EL PAIS › LA JUSTICIA YA TIENE DENUNCIAS POR LA GUERRA

Las torturas en las Malvinas

Dos ex combatientes se presentaron en septiembre del año pasado ante la Justicia para denunciar el estaqueamiento que habían sufrido durante la guerra. Los represores aplicaron los métodos de siempre.

 Por Alejandra Dandan

“Yo no maté un cordero para comer, conseguí una lata de dulce, una horma de queso, me acuerdo de que era Arcor, y una lata de rosbeef. Cuando volví me estaban esperando.”

El 6 de septiembre de 2006, la Justicia tomó la denuncia de Rubén Darío Gleriano para abrir una investigación sobre un estaqueamiento y mal trato en Malvinas. El caso quedó en manos del fiscal Guillermo Marijuán, quien luego recibió la denuncia de otro soldado. Ambos enmarcaron las denuncias como crímenes de guerra, pero luego del debate reabierto después del último 2 de abril la Justicia debe analizar cómo las canaliza.

Gleriano hacía el servicio militar en Mar del Plata cuando estalló la guerra. Desde el 8 de marzo estaba en la Brigada 601, Batería A, Sala de Armas. Apenas se iniciaron los combates, “nos llevan cagando”, dice.

La denuncia que presentó ante la Justicia llegó después de un largo recorrido a la fiscalía de Marijuán. Allí, Gleriano da cuenta de los detalles de su “estaqueamiento”, un episodio del 27 de mayo de 1982 en Malvinas. “Mientras llevaba dos días y medio sin comer, decidió dirigirse a buscar algo que sirva para calmar la desesperada sensación de tener el estómago vacío”, señala su denuncia. Para alcanzar la comida, recorrió dos kilómetros para conseguir burlar el cerco de los “PM” o Policías Militares, cuya guardia impedía el paso a la ciudad.

A su regreso se encontró con un subteniente, actual teniente coronel en el Estado Mayor Conjunto dependiente de la Escuela de Guerra. Según Gleriano, el subteniente decidió el estaqueo. “Era una de las formas más frecuentes de tortura que los jefes empleaban con sus soldados –dice la denuncia–: el estaqueo, o lo que ellos denominaban calabozo de campaña.”

A Gleriano lo acostaron boca arriba a la intemperie, le ataron las piernas y brazos al suelo, lo ataron, le colocaron una especie de paño cubriéndole el cuerpo y lo dejaron inmóvil por ocho horas: de 16.10 a 24. El paño de tela, dice la denuncia, agravó la situación porque se empapó de lluvia y nieve y le provocó un descenso casi mortal de la temperatura del cuerpo. Lo sacaron dos compañeros, Eduardo Basualdo y Julio Acuña, cuando estaba desvanecido. Le dieron té y lo pusieron adentro de una bolsa de dormir para arroparlo.

El estaqueamiento le impidió correr cuando sonaron impactos de proyectil de distintos calibres durante el día. Y el calabozo de campaña quedó a unos veinte metros de 150 tanques con 250 litros de nafta cada uno. En su denuncia, Gleriano menciona a un cabo como autor de la orden. “Sabíamos que si nos íbamos a buscar comida la pasábamos remal, pero encima yo volví con la frustración de que no había conseguido la yerba para el mate.”

Walter Salas estuvo en Puerto Argentino desde el 14 de abril al 10 de junio, como chofer del GA4 (Grupo Autotrasportado 4). También él denunció un estaqueamiento luego de ir a buscar víveres como si eso fuera una de las constantes. “Dado lo injusto del castigo –unos ‘saltos vivos’, porque había ido a buscar alimentos–, me niego a efectuar esos movimientos y la reacción del sargento fue propinarme una patada en los pies, lo que hizo que cayera al suelo en forma inmediata.” En ese momento, el sargento pidió dos ponchos plásticos, colocaron uno en el piso, lo acostaron y lo taparon con el otro. El estaqueo duró siete horas.

“En general, los castigos no se dieron por insubordinación o por cobardía, eso es lo singular”, explica Ernesto Alonso, de los ex combatientes de La Plata. Las denuncias de Mar del Plata están en manos de César Sivo, uno de los abogados de derechos humanos locales.

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El cementerio de Darwin, testimonio de las muertes de los combatientes en Malvinas.
 
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