PSICOLOGíA › EL SEXO, EL DESEO Y LO INCONSCIENTE

“Se desea como hombre y se ama como mujer”

“Quien desea como un hombre se sitúa en el lado masculino de la sexuación (independientemente de su sexo anatómico), del mismo modo quien ama como una mujer se coloca del lado femenino de la sexuación y accede por esa vía al deseo”, explica el autor.

 Por Norberto Ferreyra *

Luego de casi 110 años de la publicación de La interpretación de los sueños, de Sigmund Freud, se pueden enumerar varias cuestiones acerca del sexo. Prefiero destacar fundamentalmente tres cuestiones de la teoría y de la práctica del psicoanálisis que están anudadas desde el mismo descubrimiento freudiano: el deseo, lo sexual y lo inconsciente.

Es necesario recordar este “nudo” existente a partir del descubrimiento del inconsciente para poder entender cómo, a veces, descubrimientos tan importantes para la existencia de la especie como es el freudiano sufren con el tiempo no sólo críticas y correcciones –lo cual es siempre más que deseable–, sino a veces se pretende asociar el psicoanálisis con términos de otros discursos, lo cual afecta su estructura teórica y discursiva, de un modo tal que ya no se trataría del psicoanálisis.

Eso es lo que sucede hoy con un movimiento en Estados Unidos, aunque no sólo allí, que tiende a sustituir el sexo por el género.

Aclaro que me refiero exclusivamente a este hecho cuando ocurre en relación con el psicoanálisis, con su teoría, con su práctica y con el lazo social que su discurso determina.

No me refiero a otras prácticas discursivas que no sean el psicoanálisis: esas otras prácticas tienen todo el derecho, según sus intereses bio-políticos y/o sociales, en realizar esa sustitución de sexo por género, pues esa sustitución no afecta la estructura misma del discurso que se trate, en tanto no sea el psicoanálisis.

Trataré de mostrar el porqué de mi afirmación: en psicoanálisis pretender sustituir la diferencia sexual por una diferencia de género es, casi podríamos decir, prefreudiano. Esta es una importante resistencia al psicoanálisis en tanto lo inconsciente, el sexo y el deseo son distorsionados en la relación lógica discursiva que mantienen.

Esto muchas veces es hecho en nombre de razones importantes para la convivencia como, por ejemplo, la no discriminación, la no segregación, pero se obtiene, a mi entender, el efecto contrario: un nuevo modo de segregación y de discriminación. Ya que hay cosas que ya no se pueden decir y no se trata, para mí, de que se pueda decir todo, en absoluto.

En primer lugar me referiré a cómo se construye el “nudo” entre el deseo, el sexo y el inconsciente.

Nuestra especie humana en tanto hablante (es el rasgo diferencial con todas las otras especies vivientes) habita este mundo en relación con tres órdenes de existencia: un orden simbólico, un orden del deseo y un orden sexual. Es la única especie en la cual estos tres órdenes coexisten en todo momento de la evolución de cualquier individuo de esa especie, es decir de cualquiera de nosotros.

El orden simbólico, a través de la acción del significante, subvierte lo que sería un “orden natural”, y ello establece un orden del deseo que no deja de sostener y estar sostenido en y por un orden sexual.

El deseo y el sexo no son naturales para la especie humana.

Es decir, nada de lo que concierne al sexo es independiente del deseo en tanto inconsciente. Inconsciente no es aquí una propiedad y/o atributo del deseo, sino una función del inconsciente que está en la base de la posibilidad de hablar para cada uno de nosotros.

“Lo inconsciente está en lo que decimos”, dirá Jacques Lacan.

La función del campo de la palabra y el lenguaje no son ajenos a la estructura de lo inconsciente. Pero el significante, que existe en el orden simbólico, hace que esta relación al deseo que cada uno tiene se sexualice y se haga inconsciente. El deseo, entonces, se orienta hacia el sexo.

El falo, en un sentido imaginario y contingente –con la diferencia que a cada sexo corresponde como hombre y como mujer–, es un apoyo para el goce en tanto sexual que también llamamos fálico. Pero este goce fálico tiene que ver con el goce de hablar, y a partir de ahí se hace sexual. Sin embargo, esta lógica fálica no es la única referencia para que tanto un hombre como una mujer tomen cada uno una posición sexual en su existencia.

Es Lacan, con Freud, quien más va a desarrollar los avatares de la lógica fálica: la necesidad lógica, y en este sentido real, de ir más allá del falo.

Recordemos ahora una frase de un discurso que Jacques Lacan pronunció por emisora FranceCulture el 2 de diciembre de 1966: “Las cosas aparecen con un aspecto distinto de lo que yo hago, donde se dice que se trata de develar la estructura del deseo y eso en la medida en que justamente lo sexualiza la impotencia del lenguaje para dar razón del sexo”.

Esto es que no es sin relación al lenguaje, o más apropiadamente a la lengua –término lacaniano para referirse al medio donde tiene su existencia y acción el significante–, como el deseo se sexualiza.

Es quizás en este punto donde quienes pretenden asociar psicoanálisis y género han retrocedido ante el “horror” de esta impotencia y la han “salvado” apelando al género, una cuestión gramatical, como diferencia.

La desaparición de los términos “sexo”, “sexualidad”, etcétera, sólo puede contribuir a la indiscriminación, como otra forma de discriminación.

Del escrito de Lacan “La significación del falo” se deduce que se desea como hombre y se ama como mujer; es algo que permite dar cuenta de una diferencia sexual: quien desea como un hombre se sitúa en el lado masculino de la sexuación (independientemente de su sexo anatómico), del mismo modo quien ama como una mujer se coloca del lado femenino de la sexuación y accede por esa vía al deseo.

El “como” alude a la función de la mascarada, es decir, no hay una esencia de lo masculino o de lo femenino. El “ser” del hombre, como el de la mujer, es precisamente eso de lo que el lenguaje no puede dar razón.

En la existencia de cada uno de nosotros como individuos de nuestra especie, en tanto por hablar tenemos una condición de sujetos, están las diferentes modalidades sexuales que la diferencia sexual hace efectiva entre nosotros por la relación del sexo al deseo. Es por eso que hay distintos nombres que determinan distintas prácticas sexuales como efecto de esa relación: homosexuales, heterosexuales, gays, lesbianas, transexuales.

También las diferentes presentaciones clínicas que se pueden encontrar en la experiencia del análisis están dominadas por esta relación del deseo y el sexo que es exclusivamente humana. En este punto nombramos la neurosis, la perversión y la psicosis, y más particularmente la inhibición, el síntoma y la angustia, ya que son modos como, en tanto sujeto, se responde, se construye la singularidad de la posición sexual de cada uno, sea como hombre, sea como mujer.

Esta posición sexual surge de cómo cada uno enfrenta su relación al deseo.

La castración es la operación lógica necesaria a través de la cual cada sujeto encuentra su posición sexual, su singularidad en cuanto a su deseo.

Es de subrayar que, en psicoanálisis, lo deseable y esperable es que se tenga como referencia fundamental la experiencia del análisis. Experiencia en la cual participan de una simetría no jerárquica analizante y analista, necesaria y discursiva en el acontecer de un determinado análisis. Esto no quiere decir que no exista un saber del analista, que, estando en relación al nosaber función del inconsciente, opera en la dirección de la cura.

La existencia de cada práctica depende de la existencia de un determinado goce.

Se ve entonces que estoy intentando cernir el goce del cual se ocupa el psicoanálisis a través del “nudo” que forman: el deseo, el sexo y lo inconsciente.

Siempre se va a tratar de cómo hacer con el síntoma, con el malestar que cada uno tiene en la vida, para hacerlo más soportable, vivir un poco mejor. Estar “en y con” el trabajo del inconsciente en el análisis, en su experiencia, es una manera de enfrentar ese malestar que todos tenemos y que, sin embargo, es singular para cada uno. Esto quiere decir que la posición ante ese malestar no es compartible, aunque el malestar sea común para todos. Entonces, resulta que no sólo el deseo es singular, sino que la impasse –sin salida– en el que a menudo nos coloca, también lo es.

En tanto seres hablantes, con cuerpos diferentes (hombre o mujer) necesarios para la reproducción de la especie, no llegamos a hacerlo sino por un malentendido del goce. Este malentendido (al estilo de “voy por una cosa y traigo otra”) tiene su base en el goce fálico. El cual crea una dimensión en estrecha relación con el goce que hay al hablar. Es la falla del goce efectivo al hablar, al producir un decir (Lacan lo señala en el Seminario XX, “Aún”) lo que hace que cojamos (se tengan relaciones sexuales).

Como se ve, es en esta consideración, en la hiancia que ella crea, en ese “necesario” fracaso, como surge en cada uno de nosotros el deseo y se sexualiza. Quedando para siempre separados el goce y el placer de la reproducción, contrariamente a lo que casi toda religión manda.

Entonces, esta dimensión del deseo está fallida; se puede decir, con Freud, que no es que no haya un goce, sino que el obtenido nunca es el esperado, ni al hablar ni al coger.

Este goce fálico, que es el goce que existe –Seminario XX–, siempre está acompañado en su realización por la suposición de la existencia de otro goce que llamamos femenino. Es esto lo que da un grado de libertad a la relación entre el deseo, el sexo y lo inconsciente.

Todos los individuos de la especie, mujer u hombre, estamos en relación con este orden sexual que, insisto, es un orden del deseo.

La no existencia de la relación sexual, cuestión lógica señalada por Lacan y más que comprobada en los textos de Freud, quiere decir que entre los dos sexos que existen no hay proporción sexual, que no es posible escribir una equivalencia lógica entre el goce que en cada una de las posiciones, ya sea como hombre o como mujer, cada uno obtiene por la relación de su posición ante el deseo, y de ahí su determinación referente a la posición sexual.

Es por eso que, al pretender sustituir sexo por género en psicoanálisis, se lleva a cabo una acción totalmente distorsionante de la estructura teórico discursiva del mismo.

¿Qué hacer, si se hace esa sustitución de género por sexo, con la sexualidad infantil?

Hay que recordar el abucheo y el intento de humillación que sufrió Sigmund Freud cuando dio a conocer sus teorías acerca de la sexualidad infantil en la Sociedad Médica de Viena.

¿Cómo se entendería, al usar la palabra género por sexo, la satisfacción del síntoma en el sentido analítico del término? Ya que está comprobado que la satisfacción también es sexual en el síntoma.

Siendo que lo sexual se distingue por su relación al deseo en nuestra especie, ¿qué haríamos? ¿Dejaríamos el sexo para los animales no hablantes?

El uso de la categoría de género en psicoanálisis es un eufemismo y entraña consecuencias. Como Freud lo ha escrito y lo hemos comprobado (por eso es que vale) se comienza siempre por ceder en las palabras.

Respecto de este punto, comento una anécdota que me sucedió con unos chicos nacidos en Nueva York y alumnos de una de las escuelas más importante de esa ciudad: “Sabés, lo que pasa es que preferimos decir género antes que sexo. Si decís sexo se asocia más directamente con coger (tener relaciones sexuales). Y, sobre todo, sabés, suena mal”.

Este “suena mal” es el que resuena en el psicoanálisis. He ahí la cuestión sintomática en la presentación en un sonido del significante sancionado moralmente como malo.

En psicoanálisis, la segregación, la discriminación hacen al síntoma y forman parte de él.

Es por eso que la política del síntoma en psicoanálisis da la posibilidad del desciframiento, en cada momento histórico, de cómo se construye el síntoma para poder cernirlo, encerrarlo, acotarlo en el goce que como tal conlleva.

Para concluir, considero que el deseo en su sentido es sexual, y que es en y con el amor el lugar desde donde puede tomar su significación.

* Psicoanalista. Fundador, junto con Oscar Masotta y otros, de la Escuela Freudiana de la Argentina, institución integrante de Convergencia Movimiento Lacaniano para el Psicoanálisis Freudiano. Cofundador y presidente de la Fundación del Campo Lacaniano.

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Imagen: Jan Saudek
 
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