SOCIEDAD › CORRIDAS, INSULTOS Y GOLPES PROTAGONIZADOS POR EL GRUPO DE APOYO A GRASSI

La barra del cura en su batalla final

Eran algo menos que cien. Una especie de fuerza de choque del sacerdote, con remeras de la Fundación Felices los Niños. Después del fallo, provocaron una batahola. Hubo forcejeos, algunas caídas y gritos contra periodistas y críticos de Grassi.

 Por Horacio Cecchi

En términos objetivos, nada parecía librado al azar. A las 9 de la mañana, cinco horas antes de que el tribunal leyera la sentencia, el edificio de Tribunales estaba vallado y cubierto de uniformados. Un centenar de policías de la Distrital de Morón rodeaban la zona; guardia de Infantería, patrulleros, camiones policiales y vallas tan azules como altas cercaban el edificio que, para colmo, cuenta con su propio enrejado. Además, la policía de tránsito de Morón había distribuido hombres en cada una de las bocacalles que derivan sobre Almirante Brown, la calzada de ingreso a los Tribunales. Tan prolijo fue el cerco policial que hasta el estadio de Deportivo Morón quedó encerrado dentro, como si se tratara de una protección contra las más feroces barras bravas. Lo que no preveía la seguridad fue la mano de Dios, qué digo la mano, la espada. Fuera del vallado, frente al portón de ingreso sobre Brown y Sucre, partidarios del cura Grassi chocaron primero con la condena, después con un grupo que aplaudía el fallo y pedía la libertad de Romina Tejerina, después con fotógrafos, después con camarógrafos, después con el Foro de los Derechos de la Niñez de Hurlingham, al que le robaron y destrozaron una bandera bramando como en guerra de santos cruzados, en nombre de Grassi, de la justicia (celestial) y de su propia ceguera al devastador grito de “¡Inocencia, inocencia!”.

El capitán Favio Perrone, jefe de la Distrital de Morón, había descripto el operativo y dijo que de los cien uniformados en el operativo, “la mitad son de siete comisarías de Morón”, y que el resto corresponde al cuerpo de Infantería. También dijo que a las 6 de la mañana la División Explosivos revisó todo el edificio como medida preventiva. Dentro del enrejado de Tribunales, la seguridad quedó en manos de una veintena de hombres de la División Custodia y Traslado de Detenidos.

Pasado el mediodía, Brown en la esquina de Sucre estaba cruzada por una faja de seguridad rojiblanca que más que cerrar el paso intentaba dividir aguas. De un lado, por Brown, en dirección al estadio de Morón, un centenar de personas agitaba banderas rojas de Convergencia de Izquierda Zona Sur, levantaban pancartas demandando libertad a Romina Tejerina, y al ritmo de bombos y de un parlante de insistente metálico, clamaban contra el cura Julio Grassi con tono tribunero.

Del otro lado de la faja de seguridad rojiblanca –que, ya se dijo, no hacía otra cosa que marcar territorios de fronteras altamente volátiles–, otro centenar de personas, no más, entonaba ingenuas canciones de santidad e inocencia hacia el padre Grassi, se reunían en oración en torno de la gran imagen de una virgen, apoyada, quieta aunque de rostro impresionado, contra las rejas de los Tribunales.

Ambos grupos, claramente enfrentados por el sentido de sus cánticos más que el de sus actitudes beligerantes hasta ese momento, sólo quedaban separados por la tenue faja fronteriza y por la intersección de Sucre con Brown, donde un grupo de cronistas, fotógrafos y movileros aguardaba alguna situación efervescente que justificara tanto despliegue periodístico.

Desde el mediodía hasta las tres de la tarde, la mencionada esquina se mantuvo en un equilibrio inestable que no denotaba situación de crisis. Después de conocerse la condena de 15 años al padre inocente o al violador de chicos –según de qué lado de la rojiblanca uno se instalara–, todo equilibrio se destripó en corridas, golpes de puño, insultos, golpes de cámara, tironeos y empellones, cascotes y amenazas.

Al principio, fue una regordeta con la inscripción “Justicia por el Padre Grassi”, que parecía controlar o conducir al grupo grassista, quien se lanzó ya descontrolada más allá de la frontera rojiblanca al grito de “¡hija de puta, con mi vieja no!” y se trenzó literalmente de las trenzas de una mujer que agitaba una pancarta con el rostro de Tejerina. En cuestión de segundos, qué digo segundos, de milésimas, se armó un revoltijo donde volaron piñas, zapatos, golpes de karate, gritos endemoniados, corridas de fotógrafos y camarógrafos poco dispuestos a perder el instante, aquel instante histórico de intercambio de opiniones.

Al costado, la policía con pecheras de color naranja por si a alguien se le ocurriera no reconocerlos, tomó la filosófica actitud de permitir la expresión, el intercambio y la autocalma de las partes para evitar males mayores.

La regordeta fue separada por quien luego se daría a conocer en el runrún de la calle como su hermano, más regordete y corpulento que ella, y que venía haciendo alharaca de contener su cuerpo en son de paz. Claro, cuando la separó y con todas las cámaras y tanto revuelo encima, la joven y regordeta se desmayó mientras un ohhhh la rodeaba e informaba de la situación. A la joven de la camiseta la trasladaron colgada de los hombros hasta la otra esquina de Sucre y Brown, veinte metros dentro del territorio eclesiástico, donde mujeres desesperadas agitaban sus pañuelos para dar aire mientras las cámaras ya habían abandonado el enfrentamiento y rodeaban a la regordeta clickeando por los suspiros angustiados. El hermano, quizás angustiado por el desmayo, tal vez algo sacado por la condena, o nervioso por ambas situaciones adversas, empezó malamente a tironear de uno de los cables de un movilero que, para qué, reaccionó blandiendo patadas y cámara. Se desató una batahola que demoró un par de minutos y centenares de fotos en terminar. Científicamente milagroso fue el resurgir de la desmayada apenas las cámaras le perdieron interés y la abandonaron. Con mucho menos, alguien hizo un tratado sobre la histeria.

La cosa no quedó ahí. La izquierda de banderas rojas se retiró conforme con el resultado del juicio. Una breve corrida más de periodistas que de contrincantes derivó en un principio de batahola sin motivo sobre Sucre. Vueltos a sus puestos y ya sin contrincantes, los grassistas oraron en medialuna por su líder espiritual y se retornaron a la fe cristiana, calma y universal. Hasta que llegó un nuevo actor: unos diez integrantes del Foro por los Derechos de la Niñez, Juventud y Adolescencia de Hurlingham, con una gran bandera amarilla en la que se leía “los chicos no mienten”. En ese momento, la regordeta del desmayo ya plenamente recuperada logró robar la bandera que el Foro había colgado contra una reja. Hubo forcejeos, tironeos, la bandera quedó hecha jirones, la gordita grassista, a las dentelladas, mostraba la otra mejilla después de cruzar a arañazos y trompadas los rostros de quien se le opusiera. La escena terminó cuando el hermano fue detenido y derivado a la comisaría.

Los ánimos se calmaron un poco. Hubo espacio todavía para que se acusara a la Justicia de impura, al periodismo de manos del infierno, y a los jueces de montoneros. Una mujer espetaba a otra:

–¿Vos lo viste (a Grassi) violar a tu hijo? ¿No? ¿Entonces por qué lo acusás?

–Hay peritos –intentó explicar la otra mujer.

–¿Vos lo viste violar a tu hijo?

–No –respondió ingenua.

–Hija de puta, montonera, comunista.

Todavía había un poco de espacio para que la regordeta de la camiseta de Felices los Niños amenazara a un periodista mientras le daba una entrevista a otro. Después, todo volvió a la calma.

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Pese a un amplio operativo de seguridad en Morón, los seguidores de Grassi provocaron incidentes.
Imagen: Leandro Teysseire
 
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