EL PAIS

Un bandido angelical

Por H. V.

Este no es el primer juicio político que soporta Boggiano. Su primer jury se formó hace casi 30 años, cuando su secretario en un juzgado comercial, José Uriburu, y el presidente de la Cámara de Apelaciones, FranciscoBosch, quienes habían avalado su designación como juez por Isabel Perón, denunciaron que en la quiebra de “Hot-Tur”, Boggiano intentaba favorecer al Opus Dei para que esa organización comprara a bajo precio el Hotel Presidente, como ocurrió. En 1978 el jurado de enjuiciamiento lo absolvió por duda. Fue presidido por Abelardo Rossi, uno de los interventores en la Corte Suprema designados por la dictadura y, como Boggiano, miembro de la organización confesional beneficiada con el trámite irregular. Cuando Boggiano fue designado en la Corte, el expediente del jury desapareció, a manos de su secretario letrado Guillermo Lozano. Mientras se tramitaba la quiebra de Hot-Tur, el Hotel Presidente seguía funcionando, y con sus ingresos se pagaban los acuerdos extrajudiciales. Un letrado que había intervenido en la negociación de esos acuerdos recordó los pagos que debían hacerse en los primeros días del mes siguiente.
–Mejor les va avisando que este mes no va a poder ser –fue la respuesta del quebrado Derchinsky, quien cambió su apellido por Derqui.
–¿Por qué?
–Porque ahora hay que hacer un pago sustancial al juez.
Poco después, Boggiano se mudó a un piso de centenares de metros en la Avenida Alvear, la zona más cara de la Capital. La ventaja inapreciable de esa ubicación es que sólo debía cruzar la calle para recibir la comunión diaria en la Nunciatura, cuyo titular, el embajador Umberto Calabresi, lo recomendó a Menem para integrar la Corte Suprema de la que ahora será separado. Boggiano tiende a ocultar este espectacular ascenso social presentándose como hijo de industriales. En realidad, su madre atendía un puesto de verduras y huevos en el viejo mercado Spinetto. Su vida es una prueba de la movilidad aún posible en la pirámide argentina si se cuenta con las bendiciones adecuadas y el apoyo familiar para treparla.
Su suegro, Miguel Angel Berçaitz, presidente de la Corte Suprema del 73, lo recomendó a la conducción peronista de la Universidad Nacional de Buenos Aires como profesor titular. En atención a la mínima antigüedad de su título de abogado sólo fue designado adjunto en la cátedra de derecho internacional de Werner Goldschmidt, durante la gestión como decano de Mario Kestelboim. Cuando la misión Ivanissevich-Ottalagano abordó la Facultad de Derecho, el decano interino Francisco Bosch creó una segunda cátedra de Derecho Internacional para que Boggiano la ocupara.
Bosch era juez comercial e influyó para que el secretario de Justicia, Francisco Vocos, designara juez en el mismo fuero a Boggiano, quien también había pasado en forma fugaz por la Corte de su suegro, como prosecretario. “Era un hombre estudioso, peronista pero de cuya honradez nadie dudaba. Nosotros promovimos su candidatura”, recordó Bosch cuando lo entrevisté hace doce años en su estudio de abogado de la calle Suipacha.
–¿No tenían ningún prejuicio en contra de Boggiano?
–Al contrario. Teníamos prejuicios decididamente a favor.
–¿Por razones ideológicas?
–Era de nuestra misma orientación política, lo sentíamos como un compinche.
–Pero usted lo denunció.
–Yo no acostumbro a cubrir indecencias de mis compinches.
Un segundo juicio político contra Boggiano se inició en 1993, a raíz del recurso de arrancatoria, creación pretoriana del inminente ex juez de la Corte. A pedido del entonces ministro de Economía Domingo Cavallo, de quien había sido asesor en la Cancillería, Boggiano ordenó al mismo asistente que había recuperado el expediente del primer jury que extrajera del libro de sentencias de la Corte un fallo contra el Banco Central e intentó que el expediente volviera a circular para que se dictara un nuevo fallo. Pero Belluscio y Petracchi lo descubrieron. Cuando necesitaba vacantes para negociar con Alfonsín el Pacto de Olivos, Menem autorizó que avanzara el procedimiento contra Boggiano, pero en cuanto consiguió que los jueces Rodolfo Barra y Mariano Cavagna se sacrificaran por el jefe, volvió a protegerlo. Creía defender así su relación especial con el Vaticano, el guardaespaldas ultraterreno con que Boggiano amenazó al actual gobierno si era expulsado del tribunal por su actuación en el caso Meller. Se trató de una cuantiosa transferencia de recursos indebidos, desde el Estado Nacional hacia un testaferro de Menem, en el preciso momento en que comenzaba su campaña electoral para 2003. La endeble defensa de Boggiano sostiene que mientras los otros jueces de la bancada menemista sostuvieron que el laudo contra el Estado no era arbitrario, él se limitó a sostener que la Corte no tenía competencia para revisarlo. Es una diferencia trivial: de hecho su voto fue el último imprescindible para formar la mayoría que ordenó pagar al testaferro del Padre de la Corte. Para colmo, cambió de criterio 24 horas antes de la emisión de la sentencia. Hasta entonces se pronunciaba por revisar el laudo por arbitrariedad, tal como lo había dispuesto la Corte con la firma de Boggiano en el reciente caso “Aion”. El último voto que destraba una situación de bloqueo es una especialidad de Boggiano. El que decide vale más. De los otros firmantes de Meller, Julio Nazareno renunció, no sin antes designar a su hija Rosa María como prosecretaria administrativa y a su futuro yerno, Cristian Pantaleón, como secretario letrado de la Corte. Guillermo López y Adolfo Vázquez imitaron a Nazareno y presentaron la renuncia, lo cual les permitió conservar algunos beneficios de por vida, que en el caso de López no duró mucho más. Eduardo Moliné O’Connor resistió con el mismo apoyo de la Iglesia y de grandes intereses económicos que ahora respaldan a Boggiano, pero fue destituido en diciembre de 2003. El miércoles próximo el Senado votará la destitución de Boggiano, el último sobreviviente de una época vergonzosa.

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