ESPECTáCULOS › FUNCION PRIVADA DE “UN AÑO
SIN AMOR” CON EL AUTOR PABLO PEREZ

“El argentino es un reprimido sexual”

El guionista de la película argentina que cerró la competencia marplatense afirma que “el ser nacional es básicamente hipócrita”.

 Por Julián Gorodischer

Pablo Pérez, autor de la novela Un año sin amor, que dio nombre a la película de Anahí Berneri, acude al convite: una función comentada junto a Página/12. El film regresó del Festival de Berlín con el premio Teddy por su aporte a la diversidad sexual y fue incluido en la competencia oficial del Festival de Mar del Plata con una historia de búsqueda sexual en cines porno, boliches y fiestas sadomasoquistas. Un año sin amor es el diario de un año en la vida de Pablo Pérez (autor y personaje), enfermo de sida, habitué de cines porno, heredero de los aires erotómanos de El mendigo chupapijas (su folletín por entregas), solitario y seguidor de todos los rituales S/M. “Yo podría –dice el novelista– haberme cambiado el nombre en la película... Pero digo Yo soy... para asumir un rol y una visibilidad, tomo una decisión política jugada... ¡Y me la banco!”
Al verse interpretado por el actor Juan Minujín, y al sentirse nombrado de tan variadas formas (enfermo de sida, sadomaso, gay, solitario, mal hijo), Pablo Pérez entra en estado de shock: le transpiran las manos. Inmediatamente después se lanza a un juego mental para recuperar cierta objetividad: ¿Esto me gustaría si fuera una película francesa?, se pregunta, en un intento vano por tomar distancia. Conclusión: le recuerda a Noches salvajes, de Cyrill Collard y, sí, ¡le gusta! “¿En qué estamos atrasados? –dice–. En no poder decir soy gay/ soy enfermo de sida. En Francia surgió hasta un grupo gay que reivindica las relaciones sexuales sin preservativo: está pasando porque la gente toma el cóctel de tres drogas, tiene una carga viral indetectable y cree que no se puede reinfectar.” Por primera vez, la historia filmada por Berneri inspecciona como un antropólogo ámbitos poco explorados por el cine: Pablo está solo, tose, alterna la visita médica con los paseos callejeros, el sexo casual, la publicación de un aviso buscando chicos en una revista, y la cámara lo sigue a distancia, homologando hospital y cine porno en un juego nada ingenuo: práctica higienista y deseo sexual como dos caras opuestas y determinantes. La historia sencilla de Un año sin amor nunca moraliza, y plantea una reivindicación. “En el sexo leather no hay riesgo –dice Pérez–: hay juegos que tienen mucho erotismo y en los que la penetración no es lo más importante.”
Pérez le pidió a la directora que la fiesta S/M, que no omite detalles de la cosa sexual, fuera real, que respetara los códigos de la vestimenta y tuviera un buen catering. Esos minutos muestran el plano detalle de los encuentros entre amos y esclavos, el fist fucking (penetración con el puño), azotes entre arrodillados y verdugos... “Los participantes no iban a venir por el pago de un bolo –sigue Pérez–, ni para hacer un laburo de extra. Tenía que parecer más una fiesta que un rodaje. Y se hizo una fiesta leather de las mejores en las que yo estuve: gente, acción y morbo... ¿Cómo se logró? Estábamos borrachos todos. Fue muy audaz de parte de Anahí poner un fist fucking, y sin pasar a hacer una porno. A mí me da ganas de verla en video y pararla para ver cuadro por cuadro.”
–¿Lo hubiera hecho de otro modo?
–Anahí decidió hacer una película muy formalista respecto de los encuadres, perfectamente cuidada, porque necesitaba tomar una distancia. Yo hubiera hecho una cosa más realista, más sucia, más trash...
–Es la primera vez que el cine argentino visita los cines porno...
–Sí, y es bueno que se vea un espacio en el que se vive una cosa festiva con la sexualidad; uno se permite sacar su lado dionisíaco. Es importante no quedarse con una frustración de algo que se tenía muchas ganas de hacer, y estoy pensando también en el fetichismo del pie, las mujeres con taco aguja, la lencería erótica que forman parte de lo mismo: hay que desmitificar eso de que la perversión está ligada a algo malo. Cualquiera puede ir a la casa de alguien y tener sexo, pero lo distinto es abrir el juego a una libertad sexual en espacios públicos, compartidos.
Para Pérez, “el ser nacional es básicamente hipócrita. Hay una tendencia a no hablar de la propia sexualidad, como con vergüenza, como si el sexo fuera algo sucio, prohibido, en una sociedad de base cristiana, monoteísta, monogámica”. Pérez vio, a los 15, la película Preparen los pañuelos, con Gerard Dépardieu, y empezó a soñar con licencias para el ménage à trois. Se hizo profesor de francés, escribió su diario y el guión de la película y se ilusionó con bares y discos con ventanas a la calle y una salida del anonimato. En Un año sin amor, que se estrena el próximo 24 de marzo, se respira esa atmósfera, pero al servicio de una búsqueda que justifique al erotómano: Pablo quiere enamorarse. “Hay que salirse del marketing del sida –dice–. ¡A eso llegamos tarde! Lo que importa es demostrar que los enfermos de HIV no reprimimos nuestra vida sexual, no estamos encerrados en nuestras casas. ¡Hay una falta de información! La gente no se anima a hablar de sexo.” En la pantalla se suceden los sótanos, los subsuelos, los departamentos privados, y Pablo Pérez sigue reclamando vivir de día. “En París, bares y discos dan a la calle y podés ir de tarde. Y nadie te va a gritar puto. Hay una cultura ancestral del sexo, desde el Marqués de Sade y Apollinaire hasta acá. El sexo está más integrado a la vida cotidiana.”
Como en la vida real, el tránsito sexual de Pablo Pérez (personaje) culmina en la edición de un libro-diario, que sirve para plantear una crítica a los mecanismos de la industria editorial. En la tapa, una enorme franja amarilla subraya: HIV positivo. Frente a esa benettización de la enfermedad (el punch publicitario que reclama sensacionalismo), el autor reivindica el discurso de Un año sin amor, la película, el tránsito sin estridencias, la excursión a las afueras que nunca moraliza, las vidas de solitarios que, por esta vez, se iluminan. En uno de los remansos del film, Pablo cree haber encontrado el amor en un tal Martín, pero el ritual S/M irrumpe y casi burocratiza: será un encuentro de una noche y no habrá otra vez. ¿Demasiadas reglas arruinan el contacto? Pero Pablo Pérez, espectador, cree todo lo contrario: podría resumir a Un año sin amor como un permiso para llevar a cabo fantasías. “Hasta el actor Juan Minujín (el protagonista) –dice– se asombraba de que los leathers nos animáramos a tanto. Concretar ese deseo sexual es la única manera de no vivir con la frustración encima.”

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Pérez dice que “hay que desmitificar eso de que la perversión está ligada a algo malo”.
 
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