PSICOLOGíA › MECANISMOS Y ALCANCES DE LAS SECTAS CONTEMPORANEAS

Ese otro terror

Un análisis de las sectas, “cuyo espectro merodea en el futuro de las sociedades democráticas” y que, “a fuerza de borrar la separación entre sí y el otro, lleva hasta sus últimas e insoportables consecuencias el sacrificio del cuerpo, la anulación de la conciencia, la destrucción de la identidad”.

Por Elisabeth Roudinesco *

En sus orígenes, el término “secta” designa a un grupo que se separa de una escuela de pensamiento, de una Iglesia, de una religión o de una institución política, para volver a unificarse bajo la égida de un jefe herético. En este sentido, las grandes sectas de inspiración gnóstica, platónica u orientalista, que preconizaban la insurrección espiritual, la búsqueda de la inmortalidad o de un conocimiento místico, tenían como referente mayor una verdadera filosofía de la libertad. Y es a través de esta temática como se inscribió, en el seno de la historia de la racionalidad humana, la larga aventura, oscura y reprimida, de un deseo del hombre de no satisfacerse con ser simplemente hombre.
El fenómeno de las sectas es una verdadera estructura transhistórica que vuelve a encontrarse, en diversos grados, en todos los grupos humanos con fines mesiánicos o terapéuticos –en el chamanismo y el trance, por ejemplo–, pero también en todas las escuelas de psiquiatría dinámica y de psicoterapia. Surgidas de la crítica y el cuestionamiento de un saber dominante al que se considera incapaz de aportar la capacidad deseada de curar, éstas revalorizan sistemáticamente, a través del lugar que otorgan al jefe iniciador y “curador”, la doble figura paradigmática de la servidumbre y la libertad.
Pero cuando más profunda es la ruptura del grupo disidente con el sistema interpretativo original que garantizaba su antigua coherencia, más se acerca al peligro de naufragar en la deriva sectaria. Es así como la doctrina, si se reduce a una técnica coercitiva, puede redundar en su simple inversión. En vez de buscar la verdad de Dios –o del saber objetivo– a través de la enseñanza de un maestro, los miembros de la nueva comunidad ven en el maestro la fuente de toda verdad. Este es entonces erigido en gurú idolatrado por adeptos que dejan de ser sus discípulos. En este último caso, la servidumbre para con Dios o un jefe ya no es un modo de acceso a la libertad, sino la expresión de una esclavitud que lleva al sujeto a adular el cuerpo sexual del gurú. En consecuencia, el crimen se transforma en ley, el incesto se convierte en el fundamento de toda filiación, la enfermedad, en la purificación del alma y el terror, en el horizonte mismo de la comunidad. Entregada primero a la búsqueda de una inversión perversa de la ley, la secta no puede luego evadirse de la decepción a la cual la condena lo real y organiza el suicidio colectivo de sus miembros.
Síntoma de una anulación de las fronteras entre lo interior y lo exterior, entre lo normal y lo patológico, el fenómeno moderno de la organización en sectas no tiene ya nada que ver con el mesianismo rebelde de los antiguos tiempos. Habiendo abjurado de la idea misma de una posible libertad humana, el fenómeno que nos ocupa es a la religión lo que las medicinas paralelas son a la medicina científica, y al Estado de derecho lo que el fascismo es a la democracia.
Como la secta es al mismo tiempo la que proporciona una droga (pharmakos) y la droga misma (pharmakon), por eso precisamente pretende curar a sus adeptos de todas las toxinas inventadas por las sociedades democráticas, la medicina y la psiquiatría: pesticidas, psicotrópicos, grasas animales, medicamentos, cocaína, colorantes, detergentes, etcétera.
Pero, como fenómeno planetario, la secta de hoy es también un equivalente de ese otro terrorismo, mucho más criminal, que caracteriza al Estado delincuencial en su relación con el Estado nación o el Estado de derecho: “La fuente más irreductible del terror absoluto –escribe Derrida–, la que se encuentra por definición más inerme ante la peor amenaza, sería la que proviene del ‘adentro’, de esa zona donde el peor ‘afuera’ habita ‘en mi’” (Jacques Derrida y Jürgen Habermas, Le “concept” du “11 septembre”). En este aspecto, la gran secta de los evangelistas, surgida de las iglesias protestantes tradicionales, cuya misión consiste en organizar el “Armageddon” (la batalla final entre el bien y el mal), despertando a los cristianos de su letargo, es ciertamente una de las más potentes del planeta, ya que cuenta con quinientos millones de adeptos repartidos por el mundo, concentrados sobre todo en los Estados Unidos y América latina. (Georges W. Bush, presidente de los Estados Unidos, adherente al combate contra el “eje del mal”, es miembro de uno de los componentes del movimiento evangelista.)
En Brasil, los evangelistas se han apoderado del saber psicoanalítico, cuestionando y soslayando las sociedades freudianas de todas las tendencias. Habiendo creado una sociedad de psicoanálisis llamada “ortodoxa”, se lanzaron a la “formación” de mil quinientos profesionales aptos, según ellos, para distinguir entre una esquizofrenia y una posesión demoníaca en función de la reacción del paciente a la frase: “La sangre de Jesús tiene poder”. Después de ello, elaboraron en 2000 un proyecto de ley para reclamar al Estado una reglamentación de la profesión psicoanalítica. Esta situación es única en los anales del movimiento psicoanalítico.
Como la diseminación de las armas nucleares y bacteriológicas, como la dispersión clandestina de los organismos vivos –embriones, injertos, esperma, ovocitos–, como la circulación oculta de las drogas, de la moneda o de los mártires, el espectro de la mecánica sectaria merodea en el futuro de las sociedades democráticas. Por el horror que suscita, por el desafío que lanza a la tradición de las Luces y por el programa de eugenismo que propone, la organización contemporánea de las sectas parece querer abolir el principio mismo de una transmisión genealógica. A fuerza de recusar la ley para borrar la separación entre sí y el otro, lleva hasta sus últimas e insoportables consecuencias el sacrificio del cuerpo, la anulación de la conciencia, la destrucción de la identidad y las prácticas sexuales transgresivas o perversas. Es así como descansa siempre en la promesa de una muerte de la civilización y en la creencia delirante en una nueva edad posible (New Age) del universo.
Aunque sea posible hacer la lista de las grandes sectas organizadas a escala planetaria para combatirlas legalmente, resulta en cambio mucho más difícil enumerar los múltiples grupos con tendencia a convertirse en sectas, que gozan de una perfecta inserción en las redes asociativas de las sociedades occidentales. Estos grupos recurren a todo tipo de “medicinas” del alma y del cuerpo entre las cuales se encuentran tanto las medicinas paralelas y las psicoterapias clásicas como las terapias mágicas o místicas o las curas psicoanalíticas incontroladas.
Deseadas actualmente con vehemencia, esas “medicinas”, pasadas por el filtro de la New Age, son también valorizadas por algunos programas de televisión que ponen en escena en forma directa el sufrimiento psíquico contemporáneo. Ciertas revistas especializadas las recomiendan asimismo a sus lectores después de haberlas “puesto a prueba” comparándolas con otras medicinas consideradas más “científicas”, como la psiquiatría o el psicoanálisis.
Cuanto más se desea y valora ese tipo de medicinas, más se ven condenadas a ser objeto de evaluaciones, medidas precautorias, pesquisas e incluso a ser rechazadas por parte de los mismos que las utilizan y las difunden, y que temen siempre ver surgir a través de ellas la sombría figura del charlatán. Porque, en las sociedades democráticas modernas, los sujetos, librados a sí mismos, están profundamente animados de una demanda contradictoria: quieren poder elegir libremente al que los cure (principio de libertad) sin dejar de exigir al Estado que los proteja de los charlatanes (principio de seguridad).

* Fragmento de El paciente, el terapeuta y el Estado, que distribuye en estos días Siglo XXI.

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