EL PAIS

Volver a fundar la lengua

POR DANIEL FREIDEMBERG *.

Sean las que hayan sido las consideraciones según las cuales quienes otorgan el Premio Cervantes decidieron dárselo este año a Juan Gelman, lo que me resulta evidente es que, si los premios de esta magnitud fueran lo que deben ser, o lo que uno querría que fueran, a nadie le cabe como a Gelman. Lo habría pensado si sólo hubiera tenido en cuenta la mayor parte de lo que vino escribiendo y publicando desde Violín y otras cuestiones, en el ’56, pero habiendo leído sus últimos libros, y sobre todo el reciente Mundar, la sensación es la de que se está premiando una tentativa que, por su radicalidad y arrojo, excede bastante lo específicamente literario, sin dejar de ser ante todo trabajo con la letra y en la letra. Si lo que mejor merece ser llamado “poesía”, como nos gusta creer a algunos, supone hacer “decir” a la letra lo que la letra no supo aún decir, si supone encontrarle costados inexplorados, desatarle posibilidades, los lectores de Gelman conocemos bien lo que ocurre cuando conjuga sustantivos como si fuesen verbos o a los verbos los sustantiva, cuando feminiza lo masculino o cambia de lugar los acentos o inventa palabras. ¿Juega con las palabras? Hay, sí, mucho de juego, pero lo que importa es lo que en el pensamiento y la imaginación se abre en esos movimientos. De paso: en muy pocos como en Gelman, “jugar” pasa a ser “jugarse” y viceversa.

Es muy notable lo que viene a la mente cuando se juntan esos dos nombres: Cervantes y Gelman. Ni el título de clásico entre clásicos ni el de obra cumbre de la literatura en castellano ocultan, apenas uno se fija, el hecho de que, para escribir el Quijote, su autor debió, por un lado, desatender las pautas literarias establecidas y, por el otro, hurgar en la cantera de un castellano más palpitante que el de los libros de su tiempo, y más imprevisible. Si en gran medida el castellano de Cervantes sigue vivo, es porque es un castellano que sigue resistiéndose a fijar su significación, sigue excediéndose y poniendo en cuestión la palabra. ¿Es muy exagerado postular que, como la de Cervantes, la escritura de Gelman vuelve a fundar la lengua?

En cuanto a “exceder lo literario”: algo de eso ya venía insinuándose desde Cólera buey (1965), pero con los tres últimos libros de Gelman, Valer la pena, País que fue será y Mundar, se me ha vuelto imposible leer sin pensar que estoy ante un particular modo de búsqueda o develamiento del mundo: como el alma, según su amado San Juan de la Cruz, entra a una noche oscura, deshaciéndose de todo, en busca del encuentro con cierta inexpresable realidad (Dios), la ahora más “conceptual” poesía de Gelman parece nacer de una búsqueda en soledad por los territorios de lo innombrable y lo impensable, y hasta de lo intolerable, y de una extrema conciencia de que para ese tipo de aventura las palabras no alcanzan: sacar quizá partido de la insuficiencia de las palabras, para que “algo” en lo que ellas no pueden se diga.

¿Haría falta además que mencione el conocido tópico del poeta político, el que, tanto o más que mencionar a Ernesto Guevara y las organizaciones armadas de los ’70, puso a jugar “lo político” en sus poemas? A Gelman –lo dijo más de una vez– la cuestión le tiene sin cuidado, y también seguramente a cualquiera que se haya puesto de verdad a leerlo: no para corroborar nada, no para recibir enseñanzas o sostener una fe, sino para encontrarse con la revelación abierta de una palabra necesitada de abrirse paso, y en la que, entre tantos aspectos de lo ineludible, lo político no puede no tener lugar. Poemas al margen, por otra parte, el hecho es que se ha premiado a un hombre que no le quitó el cuerpo a la militancia concreta y que supo jugárselo cuando la ocasión o su sentido de la ética lo demandaba; y bien caro que lo pagó, y a su modo sigue haciéndolo, con sus posibilidades actuales y en las condiciones presentes. No es por eso, me imagino, que se lo premió; pero olvidar que el premio le fue otorgado a un hombre de esa talla sería vivir en otro mundo. Y además de todo: se premió a un poeta argentino, recontraargentino, en su vida y su escritura, que abrió una manera de hacer poesía “en argentino” en la que muchos encontramos una base para encarar una escritura en la que podamos reconocernos, o encontrar mejores instrumentos para que escribir no se acerque tanto a la impostura y tenga algo más que ver con el cuerpo. Otro motivo para celebrar, con ganas.

* Poeta.



POR MANUELA FINGUERET *.

El idioma incandescente

A mi querido Juan:

Te escribo como si estuvieses frente a mí y pudiéramos celebrar con la enorme alegría que siento por vos y por lo que tu premio significa para la poesía. Sabés que en estos días y de a sorbos me deleito con tu último libro, Mundar, que ilumina “el universo desde el fondo del tiempo”, como decía Walter Benjamin. Tu voz acompaña queda, no como en aquellos años de mi adolescencia en los que te escuchaba deslumbrada y absorta. Son versos que descubro en cada corte y quebrada, en cada ruptura que aromás con nuevos decires. Es que creaste bosques calcinados en los que la lucidez se vuelve imagen, ceniza, imaginación que interroga los sentidos cuando retumban una y otra vez esos versos: “La música del verso/ debe ser impar, decía Varlaine/ en un París desolado por la/falta de amor a Verlaine”.

¿Cómo decirte que tenés el privilegio de un gran poeta de romper espacios, tiempos, estéticas y rituales, a la vez que todo perece con vos porque ese misterio te deja desnudo y a la intemperie? Es que así como en Gotán arrancaste nuevos lamentos a Hiroshima, la Shoá o la guerra de Argelia, en Cartas a mi madre interrogás “¿en llaga viva?”; estallás el país en Salarios del impío o reivindicás lenguaje y ternura de Sefarad en Dibaxu. Proyectaste una sombra de grandes dimensiones en la poesía de América latina con Los poemas de Sydney West y atravesaste el lenguaje poético desde el dolor que te arrebató familia y país, con otros silencios con los que signaste este mundo desolado y sangriento.

¿Es posible emerger de esa poesía que te habita, en la que sos muerte y resurrección? “Tal vez para nadie haya perdón/ tal vez todos estén condenados a vivir.” Aprendiste alfabetos de derecha a izquierda y de izquierda a derecha en nuestro querido idioma ídish y a la vez tu sensibilidad afinó nuestra porteñidad de voces mestizas para que este idioma del Río de la Plata, que amamos, se vuelva incandescente.

Te abrazo con el alma
Manuela

* Escritora.



POR JORGE ARIEL MADRAZO *.

Un viento renovador

Nada más merecido que este nuevo galardón: ante un poema de Gelman, se tiene la clara percepción de estar frente a un cuerpo vivo, con su jadeo y respiración propios. Este poeta ha sabido aunar la mejor tradición y la gloria de la lengua, con la entonación y el manejo verbal más aptos para aproximarse al estado específico de seres y cosas, a su modo de estar en el mundo. Sustantivos conjugados como verbos o que cambian de género, diminutivos que refuerzan el sentimiento de extrañeza, frases en las que la sintaxis es tan libre como un pájaro... la amalgama gelmaniana es, lo menos, un viento renovador gracias al cual el idioma despliega su potencialidad y el goce de sus signos en rotación.

* Poeta.



POR HORACIO SALAS *.

Resplandores inéditos

Después de casi cinco décadas de amistad y de admiración, no puedo menos que alegrarme con el premio. Un acto de estricta justicia. Creo que Juan es uno de los mayores poetas del castellano de estos días. Y lo confirmé cuando hace algunos años seleccioné y publiqué una antología de su obra en el Fondo Nacional de las Artes y formé parte del jurado que le otorgó el Primer Premio Nacional de Poesía. El manejo de la lengua, su gusto por la metáfora, su pasión permanente por las palabras en el marco de una belleza formal impecable, además de su compromiso latinoamericano, lo colocaron en un primer plano desde aquel lejano día de la aparición de Violín y otras cuestiones con prólogo de Raúl González Tuñón. Más allá de mi amistad personal, del probado cariño mutuo, puedo confesar que vuelvo a sus libros una y otra vez y que de cada nueva lectura recojo resplandores inéditos. La de Juan es una obra de riesgo constante que tiene –para siempre– un lugar de privilegio entre las letras del continente, sin dejar de ser profundamente argentina y profundamente porteña. * Poeta y escritor.

POR MIGUEL REP.

La voz

En la Feria del Libro de México anuncié que él iba a ganar el Premio Nobel, así que me quedó largo por ahora. Pero para mí es el candidato vivo al Nobel. Así que este Cervantes que acaba de ganar es un paso más hacia aquello que no todavía logró. Pero como Gelman es joven, aún le queda mucho tiempo. No soy lector de poesía, pero leo a Gelman. Buena parte de la explicación tiene que ver con el hecho de conocerlo a Juan y saber de su voz. Para mí es muy importante saber de la voz del poeta para leerlo. Por eso no puedo leer a Quevedo. No puedo leer a los tipos a quienes hay que adivinarles la voz. Me gusta leer un poema con la respiración del poeta. Y a Juan uno lo tiene bien calado. Basta escucharlo un par de veces para que te queden impresos para siempre la voz, la respiración y el entonar de Juan. De su poesía aprecio el dolor revitalizado, la ternura que rescata de la memoria. Es lo que más siento: mucha ternura, mucho juego también y mucho dolor, pero neutralizado hacia la vitalidad, lo tanático devenido en erótico. Además, percibo mucho en el arte de Juan su porteñidad; él maneja todos nuestros códigos. Lo veo como un puente entre la vieja poesía, que ya no nos pertenece porque Buenos Aires ha cambiado, y la contemporaneidad que sí está sucediendo porque él, de alguna manera, me trae de nuevo a un González Tuñón que representa un mundo que ya no es el mío. Pero él me lo renueva de una manera absolutamente contemporánea, moderna, y habiendo pasado por experiencias de dolor que han soldado aún más sus palabras. Me pone muy contento.

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Imagen: Gustavo Mujica
 
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