EL PAíS › EL ENCUENTRO POR EL ANIVERSARIO DEL CHE

El largo camino a La Higuera

En micro, militantes y dirigentes iniciaron su viaje para participar de los actos por el Che que organizó el gobierno de Evo Morales. Un periodista de Página/12 se subió con ellos.

 Por Martín Piqué
desde Salvador Mazza, Salta

Se llama La Preferida Bus, es todo de color amarillo, pero sobre todo cumple con lo que declama. Porque el ómnibus hace honor a su nombre: los participantes del encuentro por los cuarenta años de la caída del Che lo han elegido para viajar hasta Santa Cruz de la Sierra, Bolivia. Son 36 horas de viaje hasta llegar a destino. Allí dejarán el micro que los transportó desde Buenos Aires y seguirán camino hasta Vallegrande, primero, y La Higuera, después. El pueblito en el que mataron al comandante en 1967 será el epicentro de las actividades organizadas por la Fundación Che Guevara y el gobierno boliviano. Entre los asientos viajan jóvenes militantes argentinos y dirigentes sindicales uruguayos. El día y medio de viaje contribuyó a una rápida integración. Hubo tiempo para recordar el cuento “Autopista del sur”, de Cortázar; para comprobar los efectos del napalm que Bussi ordenó arrojar sobre el monte tucumano entre El Cadillal y San Pedro de Colalao; para leer el recién editado libro de Ciro Bustos, uno de los compañeros del Che en su aventura boliviana, sobre quien durante mucho tiempo pesó la sospecha de haber colaborado con los rangers del general Barrientos.

Las horas de viaje van dejando sus marcas sobre los futuros asistentes al encuentro por los 40 años del asesinato del Che. La ruta nacional 34 muestra pastizales amarillentos y álamos no muy tupidos que se repiten a ambos lados del asfalto. Un poco más allá se ven grandes claros provocados por el desmonte y la siembra de la omnipresente soja. La última parada en General Güemes dejó espacio para algunas sorpresas. Una botella de dos litros de agua mineral costaba dos pesos, por la avenida principal se veían comercios con el anuncio, anacrónico en Buenos Aires y alrededores, de “todo por 1,99 pesos”. La escalada inflacionaria no parece haber llegado a la ciudad salteña. Lo que sí la alcanzó es la ola frenética de obra pública. A los costados de la ruta se ven operarios y obradores repavimentando la capa asfáltica. Un dato más: en los postes de luz se ven muchos carteles del candidato a gobernador del romerismo, Walter Wayar.

Para matizar la espera, los choferes dispusieron una oferta cultural tan heterogénea como la feria La Salada. Primero tres películas al hilo de artes marciales, como las que le gustan a Quentin Tarantino; después un compilado de lentos de los ’80. A la mañana siguiente, las simpáticas canciones del grupo de cumbia y cuarteto Chupete que hizo sonreír al pasaje con una canción que elogiaba a los “chupa chichis”. De rasgos del Altiplano tallados a piedra, los choferes bolivianos disfrutaron como una pequeña victoria personal cuando vieron a otro ómnibus parado al costado de la ruta en las afueras de Tucumán. Era un interno de la línea Expreso Pocitos, el único competidor de La Preferida en el trayecto Buenos Aires–Santa Cruz de la Sierra. “Esto les pasa por no elegir a La Preferida”, comentaron entre risas.

En la cabina de los conductores circulaba la bolsita con hojas de coca, en el primer piso un mate extralarge que habían traído dos uruguayos. Eran Luis Diosy y Rosario Rossi, una pareja de militantes del ala izquierda del Frente Amplio. Ambos dirigentes sindicales, los dos también comparten la dirección de la Corriente de Izquierda, una de las líneas internas más críticas de Tabaré Vázquez. Diosy tiene 54 años y es dirigente del gremio no docente de la Universidad de la República (de Montevideo), cuya sigla es Affur. Rossi, 49, estudia Ciencias Económicas, está afiliada a la Unión de Trabajadores del Hospital de Clínicas. “Yo vine para los treinta años de la muerte del Che, en 1997. Estaba Banzer en el gobierno, la ultraderecha”, recuerda Diosy. “En La Higuera, en la noche del 7, pasaron una película sobre el Che en la que mostraban cómo los mineros donaban su jornal y trataban de llegar a la gente que estaba peleando en la montaña.” La expectativa de los uruguayos por llegar al epicentro de los homenajes actividades –la ciudad de Vallegrande– se combina con cierta desilusión con la realidad que dejan en su país. “En este momento en Bolivia hay un gobierno que es importante para mí, como militante política. Quiero recoger la mayor experiencia que nos sirva para nuestra realidad, para poder revertirla”, dice Rossi.

Más ruidosos que sus vecinos orientales, los jóvenes que viajan desde Buenos Aires parecen tener bastante experiencia en cruzar la frontera a Bolivia. José María Dunn, 34 años, militante del Movimiento Evita y coordinador de un centro cultural en Moreno, viajó dos veces al Altiplano. Incluso estuvo en la asunción de Evo en Tiahuanaku, donde fue ungido como presidente bajo los rituales aymaras y kollas. Su conocimiento del terreno se refleja hasta en la música de su MP3: el grupo de rock boliviano Atajo, que se convertirá en una de las revelaciones del viaje. Competitivo al fin, Edgar Starszy, 33, dice que viajó cinco veces a Bolivia. Fotógrafo, prepara un documental para la productora Chisperos del Sur. “Esto es como la ‘Autopista del sur’, de Cortázar. Pasan las horas y la gente se va relacionando”, se ríe.

La bienvenida en Salvador Ma-zza la da el aire asfixiante del chaco salteño. Los pobladores comentan que hace cuatro meses que no llueve. Lo prueba el río lleno de piedras y barro seco. En el control de Gendarmería la bienvenida es aún más árida. Arriba del micro un uniforme verde pide los documentos. Pregunta a dónde se dirige cada uno de los pasajeros. También interroga por el motivo del viaje a Bolivia.

–Voy a un encuentro político –le responde Página/12– ¿Por qué tantas preguntas?

–Bueno, aquí suele haber problemas. Como se lo puedo decir...narcotráfico.

La ruta de la que habla el gendarme es la 34. Hasta hace dos años, del otro lado de la frontera el camino era de ripio, ahora es de asfalto. “En esta zona hay muchas petroleras y hubo presiones para que asfaltaran. Antes era todo de tierra. Esos sí eran los caminos del Che”, cuenta Luis Añez, de 38 años, un sonriente boliviano que se presenta como gerente de La Preferida Bus en Santa Cruz de la Sierra.

Los últimos kilómetros antes de cruzar a Yacuiba van pasando en silencio. Antes del límite que parte al medio la ciudad se ve un paisaje de carpas y casillas hechas con madera y cartón. La imagen se repite al costado del corralón de la municipalidad de Salvador Mazza. La Argentina se despide con las postales de la pobreza eterna.

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