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La calma después de la tempestad

 Por Mario Wainfeld

El vicepresidente Julio Cobos participó de la ceremonia, fue menos que un actor de reparto. Hace casi cuatro años llegaba al Senado y amansaba, esperando que los compañeros Miguel Angel Pichetto y José Pampuro lo adentraran en los laberintos de la Cámara. Los habitués, aliados que no le tenían afecto, lo gastaron un poco, le hicieron sentir la extranjería. El mendocino tuvo una revancha que no estaba en los libros de nadie y que quedó para todos los futuros textos de historia, dorreguista u oficial.

Le tocó en suerte (valga la expresión) una noche inolvidable, en la que pasó al estrellato. Su decisión fue “no positiva” por donde se la mire: cuestionable ética e institucionalmente. Su discurso, impreciso y titubeante. Pero hizo el gol del triunfo para “la oposición” (sobre la hora y en off side para mayor algazara de la hinchada). Sin más trámite, coló para las grandes ligas.

Devino una especie de nuevo rico de la política, alguien que encontró tirado en la calle un billete premiado de lotería. Dilapidó ese caudal a fuerza de amarretearlo o por no saber capitalizarlo. Tal vez, con el tiempo, lo comparen con el quinto Beatle, aquel que desertó antes de que llegara la fama. O con un polizón que se coló en el Titanic. Transitó de canillita a campeón y descorrió íntegro el camino. Nada es imposible en el mundo de la política, pero está cerca de serlo que pueda regresar triunfal, o regresar, tout court, alguna vez.

Ayer Cobos tomó juramento a los senadores entrantes. Muchos curules para el Frente para la Victoria (FpV), que se hamacó en minoría durante tres años, defendiendo el empate con uñas y dientes. Ahora la bancada mayoritaria saborea el desquite, mientras se apresta para el tercer mandato consecutivo del kirchnerismo.

El vicepresidente fue el más conspicuo de una camada de “opositores” que perdieron su tren, el que cayó de más alto, el que se va más lejos.

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La Betty: Pichetto, el titular del bloque del FpV, lo venía intuyendo por los gestos que le prodigaba la presidenta Cristina Fernández de Kirchner. Pero recién conoció que seguiría en su puesto anteayer, cuando la mandataria se lo confirmó. Cristina le había insinuado que la designación de presidenta provisional del Senado recaería en “una mujer”. La tucumana Beatriz Rojkés de Alperovich, una de las favoritas de los apostadores, fue la designada. En combo, llegó el lugar que ocupará el jefe de Gabinete, Aníbal Fernández: presidir la Comisión de Presupuesto. En los mentideros se lo mencionaba para otra comisión estratégica, la de Asuntos Constitucionales.

“La Betty” Rojkés de Alperovich es, por cierto, la esposa del gobernador de Tucumán, aunque es injusto negarle un peso político propio. También lo sería motejar a Hilda González de Duhalde, que se retira del Parlamento, sólo como la cónyuge del ex presidente Eduardo Duhalde.

Mujer, judía que como tal juró sobre su libro sagrado, Rojkés de Alperovich, seguramente merecerá unas líneas en el discurso que pronunciará la Presidenta en la heterodoxa ceremonia de reasunción el 10 de diciembre. Pocos gobernadores judíos hubo en la historia argentina, José Alperovich es el único que fue reelegido. De llegada relativamente reciente al justicialismo, representa, de todos modos, a la tradición pejotista, muy acogedora para quien sepa integrarse. Ex radical, proveniente del sector empresario, Alperovich es uno más entre los conservadores populares que dominan provincias y que acompañan, con diferencias ideológicas sensibles, al kirchnerismo.

Varios mensajes no lineales, entonces, encierra la festejada llegada de “La Betty” a un cargo jamás ocupado por una mujer.

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Los ritos: Se va haciendo costumbre, que se amplía y se aligera cada vez más. La antaño tradicional y adusta ceremonia de juramento se desacartona: mujeres y hombres se arriman al estrado acompañados de familiares emocionados que ponen cara de circunstancias o de chicos que se divierten con menos ambages. Es un dato más, menor pero no insignificante, acerca de una sociedad más mundana, que relaja los protocolos, que saluda la expresividad en todos los ámbitos, hasta en la Cámara más conservadora y tradicional. Aquella en la que el bipartidismo conserva un peso significativo, mucho mayor que en Diputados, que en las gobernaciones o que a nivel nacional. Los presidentes Raúl Alfonsín y Carlos Menem mucho contribuyeron para apuntalar ese perfil, en la Constitución del ’94.

Menem, cuya asombrosa victoria en La Rioja pasó casi desapercibida en medio del aluvión cristinista, fue acompañado por su hija Zulema y su nieto Luca, que la pasaron bomba. El ex mandatario fue decisivo en varias votaciones desde 2007, en las retenciones jugó para la oposición (minucia que algunas narrativas olvidan), en otras para el oficialismo.

En 1974, el inolvidable Rodolfo Ortega Peña asumió como diputado nacional y conmovió, cambiando la fórmula del juramento. “La sangre derramada no será negociada”, afirmó y conformó un bloque unipersonal. Era una ruptura, en tiempos terribles: unos meses después sería asesinado por la Triple A. Hoy día, los agregados o matices en el juramento están en el orden del día, con menos tragedia y aún menos dramatismo, en un contexto inédito de saludable continuidad democrática. Varios legisladores agregaron menciones a su fórmula, la evocación del ex presidente Néstor Kirchner fue la más elegida.

Aníbal Fernández juró sin barra que lo aclamara y sin entorno familiar, en un estilo clásico. Recala ahí después de una permanencia record en el Ejecutivo. Es una recaída anunciada, percibida en Palacio desde hace cosa de un año, pero dista mucho de ser un pase a retiro. Hiperquinético, siempre enchufado e informado, polemista todo terreno y gran animador mediático, “Aníbal” será un protagonista clavado en la Cámara alta. La Presidenta emitió señales variadas al colocarlo como primer candidato a senador por la provincia y al no valerse de sus innegables dotes de operador y cuadro político relegándolo en su opción para la presidencia provisional del cuerpo.

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La decisión: Aníbal Fernández se despidió con humor y hospitalidad del Ejecutivo: invitó a una comida a muchos de sus compañeros en el gabinete. El ministro de Economía y vicepresidente electo Amado Boudou llegó tarde y comentó “me quedé con Cristina conversando sobre las designaciones”. Los circunstantes rieron, todos saben que es una broma. Los tiempos de la mesa chica (una forma imaginaria de nombrar a un movimiento con doble liderazgo) quedaron atrás. La Presidenta concentra todas las decisiones, su armado electoral fortaleció (por si hiciera falta) el estilo de mando. Como en la fórmula presidencial, como en la que disputó la Jefatura de Gobierno porteña, nadie accede a esas resoluciones, que Cristina Kirchner gusta de revestir con secreto y sorpresa. Lo ve como un modo de fortalecer su liderazgo.

En los pasillos de Palacio se imagina continuidad primando sobre la novedad, los ministros olfatean lo mismo. Pero nadie sabe qué cartas tiene el sabó y el anuncio se ha diferido hasta pocos días antes del 10 de diciembre.

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Agendas: En Diputados (la Cámara pluripartidista, más plebeya y menos empacada) se realizó la última sesión del período ordinario. Como en el Senado, primó un clima calmo, polarmente distinto, al tormentoso que signó el último bienio. Para posibilitarlo, se acordó una agenda no conflictiva. Vale la pena repasar ítems del temario: Muerte digna, Fertilización asistida, Identidad de género. Décadas o años atrás hubieran desatado polémicas terribles, reacciones furibundas (y quizá vetos) de sectores de derecha. Habría que computar cuánto se han sofisticado y enriquecido las agendas de la sociedad civil o de las tertulias de café. La continuidad del sistema democrático amplía márgenes, enriquece debates, abre cabezas.

Este escriba (que supone ser mucho más costumbrista que optimista) sospecha que esa perspectiva se pierde de vista en el fragor de las polémicas o en la delectación por la coyuntura (dos malestares de la cultura azuzados por el periodismo banal). Puntos de vista, más vale.

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Imagen: DyN
 
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