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“Nos pusimos a llorar porque vimos la dimensión real del genocidio”

Cuatro sobrevivientes de la ESMA relataron ayer ante el tribunal que juzga al prefecto Héctor Febres cómo fueron torturados en ese campo clandestino. Los jueces analizan si amplían los delitos contra el acusado.

Son cuatro sobrevivientes de la Escuela de Mecánica de la Armada. Los crímenes de lesa humanidad cometidos contra ellos por el prefecto Héctor Febres constituyen el primer juicio oral por lo sucedido en ese centro clandestino desde la anulación de las leyes de punto final y obediencia debida. Todos interrumpieron varias veces su declaración para no quebrarse completamente al recordar, nuevamente, lo que vivieron en la ESMA, por donde pasaron cerca de cinco mil secuestrado. El acusado decidió no presenciar las audiencias hasta el día de los alegatos, además de negar toda participación en el campo de concentración. Ayer no escuchó como Carlos Lordkipanidse fue picaneado con su hijo de 20 días sobre su pecho, no escuchó que violaron a Josefa Prada de Oliveri cuando estaba embarazada, no escuchó cómo la corriente eléctrica hacía “saltar hasta el techo” a Carlos García, ni como Julio Margari era obligado a trabajar en una imprenta falsificando documentación para los represores. Tampoco vio a los ex desaparecidos reconocer en una maqueta los lugares donde tuvieron contacto con él. El Tribunal Oral Federal número 5 (TOF5) deberá resolver si acepta el pedido de la fiscalía de ampliar la acusación por el delito de privación ilegal de la libertad agravada y el de la querella que también suma la reducción a la servidumbre.

El primer testigo entró a la sala de Comodoro Py pasadas las 10.30. Cuando se sentó casi no levantó la vista hasta que terminó de contar lo que recordaba desde su secuestro el 21 de octubre de 1977 hasta su liberación en 1979. “Me arrebatan, me hacen un tacle, me empiezan a pegar, me ponen capucha y esposas, me tiran en la parte de atrás de un Falcon y me ponen los pies encima”. De ese operativo participaron, entre otros, Febres, Alfredo Astiz, Jorge “Tigre” Acosta y Ernesto Weber. Lo llevaron a la Esma, donde, con esposas, grilletes y con la cabeza tapada, lo mojaban para pasarle corriente eléctrica. Lo identificaron con el número 028 y lo dejaron “unos meses” en el sector denominado “capucha” hasta que lo incorporaron al grupo de “mantenimiento”.

“Había tres salas de torturas, era un infierno vivir y escuchar todos los gritos”, relató García que no dejaba de ver el escritorio donde apoyaba las palmas de sus manos. Entre esos gritos, escuchó cuando torturaron a una de las monjas francesas, Léonie Duquet y Alice Domon. Entró en un laboratorio y la encontró “destruida”. Ella le preguntó “si estaba bien el chico rubio”, en relación con el ex marino Astiz, quien se había infiltrado en el grupo de la Iglesia de la Santa Cruz y participado en el secuestro de ambas.

La necesidad de tomar tres respiros profundos le impidió hablar de las embarazadas que había visto durante su cautiverio. Siguió su relato contando cómo pasó a trabajar en la imprenta “Apus gráfica”: Su función era duplicar facturas para “robar plata”, imprimir pasaportes, DNI y registros para los militares. En la imprenta, trabajaban con civiles que no conocían la condición de detenidos. En una oportunidad, tuvo en sus brazos durante “dos o tres minutos” a un bebé que había nacido en cautiverio. Era Juan Cabandié, nieto recuperado por Abuelas de Plaza de Mayo. “Myriam Lewin y yo nos quisimos casar. Tuvimos que pedir permiso porque no éramos dueños de nada”, detalló García. “La patota eran todos, todos los días chupaban gente y todos los días nos torturaban”, concluyó.

Alfredo Margari fue su compañero en la Esma y en la imprenta. Lo secundó en la audiencia frente al tribunal. Secuestrado en noviembre del ’77 e identificado como 032, fue obligado a trabajar en la impresión del diario Convicción. En su declaración explicó que se estaba “armando un grupo de apoyo para las aspiraciones políticas” del almirante Emilio Massera. Ambos detenidos destacaron la importancia de Febres como hombre del “grupo de inteligencia” y como parte de los que aplicaban los tormentos. “Escuchábamos los gritos y veíamos entrar a los torturadores como Pernía, Astiz, Weber y Febres”, aseguró Margari. Además, explicó que él “era el encargado de las embarazadas y de proveer el ajuar para el nacimiento”.

El testimonio más breve fue el de Josefa Prada de Oliveri. “Mi compromiso con la memoria duró hasta el juicio a los comandantes, me parece muy extraño todo esto a 30 años de distancia”, explicó conmovida. Fue llevada a la Esma junto a su pareja a fines del ’77. Recordó que pocos días después “hubo una especie de fiesta” en la que la obligaron a “brindar por la patria”. Fue abusada durante los interrogatorios mientras estaba embarazada de cuatro meses.

El último testimonio fue el de Lordkipanidse. Detalló durante más de cuatro horas como, entre otras cosas fue torturado junto a su bebé de 20 días. Febres, pese a ser de la Prefectura, había llegado a estar “a cargo del sector cuatro”, de “la huevera” donde daban a luz las embarazadas y además, formaba parte del “grupo de oficiales que deciden sobre la vida y la muerte de los detenidos”, explicó. Por su oficio de fotocromista se le había encargado el revelado de unos “microfilms” donde estaban los “legajos” de los detenidos en ese centro clandestino. “Nos pusimos a llorar porque vimos la dimensión del genocidio”, dijo el testigo. Veían pasar miles de fotos de “niños, mujeres mayores, chicas, era la muestra de la existencia de un verdadero genocidio en ese exclusivo lugar”. El recuerdo obligó al tribunal a pedir un cuarto intermedio para seguir la audiencia.

Informe: Sebastián Abrevaya.

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Carlos Lordkipanidse y su esposa en las puertas de Tribunales, antes de declarar.
 
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