SOCIEDAD › EL MATRIMONIO QUE BUSCA A SU HIJA DADA EN ADOPCION CONTRA SU VOLUNTAD

El vacío

Claudia Lucena y Antonio Taczurak tuvieron una hija siendo adolescentes. Pero la madre de ella decidió entregar a la beba. Ellos nunca dejaron de ser pareja: se casaron y tuvieron tres chicos más. Tampoco dejaron de buscar a aquella otra niña. Ahora, finalmente la encontraron. Tiene 24 años, dos hijos, una vida hecha. Y todavía no se anima a conocer a sus padres biológicos.

 Por Mariana Carbajal

Podría ser el guión de un culebrón, pero esta historia no tiene personajes de ficción y su final aún no fue escrito. Claudia Lucena, una morocha tucumana de ojos color carbón, y Antonio Taczurak, rubio de raíces ucranianas y ojos celeste mar, están embarcados hace más de dos décadas en una búsqueda desesperada: la de su hija mayor. Claudia la tuvo a los 14 años y su madre la obligó a darla en adopción. Antonio se enteró del nacimiento tiempo después, porque a ella, su noviecita, la encerraron y le prohibieron verlo los nueve meses del embarazo. A pesar de que le rogaron de todas las formas que les revelara a quién había entregado la bebita, la madre de Claudia se llevó el secreto a la tumba. Pero Claudia y Antonio, que continuaron aquel amor adolescente y ya llevan casi veinte años de casados, nunca dejaron de buscarla, siguiendo las pistas de una adopción cuyas huellas se trataron de borrar. Hasta que un día, a través del Area de Menores de la Suprema Corte Bonaerense, consiguieron localizarla. Pero su búsqueda continúa, porque aquella niñita hoy convertida en una mujer joven todavía no aceptó conocerlos. Una historia de película, con protagonistas de verdad.

Claudia tiene ahora 39 años y Antonio, 41. Viven en la localidad de Olmos, una zona descampada en las afueras de la ciudad de La Plata, donde en las noches sin nubarrones las estrellas se cuentan de a miles. El amplio chalet de tejas rojas y paredes blanquísimas llama la atención en un barrio de casitas chicas, jardines pequeños y pocos lujos. Justo enfrente viven los padres de Antonio, Julia y Guillermo José, descendientes de ucranianos, que durante años trabajaron como albañiles –tanto ella como él– para darles de comer a sus hijos. Antonio, de pibe, también fue albañil. Trabajaba de día y estudiaba de noche. Y fue por esos años de la adolescencia cuando conoció a Claudia, que era compañera de escuela de su hermana menor. Y se hicieron novios. Ella tenía 13 y él, 15.

–Tenía una sonrisa, una alegría, una pureza. Yo me quedé loco con ella –-recuerda Antonio. Y Claudia se sonríe, con unos dientes blanquísimos que le iluminan la cara. Pero Claudia, dice Antonio, fue perdiendo esa alegría en todos estos años de búsqueda de María de los Angeles: así, saben ahora, es como bautizaron sus padres adoptivos a la hija que ellos perdieron.

Capítulo II

La beba nació el 22 de junio de 1982 en el Hospital Gutiérrez, de La Plata. Claudia la tuvo en soledad, después de pasar nueve meses encerrada en su propia casa, sin que Antonio supiera del embarazo.

–Cuando mi mamá se enteró de que yo estaba embarazada no me dejó verlo más y me encerró en mi casa. Ella trabajaba en casas de familia y vivíamos con mi padrastro, que se emborrachaba y le pegaba, y yo la pasé muy mal esos nueve meses encerrada, comiendo poco, sin atención médica.

Claudia habla bajito, como avergonzada de aquella situación. Para Antonio, la chica que lo había enamorado de pronto se había esfumado sin dejar rastros. Cada vez que iba hasta lo de Claudia a preguntar por ella, le decían que se había ido a Tucumán. Pero Antonio, prendado como estaba de aquella morochita de ojos vivaces y sonrisa fácil, insistía cada viernes, acompañado por Julia, su mamá. Y nada.

–La madre siempre nos negó que estuviera ahí. Ni nos quería dar la dirección adonde supuestamente se había ido. Después supimos que Claudia estaba adentro y escuchaba cuando golpeábamos y hablamos con su mamá –recuerda Julia, la suegra de Claudia, una mujer robusta, de sesenta y largos y mirada cálida.

–¿Es cierto? ¿Usted la escuchaba?

–Sí, yo escuchaba la voz de él y de ella –responde Claudia–. Tenía ganas de gritar pero no decía nada porque tenía miedo de que después me pegaran, porque ellos eran de pegar y me tenían amenazada.

A esta altura del relato es posible imaginar lo que Claudia corroborará a lo largo de la charla: la relación entre ella y su madre era muy mala. Ni siquiera la mujer la acompañó durante el parto ni la fue a visitar los dos días que estuvo internada en la maternidad del Hospital Gutiérrez. Ella, con sus 14 años recién cumplidos, dio a luz con un obstetra que nunca antes había visto, y sin haberse hecho ningún control médico durante todo el embarazo.

–Esa beba era mi sueño. Yo pensé que me la llevaba a mi casa. Todo el mundo me la venía a pedir como si fuera un paquete de yerba.

–¿Quiénes la pedían?

–Los médicos, las enfermeras, porque yo era un nena... y me la querían sacar. Y yo les decía que no, que esa beba era mía, que mi mamá me iba a ir a buscar. Pero mi mamá no fue a visitarme y el día que me fui del hospital me estaba esperando afuera con otra mujer y me robaron a mi hija.

Al rememorar aquella escena, a Claudia se le entrecorta la voz, se le caen algunas lágrimas. A su esposo, también.

–¿Cómo que la robaron?

–Mi mamá me dijo: dale la beba a ella que dentro de unos días la vamos a ver. Yo, como hija, confié en mi mamá. Pero nunca más volví a ver a la nena.

–¿Qué recuerda de esa beba?

–...

Claudia no puede seguir hablando. Trata de secarse los ojos, pero siguen mojados. Se toma unos minutos para recuperar la voz, pero no puede evitar que le gane el llanto:

–Mientras estaba en el hospital, yo no podía ir al baño por temor a que me la robaran. Le daba el pecho y ella me miraba. La cambiaba como a una muñeca. Ese es un recuerdo que no me olvido... Mi mamá jamás me dijo que la iba a dar en adopción... Fue terrible, fue terrible –repite Claudia y otra vez se ahoga en tristeza, una tristeza que, dice, la sigue desde hace años.

–¿Llegó a ponerle nombre a la beba?

–Sí, le puse Mariana. Se parecía a él -–dice señalando a su marido–-, cutis blanco, rubia. Tres kilos trescientos pesaba. Era hermosa...

Claudia cuenta que Herminia Lucero, su madre, la mandó una semana a un hogar “hasta que se me secaran los pechos”, que ya estaban llenos de leche para una hija que nunca más pudo amamantar. En ese hogar, recuerda bien, había otras chicas embarazadas que como a ella les iban a sacar sus bebés para darlos en adopción. Sobre ese lugar, Claudia prefiere no dar más detalles.

Capítulo III

Después del parto, Claudia no quiso volver a su casa. Empezó a trabajar como empleada doméstica, cama adentro. Y se reencontró con Antonio. No recuerdan bien cuánto pasó, pero un día le contó la verdad sobre ese año en que ella había desaparecido de la tierra.

–A mí se me vino el mundo abajo -–dice Antonio. Y ahora es él el que solloza–. Yo no podía creer lo que estaba escuchando. No podía creer que una madre hiciera eso con su hija. La madre era una bestia. Si yo me hubiese enterado de ese embarazo la historia hubiese sido otra, porque yo tenía el apoyo de mi mamá, de mi familia –-sigue hablando entre lágrimas–-. Lo que hizo sufrir a mi amor y a mi hija nunca se lo voy a perdonar. El sufrimiento de Claudia nadie se lo arregla. Las marcas están y van a seguir estando.

Claudia está bajo tratamiento psicológico y psiquiátrico para tratar de superar el trauma que le dejó la pérdida de su hija.

Capítulo IV

Pasaron los años y el amor entre Claudia y Antonio no se evaporó. El terminó el secundario y siguió la carrera dentro del Servicio Penitenciario Bonaerense. Cuesta imaginar que este hombre que se deshace en lágrimas sin pudor mientras cuenta cuánto necesita abrazar a esa hija extraviada hoy esté al frente de una unidad carcelaria.

La pareja se casó el 4 de marzo de 1988: ella de vestido blanco, largo, con coronita de flores y todo; él de traje oscuro y corbata. Así, de la mano, se fotografiaron en las escalinatas del Palacio Municipal de La Plata. El matrimonio tuvo tres hijos más: Moni, que ya tiene 16, Guillermo, de 15 y Marcelo, de 10. Fotos de los tres adornan las paredes blancas del living. En la vitrina del comedor se lucen con orgullo los trofeos que ganó Guillermo con su equipo de fútbol, y los que obtuvo Moni, en torneos de patín.

–A los chicos no los hacemos participar de esta búsqueda para no generarles falsas expectativas. Para nosotros han sido veinticuatro años de sufrimiento y no queremos que ellos también sufran -–dice Antonio.

Recién cuando nació Mónica, Julia, la madre de Antonio, se enteró de que tenía una nieta perdida. Porque a poco de nacer su segunda beba, Claudia sufrió un ataque de nervios y a los gritos, descontrolada, empezó a repetir: “¡Tengo otra hija, tengo otra hija!”.

–Yo pensé que era un delirio. No lo podía creer –-recuerda la madre de Antonio lo que pensó al escuchar el relato de su nuera.

–Imagino que le preguntaba a su mamá a quién le había dado la beba. ¿Qué decía?

–Me decía que la culpa era mía, que yo la había dado, pero si yo era una nena....

Herminia nunca les dijo a quién la había entregado. Nunca. A nadie. Ni a su consuegra. Ni a su nieta Moni, que un día le suplicó de rodillas porque quería conocer a su hermana mayor y lo único que consiguió de su abuela fue que le dijera que aquella chiquita era parecida a ella. Pero Herminia jamás los ayudó a encontrarla. Y se murió hace dos años sin abrir la boca.

Capítulo V

A pesar de no tener un dato preciso y de sentir que era una búsqueda casi a ciegas, Antonio y Claudia siempre trataron de localizar a la hija perdida, porque, dicen, nunca la pudieron olvidar.

–En cada aniversario familiar, en casa fiesta, en cada Navidad, siempre nos juntamos en un rincón, los dos solos, y la recordamos –cuenta Claudia.

–Mucha gente nos decía que no la buscáramos porque era muy chiquita y si se enteraba que no estaba con sus verdaderos padres le podíamos hacer un daño enorme, que era mejor que supiera su verdadera historia de más grande, y así estuvimos años, buscando datos, sin saber qué era lo mejor para ella. Lo último que queríamos era hacerle daño. Nosotros no queremos molestarla, queremos que conozca sus raíces, a sus hermanos. No queremos ocupar el lugar de nadie –dice Antonio.

Varias veces fueron al Hospital Gutiérrez en busca de alguna pista, pero siempre volvían con las manos vacías. Hasta que un día “alguien bueno”, dicen, se conmovió con su relato y les dio una copia de la hoja del libro donde estaba asentado el ingreso de Claudia a la maternidad, aquel 22 de junio de 1982.

–Ese papel lo tengo guardado como oro -–dice la suegra.

Pero la nena nunca llegó a ser anotada en el Registro Civil como hija de Claudia y como no conocían qué nombre llevaba no podían buscar quién la había adoptado, para saber dónde vivía.

–Nos dijeron que en esos tiempos era común que la guarda en adopción se hiciera a través de un escribano –señala Antonio.

Entonces fueron al Colegio de Escribanos de La Plata para ver si podían dar con algún dato esclarecedor. Pero les dijeron que no había forma de ubicar aquella escritura pública.

–Ese día, me acuerdo –sigue Antonio–, sentíamos que una vez más los caminos se nos cerraban. Al salir de la oficina, nos sentamos en un canterito, desconsolados. Y vimos enfrente el Palacio de Tribunales. Y pensamos: la Justicia nos tiene que ayudar, porque hasta ahí gente de buena voluntad nos había ayudado.

Así llegaron al Area de Menores de la Suprema Corte Bonaerense, la oficina que encabeza la doctora Stella Testoni, en cuyos archivos se guardan todos los registros de las adopciones de la provincia de Buenos Aires (ver aparte). Tras algunos meses de revisar carpetas viejas y papeles amarillentos, Testoni pudo encontrar el expediente de adopción de María de los Angeles y logró saber dónde vivía. Curiosamente, había crecido muy cerca de los Taczurak: en la ciudad de La Plata.

Capítulo VI

Testoni citó primero a sus padres adoptivos para saber si la joven sabía que había sido adoptada. Una vez que le dijeron que sí, la convocó a su despacho. María de los Angeles supo de boca de la prosecretaria de la Corte que sus padres biológicos querían reencontrarla: escuchó sin mostrar demasiado interés y observó las fotos que Claudia y Antonio le habían dejado a Testoni, donde se los veía a ellos dos y a sus otros tres hijos, hermanos de sangre de la muchacha. Pero María de los Angeles, hoy de 24 años, no dijo palabra. Sí, con disimulo, guardó en su cartera una fotografía de Antonio.

Según le contó luego Testoni al matrimonio Taczurak, efectivamente ella es muy parecida a Antonio. Está casada y sigue viviendo en La Plata. Esta reunión ocurrió unos tres años atrás. Por aquel entonces, María de los Angeles estaba embarazada. La joven no dio ninguna señal de querer conocer a sus padres biológicos. Para los Taczurak fue un golpe tremendo. Se habían hecho muchas ilusiones: pensaban que el reencuentro estaba cerca. Finalmente aceptaron su silencio y entendieron que también ella tiene el derecho a decidir en qué momento conocerlos.

–Sabemos que tiene la vida hecha, que tiene dos hijos, que son mis nietos..., yo me desviviría por ellos -–dice Antonio con la voz cortada, una vez más por la lágrimas–. Creemos que tiene derecho a saber la verdad. No hay peor cosa que vivir en un castillo de arena.

Los Taczurak aclaran que decidieron hacer pública su búsqueda a través de Página/12 para ver si pueden lograr así que María de los Angeles conozca la verdad: que ellos nunca quisieron darla en adopción.

Claudia es de pocas palabras. Pero para hablar de este tema hace un esfuerzo enorme. Y confiesa que con la pérdida de esta hija, también perdió la alegría.

–A mí me falta algo y ese algo es María de los Angeles. Los chicos se dan cuenta y me dicen: “Ya basta, mamá, estamos nosotros”. Y yo no puedo. No sé qué hacer. Necesito volver a abrazarla.

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