EL PAíS › OPINION

La racionalidad de los populistas

 Por Mario Wainfeld

Es de buen tono entre analistas y referentes de derecha extremar el análisis psicológico de los gobernantes que no calzan con su visión del mundo. Los dirigentes “populistas” son, mirados a través de sus prismas, caprichosos, vanidosos, iracundos, intratables e imprevisores. Por algún motivo, las gentes de derechas escapan a sus pulsiones temperamentales y agregan a su perspicacia ideológica el don de la previsibilidad. El esquema contradice la experiencia de un país en el que el paladín de las reformas neoconservadoras, Carlos Menem, era un psicópata ostensible, con una estructura familiar desquiciada, fanfarrón, frívolo, desafiante hasta con las leyes de tránsito, ostentoso y mitómano. Pero así son las cosas, para algunos.

Para otros, vale la pena sugerir que las acciones de Evo Morales y Hugo Chávez pueden ser analizadas como racionales respecto de sus propios fines, más allá de su acierto o error (categorías por lo demás subjetivas y eventualmente dependientes de sucesos ajenos a su voluntad y, a veces ¡ay!, a su posibilidad de previsión).

Los presidentes de Venezuela y Bolivia hacen política nacional y regional a partir de la riqueza de recursos energéticos de sus respectivos estados. La de Venezuela no es novedad, pero creció exponencialmente a la par del precio del barril del petróleo. El potencial gasífero de Bolivia sí es reciente, se verificó en este siglo, y cambió el peso relativo del país en la región, dándole un lugarcito en el mundo.

Como líderes democráticos (y plebiscitarios) que son Chávez y Morales, su afán de mejorar la situación económica es el modo esencial para ratificar su legitimidad y su gobernabilidad, siempre precarias en este sur.

Morales anunció la nacionalización que motivó la arrebatada cumbre de hoy en Iguazú a los cien días de su gobierno y se fijó un plazo de 180 días para negociar los alcances de su decisión. Así las cosas, el trámite se llevará casi el primer año de su gestión, aquél en el que suele jugarse la suerte futura (y hasta la viabilidad) de los gobiernos. Cien días fue, además, el plazo-ultimátum que le fijó “por izquierda” Felipe Quispe para que concretara esa promesa electoral. El semestre ulterior, que termina a principios de agosto, le sirve de paraguas para la elección constituyente del 27 de julio que debería convalidar su liderazgo y fijar un régimen legal menos entreguista que el actual de la propiedad de los hidrocarburos. Nada hay de alocado en esos plazos y, si es asombroso que un presidente honre sus compromisos de campaña que fueron votados en tropel por los bolivianos, tamaña honestidad no debería traducirse como sinónimo de irracionalidad.

Aunque cundan leyendas en otro sentido, Morales no las tiene todas consigo, como no las tiene jamás un gobernante popular de un país pequeño y pobre. Sus tiempos son cortos, las tensiones internas surgieron desde que alboreó su mandato. Su poder político es el mayor que tuvo un presidente en décadas, pero no es eterno y tiende a disminuir al correr del almanaque. Su poder económico es limitado, aunque tenga la ventaja de la iniciativa. Las características del recurso que está en cuestión, el gas, también le marcan condicionalidades que no podrá evadir.

El gas, comenta cualquier especialista en la materia en las tres primeras frases que usa para explicar su tráfico, no es un commodity susceptible de ser vendido al mismo precio en cualquier latitud. Por sus características, la explotación vincula a largo plazo a las partes. Muchos gastos de instalación, mucho “costo hundido” hacen muy dura cualquier rescisión para las dos partes. “La amenaza de cerrar la válvula”, explican los avezados, “es un riesgo para dos y no para uno”. Dicho más en fácil: Evo no podría cerrarle el suministro a la ávida burguesía industrial paulista y colocar el flujo recuperado en Shanghai, París o Peoria, Illinois, al mismo precio, al día siguiente, como sí podría si produjera petróleo o soja.

Paralelamente, Petrobras o Repsol no “tienen margen” (o, para ser cautos, tienen muy poco) para darse por ofendidos si se afectan sus fenomenales ganancias e irse como una doncella herida, sin pagar el precio de perder inversiones fenomenales en infraestructura.

Entre paréntesis (la aludida diferencia entre el gas y el petróleo explican por qué Chávez elige estatutos muy diferentes entre ambos en su relación con Estados Unidos. Remesa volúmenes faraónicos de petróleo pero tiene el reaseguro de poder retirarse en cualquier momento del trato. Si obrara igual con el gas, establecería una relación que le ataría mucho más las manos. Cerremos paréntesis).

Para ser coherente y sustentable, a Evo –más allá de los modos de implementación y divulgación– no le cabía otra que la que hizo: afirmarse para negociar. El gran interpelado de la región, claro, es Brasil, que importa muchísimo gas, consumo que los industriales de San Pablo aumentan a razón del 15 por ciento anual, mucho más que el incremento del PBI. La tensión consiguiente es natural y la potencian tradicionales desconfianzas.

Petrobras ha actuado en Bolivia como solieron hacer las petroleras extranjeras en Latinoamérica, con una rapacidad intensa que le ha valido el rencor de buena parte de la población boliviana, dato que se computa en las Cancillerías de los dos países. Por añadidura, Brasil siempre es sospechada por los gobiernos nacionales bolivianos de azuzar los anhelos autonomistas de Santa Cruz de la Sierra, muy excitados en estos últimos tiempos. A decir verdad, la gestión Lula y en especial el accionar de su asesor Marco Aurelio García fueron muy constructivos con la unidad boliviana. Pero ni Brasil, ni aun la gestión Lula, son sólo los auspiciosos desempeños de Lula y García. En todo caso, hay resquemores históricos y Petrobras no funge como una embajada de un país hermano sino como una multi de la estirpe de la Shell, la Standard Oil o la IPC, por no hablar sino de algunas petroleras que fueron bête noire de añejos nacionalismos populares.

La historia incluye paradojas, para Brasil haber conservado su empresa petrolera (sensatez que Argentina se privó) le complica coyunturalmente su ansia de ser referencia política de la región. Funcionarios diplomáticos brasileños rezongan, off the record, por el mal pago que recibieron de Evo a cambio de los millones de reales que aportaron para su campaña. Una visión un tanto baladí de entender el entramado de intereses en juego que, dicho sea de paso, se emparienta con los rezongos argentinos respecto de Tabaré Vázquez y el “voto Buquebús”. Los “hermanos mayores” a veces creen que la primogenitura concede derechos muy amplios y vitalicios, olvidando que (en otros escenarios) ellos también son menores, celosos de sus derechos y requirentes de equidad.

Petrobras no resignará un tranco de pollo sin dar pelea, mientras Repsol parece orientarse a una acción más melancólica, tal vez de no costosa retirada pero sí de consunción de inversiones. Es patente que Chávez ansía que su petrolera estatal Pdvsa crezca por sí pero también a expensas de Petrobras, y que quizá piense (de modo nada alocado) que Repsol puede ser su socio táctico en ese designio. El gobierno argentino es interlocutor de ambos aliados potenciales, dato digno de mención y seguimiento.

La Argentina tiene una matriz energética diversificada, que la hace menos vulnerable a los virtuales vaivenes de la relación con Bolivia. Aunque el Gobierno calle con buena lógica negocial, le importa más acordar un flujo estable que soportar un aumento de precios considerable. Julio De Vido jamás lo dirá, pero sabe que los productores e industriales de la cuenca sojera pueden absorber casi cualquier incremento de la tarifa del gas (dentro de lo imaginable) si se les garantiza perduración en el largo plazo. Así las cosas, la política ulterior deseable es bastante más sofisticada que un alineamiento mecánico con Brasil, que tiene otras necesidades y, tal vez, otra relación futura imaginable con Venezuela, cuya petrolera le pinta como competencia y a Argentina como una socia capitalista.

Bolivia se recoloca en el mapa y todo parece crujir. Sin embargo, la crisis es de oportunidad. La cacareada unidad sudamericana es más viable si las economías nacionales son en alguna medida complementarias y no competitivas entre sí. A todos les conviene, en principio, que el gas se venda y se consuma en la región. Desde luego es peliagudo conciliar intereses, en medio de presiones corporativas y en los plazos angustiantes que impone la política. Pero es factible, al menos imaginable, una intersección virtuosa de intereses. Los de Argentina y Bolivia no son idénticos, más vale, pero sí compatibles, lo que abre una ventana de oportunidad.

La Argentina está gobernada por el peronismo que ha tenido una conducta nefasta respecto del petróleo y su renta. El peronismo entregó vilmente ese pilar del patrimonio colectivo, acción en la que tuvieron intervención importante muchísimos integrantes de la actual coalición de gobierno y varios empinados integrantes del Gobierno mismo. Con otro discurso, en otro contexto, muchos de ellos tienen una oportunidad envidiable, en muchos casos inmerecida, que es la de reparar (así sea a medias) el daño que causaron. Hará falta otra ideología que la de entonces, hoy se pregona que se la ha cambiado. Hará falta también muñeca y respeto por el derecho de los otros, incluido el de un país hermano que, para orgullo de todos, se ha puesto de pie.

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