EL PAíS › KIRCHNER Y LAVAGNA FRENTE A LOS CONFLICTOS QUE LES ESPERAN

La agenda de los temas en debate

 Por Maximiliano Montenegro

“A Lavagna, en el Gobierno, incluso algunos dentro del equipo económico, lo ven como antiguo, con un pensamiento que se quedó en el tiempo. Descree de los proyectos de mediano plazo. Y no tiene propuestas sobre problemas pesados que hay por delante: mejorar la distribución del ingreso; encarar una profunda reforma impositiva; liderar una renegociación amplia con las privatizadas; definir qué hacer con los subsidios en sectores clave como transporte y gas; trazar un plan de inversiones estatales en petróleo, caminos y transporte en reemplazo del sector privado, que por muchos años no van a invertir en esos sectores.”
El economista que se confiesa con Página/12, funcionario en diversas etapas en los últimos años, suele participar de las reuniones de reflexión con colegas convocados por el ministro y, pese a lo que pueda imaginarse, no forma parte de las operaciones que contra Lavagna acostumbran urdirse desde la Jefatura de Gabinete. Al contrario, lo aprecia y reconoce sus méritos: “Salió de una situación complicada, fue exitoso, pero ahora se quedó sin proyecto”, insiste.
La agenda económica poselectoral, que ayer puntearon juntos Kirchner y Lavagna, debería estar marcada por esas cuestiones de fondo, sobre todo con el objetivo prioritario mejorar el reparto de la torta y dar vuelta indicadores sociales que, salvando el pico de la crisis en 2002, continúan siendo de los peores de la historia argentina: 38,5 por ciento de pobreza, 16 por ciento de desocupación, 47 por ciento de trabajadores en negro, caída récord del poder de compra de empleados públicos, jubilados, y trabajadores informales.
Sin embargo, en el corto plazo la agenda económica está colmada por otras urgencias: mantener bajo control la inflación; descongelar las tarifas de los servicios públicos; retomar la negociación con el FMI; garantizar un piso de crecimiento con dólar alto. En cada uno de estos temas hay diferencias de criterio entre el ministro de Economía y Kirchner. Por ejemplo, el Presidente quisiera avanzar muy gradualmente con los aumentos acordados de tarifas con las privatizadas, algo que Lavagna desea apurar. En igual sentido, Kirchner no muestra demasiado interés en acelerar los contactos con el Fondo, y mucho menos en ofrecer una nueva oportunidad a los acreedores que rechazaron el canje de deuda, una condición sine qua non por la que presiona el G-7 desde el FMI.
Lavagna fue ratificado en su cargo, pero con un Kirchner fortalecido y menos dependiente de su ministro estrella no es difícil aventurar cómo se saldarán esas discusiones. Sin embargo, el Presidente rescata el diagnóstico de Lavagna sobre las causas de la inflación y, en especial, el remedio que prescribe.
El tema divide aguas entre los economistas. Los más ortodoxos, consultores de la city y burócratas del FMI, desenfundan la receta tradicional: subir las tasas de interés, congelar el gasto público (salarios y jubilaciones), y en “enfriar” la economía. Así, predican, los precios se mantendrían en caja porque la gente tendría menos dinero en el bolsillo con qué comprar. Además, aconsejan que el Banco Central desista de emitir pesos para comprar dólares y dejar caer, como en Brasil, el tipo de cambio.
Alfonso Prat Gay, el ex presidente del Banco Central, elogiado en los últimos días por Kirchner, defiende esta receta. El joven economista reabrió junto a su socio, Pedro Lacoste (ex vice del Central), una consultora para asesorar, en forma personalizada, a inversores financieros “premium”. En un informe reciente advierte que, a esta altura, para controlar la inflación será necesario subir tanto las tasas de interés que el año próximo podría haber “crecimiento nulo”. Prat Gay, de pésima relación con Lavagna, es el economista mimado del Jefe de Gabinete, Alberto Fernández. Más aun, Fernández le habría ofrecido el lunes pasado el cargo de vicecanciller económico en caso de que él mismo ocupara el puesto de canciller. El gesto fue tomado como una nueva provocación en el quinto piso del Palacio de Hacienda.
Lavagna es de los que creen que, con una economía creciendo a más del 8 por ciento, un poco más de inflación es inevitable. Y se resiste, con sentido común, a frenar una economía con niveles exóticos de desocupación y pobreza. Sugiere insistir con los acuerdos sectoriales de precios, con la amenaza de subir las retenciones a los agroexportadores y aplicar sanciones a las empresas oligopólicas. Algo así como un poco más de lo mismo y ver qué pasa. Cualquier idea que sea consistente con ese esquema es bienvenida: ahora el ministro cree que es el momento oportuno para ensayar el “Pacto Social” lanzado por la UIA para reordenar la negociación salarial.

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