia, que congregue a especialistas y trabaje con elementos empíricos, extraídos de las experiencias de Santa Fe y Córdoba. Cualquier metodología es revisable y perfectible, toda legislación es corregible.

Un dato a computar, usualmente soslayado, es que en la Argentina en términos comparativos es altísima la proporción de ciudadanos que participan en las elecciones, lo que redobla la cantidad de tareas y las complejiza. Donde eligen uno de cada cuatro hay menos mesas, menos laburo, menos colas, escrutinios menos exigentes que donde participa el 70 por ciento de la población. La calidad democrática conlleva esas cargas, enhorabuena.

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El decano de la Facultad de Sociales de Estocolmo lee el informe de su discípulo mal arriado, el politólogo sueco que hace su tesis de posgrado sobre la Argentina. Una frase lo tiene a maltraer: “Un diario se queja porque no se cambian las autoridades de mesa a pesar de las denuncias de la oposición que no fueron probadas. Critica al Ejecutivo, aunque esa decisión la toma el Poder Judicial”. “Hay dos absurdos en esa frase, profesor, infórmeme con más rigor”, le espeta por correo electrónico.

“La falla no es mía, decano, le cuento todo tal cual es.” Y le sonsaca una partida especial para compra de merchandising electoral. Explica que la licenciada Pelirroja progre está haciendo un estudio de campo. La pelirroja, que antaño cavilaba sobre su identidad y pertenencia, ahora es cristinista rabiosa.

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En pocos meses, transcurrieron doce elecciones provinciales y las primarias nacionales. Fueron instructivas y aleccionadoras. Seguramente no debe haber una persona politizada y atenta que haya disfrutado o gozado por todos los pronunciamientos populares. Todos ganaron o perdieron, en proporciones y fechas distintas. La comparación entre las conductas de vencedores y derrotados en cada circunstancia sería una buena bolilla de alguna asignatura sobre educación democrática. La rabia de quienes se sorprendieron por el veredicto de las primarias ofusca y los induce a reacciones descorteses, altaneras, a comparaciones o asimilaciones literalmente asombrosas.

Volvamos, para cerrar, al inicio de esta columna. La movida de Iglesias, allende su valoración, incluye una apelación que podría colar. Los ciudadanos han demostrado versatilidad para expresarse, capacidad para diferenciar instancias, voluntad de participar, disciplina como fiscales o autoridades de mesa. No es para empalagarse, pero sí para resaltar en medio de tanta desmesura, conclusiones agretas y denuncias tiradas al voleo.

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Imagen: Télam
 
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