PSICOLOGíA › A PROPOSITO DE LO QUE LEE UN PSICOANALISTA

Sueño en las manos

El sueño perdido del poeta; la desesperación ante lo real; la enseñanza de la histérica; el sujeto de la ciencia y el sujeto que, a partir de Montaigne, busca la verdad en un encuentro con el otro: estos y otros temas en un camino que alude al padre de la ley y al otro padre terrible, el gozador.

 Por ISIDORO VEGH *

Comienzo por citar un texto de un gran poeta argentino, Roberto Juarroz: “Me desperté con un pedazo de sueño entre las manos/ y no supe qué hacer con él./ Busqué entonces un pedazo de vigilia,/ para vestir el pedazo de sueño,/ pero éste ya no estaba./ Tengo ahora un pedazo de vigilia entre las manos/ y no sé qué hacer con él./ A menos que encuentre otras manos/ que puedan entrar con él al sueño”. Poesía vertical. Antología mayor, ed. Carlos Lohlé, 1978).

El poeta pide que le presten manos. Si recordamos esos noticieros donde a la voz del relato se suma, en un costado, alguien que hace señas con las manos, podamos advertir que hablar comporta también una escritura. Nosotros creemos que sólo hablamos, no nos damos cuenta de que, al mismo tiempo, escribimos. El poeta nos pide manos que lo liberen de la vigilia y le permitan entrar en la verdad de su sueño, la que se escribe como un rebus, esos acertijos que, combinando letras, dibujos o números, representan palabras o una frase.

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Es común que venga un paciente y nos diga: “Usted, doctor, qué puede hacer conmigo, mi madre murió cuando yo nací, en el parto, mi padre no soportó la situación, se fue y me dejó con mi abuela...”. Qué podemos hacer ante eso, es lo real. Sí, es lo real, pero podemos hacer algo; no vamos a revivir a la madre ni hacer que la historia se retrotraiga a aquel instante, pero podemos propiciar que el sujeto diga de otro modo ese real. Y decirlo de otro modo es situarse de otro modo ante eso que aparecía como un destino inexorable.

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¿Qué nos enseñan la histérica o el histérico? (No sé por qué siempre se dice la histérica: hay histéricos.) La histérica va a dirigirse al otro para situarlo en el lugar de un saber amo, pero, después de tirarle el anzuelo, le dice: “Doctor, analista como usted no hay, yo les digo a mis amigas, ¿dónde va a haber alguien como usted? Pero quiero aclararle que esa pequeña parálisis que tengo en la pierna izquierda desde hace diez años, el tiempo que me analizo con usted, está un poquito peor”. Ella nos revela que ese goce, que presenta como el sufrimiento de su síntoma, sabe muy bien guardarlo lejos del saber promovido al lugar del comando.

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Lacan dijo que el sujeto del inconsciente es homólogo al sujeto cartesiano y éste al sujeto de la ciencia. El sujeto de la duda hiperbólica, del movimiento cartesiano, igual que el sujeto de la ciencia moderna, des-cree de su saber, y ese acto lo ubica en el comienzo de la investigación que la ciencia teje con dos agujas, la experimentación y la escritura matemática. Este tiempo de la duda hiperbólica, como la posición del científico ante su objeto de investigación, es homólogo al primer tiempo del encuentro de un analizante con un analista, cuya función esencial es situar al sujeto en una posición de dimisión de su saber consciente: que el sujeto advierta dónde fracasa su saber. El sujeto del inconsciente, el de la ciencia y el sujeto cartesiano de la duda hiperbólica se perfilan advertidos del fracaso de su saber inmediato, del saber de la evidencia, del saber de lo intuitivo.

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Pero luego el sujeto del psicoanálisis se aparta del sujeto de la ciencia. ¿Qué sucede? La división infinita del sujeto entre pensamiento y ser, que Lacan muestra en el aforismo “Pienso donde no soy, soy donde no pienso”, introduce un hiato en la certeza de la ciencia, al señalarle cuál es elprecio que ella comporta: la ciencia excluye al sujeto dividido entre su razón y su ser, entre lo que piensa y lo real que lo comanda, entre sus ideas y el goce que las conduce sin que de él tenga idea. Retomo así el otro aforismo, según el cual la ciencia forcluye al sujeto.

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Tal vez no es casual la contigüidad de tiempo y espacio entre Descartes y Montaigne. El cogito cartesiano inauguró el camino a la ciencia moderna; dejó atrás el oscurantismo de la Edad Media según el cual, en la medida en que todo saber se halla en el texto sagrado, cualquier curiosidad que avanzara en la investigación podía ser tomada como una prueba de falta de fe. Montaigne abre otra vía: a partir de él, el sujeto de la modernidad está advertido de su división, liberado por ello del sometimiento absoluto al Otro –llámese dogma cristiano o creencias del noble vivir–. Dice en sus Ensayos: “Celebro y acaricio la verdad cualquiera que sea la mano que la detente, y a ella me entrego alegremente y le tiendo mis armas vencidas, en cuanto la veo acercarse a lo lejos. (...) Tan a menudo se contradice y condena a sí mismo mi pensamiento, que me es lo mismo que otro lo haga”. Es un sujeto que lee cuántas veces su pensamiento se contradice y lo aparta de la verdad, y prefiere entonces que otro lo ayude a encontrar esa verdad perdida. Continúa Montaigne: “Todas las cosas producidas por nuestro propio discurrir y nuestra propia inteligencia, tanto verdaderas como falsas, están sujetas a la incertidumbre y a la discusión”. El otro es así la ocasión de un encuentro que promete la verdad, sustraída al sujeto aislado. ¿No han tenido acaso muchas veces necesidad de encontrarse con un amigo, no tanto para que los escuche, sino para escucharse a ustedes mismos hablándole a otro?

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¿Qué es la doxa para Platón? En el diálogo del Banquete entre Diotima y Sócrates. Sócrates le dice a Diotima las mismas pavadas que Agatón le había dicho antes a él: que el amor es grande, bello y bueno. Diotima le contesta que no es así. En el Banquete, Sócrates narra ese diálogo:

–¿Cómo dices, Diotima? –le repliqué yo–. ¿Entonces es feo el amor y malo?

–¿No hablarás con respeto? –me dijo–. ¿Es que crees que lo que no sea bello habrá de ser por necesidad feo?

–Exactamente.

–¿Y lo que no sea sabio, ignorante? ¿No te has dado cuenta que existe algo intermedio entre la sabiduría y la ignorancia?

–¿Qué es eso?

–El tener una recta opinión (orto-doxa) sin poder dar razón de ella.

Esta es la definición de doxa que Lacan elige; una opinión que sustenta una verdad de la cual el sujeto no puede dar sus razones; así planteada, la doxa recuerda al teorema de Godel –citado por Lacan para fundamentar la lógica de la castración–, cuando afirma que una teoría axiomática no puede en el mismo sistema dar razón de todos sus enunciados: o es completa o es consistente; si es completa va a ser inconsistente, incluirá fórmulas del tipo “dos más dos es cuatro” y “dos más dos no es cuatro”. Si quiere ser consistente, deberá aceptar que es incompleta.

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La teoría lacaniana se va desplegando con oscilaciones. En cuanto al Nombre del Padre, desde el seminario “La psicosis” el padre es quien pone amarras al deseo de la madre y permite que el hijo, en lugar de ser el falo imaginario del Otro, emerja como sujeto. Este padre trae la ley, una ley que recorta un goce y que, además, instaura un goce como prohibido. En este punto coincidimos con San Pablo: se trata de la ley que crea el pecado. Pero Lacan mantiene la idea de que hay un padre terrible; cuando, en “Las formaciones del inconsciente”, desarrolla los tres tiempos del Edipo, asigna al segundo de ellos un padre terrible, gozador, privador, que interviene según su capricho. Por cierto, el tercer tiempo comporta un padre que ya no es quien hace la ley, sino quien la pasa; por eso reenvía a Moisés, que no hace, él, la ley; trasmite aquélla que Dios le ha dado.

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Pero este padre, que por momentos aparece como el padre de la ley, en otros vira y se presenta bajo la figura del padre del goce. Lacan propone entonces pasar del Nombre del padre a los-nombres-del-padre, esto es: lo real –se trata de lo real del goce–, lo simbólico –el registro de la ley– y lo imaginario, que es lo imaginario del amor. Enlacémoslos de buen modo y eso permitirá que el goce mortífero no nos aplaste.

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Cristo, dice el Evangelio, critica a los fariseos, los rabinos a quienes estaba confiado el resguardo de la transmisión y cumplimiento de la Ley. Censura en ellos que se dediquen a hacer negocios en el Templo, en el recinto sagrado. Hacer negocios en el Templo el sábado es el goce que irrumpe en desmedro de la Ley. Pero Cristo, se nos cuenta también, se reúne con ladrones y prostitutas, aquellos que se consagran al goce y están fuera de la Ley: a los marginales les ofrece el amor real, el ágape, que no se distribuye siguiendo un criterio de justicia, sino que es el amor para todos, el amor universal. Pero ese amor tiene por objetivo acercarlos a la Ley. Así, en la parábola del hijo pródigo, el padre dice de su hijo que, mientras se perdió en el goce, estuvo muerto.

* Fragmentos de Las letras del análisis. ¿Qué lee un psicoanalista?, de próxima aparición.

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