EL PAíS › UNA GUERRA DE INTRIGAS QUE DIFICILMENTE TENGA FIN

Las diferencias de Pignanelli y Lavagna

 Por Cledis Candelaresi

Aldo Pignanelli y Roberto Lavagna funcionaron siempre como un matrimonio mal avenido desde el mismo día de la boda. Ambos, ligados por la misma estima presidencial. Pero irremediablemente separados por su afán de manejar monopólicamente cuestiones estratégicas de la economía como el corralito, el corralón, el control de cambios y el la reorganización del sistema financiero y, encima, con criterios muy diferentes.
Esta disputa de poder dio lugar a diferencias públicas que desgastaron tanto el vínculo entre los funcionarios como complicaron la propia relación del gobierno hacia afuera, en particular con el Fondo Monetario Internacional: para la gestión de Eduardo Duhalde resultó una ímproba tarea presentar propuestas mientras sus dos alfiles confrontaban.
Pignanelli, ex director del Banco Provincia de Buenos Aires, puede ser considerado como un hombre del duhaldismo. Sin embargo, desde que reemplazó a Mario Blejer al frente del Central se fue apegando a figuras claramente emparentadas por la ortodoxia económica y Carlos Menem, empezando por su proximidad al ex titular de la autoridad monetaria, Pedro Pou.
Sus directores Alejandro Henke y Carlos Lesniewer, hombres del CEMA, son algunas pruebas de ese viraje. En un seminario éste último habló en nombre de Pignanelli para proclamar la necesidad de reducir la banca pública a un papel casi marginal. Lo hizo cuando Economía ya había enviado al Nación una carta reclamándole medidas de ajuste y subrayándole la necesidad de abrirse al capital privado. Pero Lavagna nunca habría pensado en el extremo de marginar la banca oficial “a sólo un 10 ó 20 por ciento del mercado”, como remarcó el colaborador de Pignanelli.
Paulatinamente, el presidente del Central se fue perfilando como el funcionario más emparentado con el criterio de los bancos, en particular de origen extranjero, y del Fondo Monetario Internacional.
Esta identificación quedó plasmada con claridad en la encendida defensa que Pignanelli hizo de un plan de canje compulsivo de bonos para solucionar el corralón. La primera vez fue a mediados de año, cuando recién se estaba dando forma a al primer canje de depósitos por Boden. La otra resultó mucho más reciente y disparada por la posibilidad de que la Corte Suprema de Justicia disponga la redolarización de los depósitos.
Lavagna quedó totalmente ubicado en la vereda opuesta, negándose de modo rotundo al canje forzoso de ahorros por títulos públicos por el que clamaba el presidente del BCRA. Duhalde fue laudando a favor de su ministro de Economía quien, hasta el momento, le dio más réditos políticos que el desafiante Pignanelli.
“Si falla en contra se podría entregar un título a plazo razonable”, subrayó Pignanelli en alusión a la posible despesificación de depósitos. “Eso no generaría ningún problema. Lo contrario llevaría a la hiperinflación.” Las declaraciones, formuladas días atrás, resultaron otro golpe certero al pecho del titular del Palacio de Hacienda, quien estaba buscando alternativas por caminos muy diferentes.
El ministro de Economía tardó meses en disponer lo que el jefe del Central, a tono con los reclamos fondomonetaristas, hubiese querido de inmediato: la apertura del corralito o cuentas a la vista. Pero se habría extralimitado en su promesa de liberar hasta 20 mil pesos de los reprogramados, un anuncio que Pignanelli descalificó de inmediato en una reciente entrevista. “Hasta 10 mil pesos decimos que sí. Más que eso, ahora no es el momento”, opinó.
Las diferencias dieron lugar a guerra de intrigas y operaciones políticas, unas veces, o ásperos intercambios epistolares, otras. Lavagna acusó a su ocasional enemigo de haber filtrado inconvenientemente un borrador de acuerdo con Fondo Monetario Internacional. Este le reprochó en más de una carta inmiscuirse en cuestiones que con competencia de una autoridad monetaria independiente. Sólo algunos de los capítulos de una historia que difícilmente concluya sin la renuncia de sus contrincantes.

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