EL PAíS

La CGT, medio siglo después

 Por Horacio Verbitsky

En 1967 al salir de una audiencia con Perón el joven linotipista Raimundo Ongaro, de 43 años, se cruzó en la antesala de Puerta de Hierro con el escritor Rodolfo J. Walsh, de 40, que esperaba para entrar. El ex presidente los presentó. De regreso en Buenos Aires Ongaro le explicó a Walsh su decisión de organizar a las bases obreras para enfrentar a Onganía y a la dirigencia sindical participacionista y lo invitó a colaborar en la redacción del documento con que, en el Día del Trabajo, se anunciaría la normalización de la CGT, congelada por la dictadura militar. Mientras ambos discutían el texto del documento, surgió la idea de editar un periódico, que articulara ese proyecto revolucionario. La fórmula era máxima calidad profesional, con nulos recursos. Rodolfo me preguntó si podía garantizar su aparición semanal y Ongaro me envió para diseñar la producción a un taller a la antigua, con tubos fluorescentes y ni una ventana, donde había sido linotipista y delegado. Al borde de la quiebra se había convertido en la cooperativa obrera gráfica Cogtal, que lo imprimiría a precio de costo. También nos dio un contacto con un taller de fotograbado de unos compañeros que se habían instalado por cuenta propia con una indemnización. Allí nos cruzamos con la policía, interesada en unas planchas para imprimir dólares, que por suerte no encontraron. Casi todas las dictaduras que desplazaron a gobiernos civiles, se repartieron el trabajo entre sus alas nacionalista y liberal. La CGT los exhortó a que por una vez los liberales se hicieran cargo del ministerio del Interior y de la Policía, y los nacionalistas del ministerio de Economía. Pero no se dieron por enterados: extranjerizaron la economía, disolvieron el Congreso y la Corte Suprema de Justicia, intervinieron sindicatos y facultades, suprimieron la actividad política, el derecho de huelga y la libertad de expresión, controlaron el largo de las faldas de las mujeres y del pelo de los hombres en las calles y el estado civil de unos y otros entre las sábanas de los hoteles por horas. Ongaro sintetizó la tarea en una consigna bellísima que repetíamos a rabiar: “Unirse desde abajo, organizarse combatiendo”. En esa CGT de los Argentinos confluyeron experiencias históricas, clases sociales, ideologías y tradiciones culturales distintas, por primera vez desde el golpe de 1955. En el mismo edificio donde esta semana fue velado Ongaro, quien murió a los 92 años, pudieron coexistir sin subordinaciones jerárquicas católicos y marxistas, obreros y estudiantes, peronistas y radicales. Discutían hasta caerse de cansancio pero se respetaban porque tenían una tarea compartida. Ese pluralismo no sectario fue el secreto de la huella persistente que aquella gesta dejó en la sociedad argentina y que no se ha borrado hasta hoy. A la muerte de Ongaro asumió la posta quien fue su último secretario adjunto en el sindicato que conservó el nombre histórico de Federación Gráfica Bonaerense, Héctor Amichetti, quien además integra la conducción de la Corriente Político Sindical Federal, junto con el curtidor Walter Correa, el aceitero Pablo Reguera, el metalúrgico Abel Furlan, el químico y petroquímico Daniel Santillán y el abogado laboralista Alvaro Ruiz. Constituida en Córdoba por 48 organizaciones gremiales enroladas en distintas centrales nacionales, la Corriente se inspira en tres pronunciamientos históricos del movimiento obrero: el de La Falda de 1957, Huerta Grande en 1962 y los 26 puntos de la CGT conducida por Saúl Ubaldini en 1986. En ellos reconocieron los antecedentes de los once puntos que la Corriente suscribió en febrero de 2015 en Córdoba y exaltaron buena parte de las políticas cuya destrucción emprendería el actual gobierno: el desendeudamiento, la integración americana, el control estatal de las exportaciones e importaciones, una política industrial que asegure el pleno empleo; una profunda reforma impositiva y del régimen de entidades financieras; una mayor articulación y concentración del accionar del Movimiento Obrero; la recuperación de Aerolíneas Argentinas, YPF y los fondos de jubilación y pensión y la ampliación de los beneficiarios del sistema; la negociación de Convenios Colectivos de Trabajo y la plena democratización del Poder Judicial. También se proponen la defensa del modelo sindical para el fortalecimiento de un Movimiento Obrero organizado, participativo y democrático y su sistema solidario de Obras Sociales, impedir la introducción de dispositivos flexibilizadores y precarizadores, tercerizaciones o reformas laborales que conspiren contra la estabilidad en el empleo. En acuerdo con el Núcleo del MTA y con la Asociación Bancaria, la Corriente impugnó la designación de un triunvirato que el 22 de este mes sería consagrado como nueva conducción de la CGT (Juan Carlos Schmid, Héctor Daer y Carlos Acuña). Diez días antes, el próximo viernes 12, la Corriente, el Núcleo del MTA y la Bancaria acordarán durante un plenario en Ferro una propuesta programática para la CGT, sobre la base de los once puntos de Córdoba, y propondrán para integrar la conducción al bancario Sergio Palazzo, el único secretario general que movilizó a su gremio para forzar al gobierno a retomar a todos los despedidos en el Banco Central, y al propio Amichetti, de un lejano parecido físico con el Ongaro joven de 1947. A diferencia de lo que ocurría hace medio siglo, la Corriente no apunta a la ruptura sino a la unidad, pero con un contenido más sustancioso para los trabajadores que el pacto de gobernabilidad por recursos que la CGT negoció con Macrì. Es lo que planteó Palazzo en el plenario de secretarios generales del viernes, donde se aprobó el documento crítico “De mal en peor” pero volvió a diferirse la adopción de medidas de fuerza.

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