SOCIEDAD › OPINION

La otra mano dura

 Por Andrés Osojnik

Raúl Roncayolo acababa de volver al country después de visitar a su mujer internada en la clínica y aceptó responder las preguntas de los periodistas que lo esperaban. Su discurso ante los micrófonos hizo eje en la inseguridad, en la falta de capacitación de los encargados de la protección de los vecinos y en la responsabilidad que de todo ello tienen las autoridades.

Así dicho, nada hay de extraño en boca de quien acaba de ser víctima de un asalto. Pero hubo un componente disrruptivo en su protesta. Roncayolo no se quejaba de la policía. Ni del gobierno municipal o provincial. Ni de ningún órgano oficial. Roncayolo no encontraba culpabilidad en el Estado, en tanto responsable de la seguridad pública y depositario del monopolio de la fuerza para prevenir y reprimir la delincuencia. A pesar de que el hecho en cuestión ocurrió fuera de sus límites, Roncayolo criticaba al country, al “club de campo”, como lo nombró. A sus autoridades, a la agencia de vigilancia contratada, a los custodios. “Yo estoy pagando por un servicio que no se me brinda. ¿No les parece injusto eso?”, interpelaba a los periodistas.

Roncayolo lleva años de conflictos con la comisión directiva del lugar. También es dable sospechar que, con tanto empresario habitante del Mayling, haya pujas para quedarse con algunos negocios internos, el de la vigilancia incluido. Una u otra eventualidad no le quita temeridad al discurso de Roncayolo. “Si del otro lado de la puerta (es decir, adentro) hay un custodio con una ametralladora, ¿por qué no sale a ver qué pasa (afuera)?”, insistía.

La privatización de la vida social que significó el desarrollo de los barrios cerrados en los años del menemismo cabalgó sobre la burbuja de la seguridad como concepto emblemático. Ahora, la realidad traspasó esos límites: el afuera se metió adentro con toda crudeza. Cada vez más hechos de delincuencia se suceden fronteras adentro de los countries y barrios cerrados, muchas veces protagonizados por vecinos del mismo adentro. Cada vez más jóvenes nacidos y criados adentro forman pandillas que actúan de igual manera que las de afuera. Cada vez más los socios de esos lugares muestran preocupación por esa realidad y endurecen sus normas internas.

A Roncayolo no lo desvela tanto la inseguridad, a la que da por hecho, sino quién debe hacerse cargo de su control. En su visión, es la instancia privada, a la que sostiene mes a mes con el aporte de sus expensas. Aun si del afuera se tratara, ametralladora incluida. Una riesgosa manera de evitar que la burbuja termine de pincharse.

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