SOCIEDAD › TESTIMONIOS DE DETENIDOS

Desde el taller

El aula de Filosofía y Letras del Centro Universitario de Devoto (CUD) está equipada con una modesta biblioteca en la que descansa más de un centenar de libros de distintos autores. A su lado, una estantería aloja gran cantidad de cajas azules de archivo que contienen las impresiones y materiales de cada uno de los cursos que da esta unidad académica. Las paredes fueron pintadas por los alumnos: detrás de la biblioteca, los nombres de Arlt, Hemingway, Castillo, Cortázar y muchos otros escritores conforman los ladrillos de una pared dibujada.

En otra esquina del ambiente, Mahatma Gandhi, Nelson Mandela, El Che, Jesús y Martin Luther King muestran sus rostros pintados en stencil sobre el fondo blanco de la pared. Frente a ellos hay escrita una frase en negro y rojo, que sentencia que la “revolución es romper los paradigmas de tu ignorancia hacia la metamorfosis de tu inteligencia”.

En el techo, huellas humanas de pies y manos rojas llegan arrastrándose hacia un pozo negro que se abre al sistema solar, pintado sobre las cabezas de los estudiantes del Taller de Narrativa que desde las 10 esperan puntuales la llegada de los docentes. La espera es normal, ya que los educadores deben atravesar cada día más de seis puertas de seguridad que separan la Unidad Penitenciaria del espacio autónomo del CUD.

Todos los miércoles, entre las 10 y las 12, el aula de Filosofía recibe en promedio a 20 estudiantes de los distintos pabellones que se reúnen a leer textos literarios y analizarlos. Este taller empezó hace cuatro años de la mano de las docentes Luciana De Mello y María Elvira Woinilowicz y posteriormente se sumó Lucas Ardur. De los encuentros salen diferentes producciones escritas por los internos que ocasionalmente son publicadas. “Cuando hay algo para decir, lo mejor que se tiene a mano es la escritura”, sintetiza Woinilowicz.

Peter Costa tiene 35 años y toda su familia está en Perú, así que no puede verlos muy seguido. El tiene “asistencia perfecta” al taller de narrativa desde que empezó hace cuatro meses y no se lo pierde porque lo considera como “una forma de escapar al encierro y de poder tener contacto con un mundo distinto y más positivo que el que se vive entre las paredes del Servicio Penitenciario”.

Para Peter, el taller de narrativa “te saca dos veces de adentro de la cárcel. Por un lado te relacionas con otras personas, de otros lugares no solo del afuera sino de adentro”. “A veces nos encontramos con gente que está en contexto de encierro en el CUD que de otra forma nunca nos cruzaríamos”, cuenta.

En el taller y el ejercicio de la escritura se obtienen, según Costa, “las herramientas de resistencia a las injusticias. En el taller aprendí a escribir audiencias y hábeas corpus. La letra y la escritura son las únicas formas que tenemos para ser escuchados por el SPF y para defender nuestros derechos”, expresa y confiesa que los asistentes guardan sus trabajos “en un archivador azul en el aula para no perder en las requisas lo que producimos en estos espacios”.

En lo personal, Peter considera haber “mejorado muchísimo en la capacidad de expresión. Pude ver mi propia potencialidad”, enfatiza. En el taller, escriben “con la idea de publicar en algún lado porque casi todos tenemos el interés en usar la escritura para denunciar las cosas injustas que no tienen llegada hacia afuera”.

Para Alejandro, que tiene 25 años, tres hijos “afuera” y asiste hace cuatro clases, el uso de la escritura sirve para “pensar un poco más y poder comunicarse mejor con el otro. La lectura y la escritura son herramientas importantes porque en este sistema es esa la única forma que tenemos de pedir trabajo, médico o hacer reclamos y que no queden en nada”, explica.

Alejandro no estaba relacionado con la lectura antes de caer en la cárcel. “La lectura en el encierro es una forma de distraerse y relajarse”, explicó. Para él, “la escritura era una forma de descargar y soltar algunas cosas”. A veces, contó, “en el encierro uno tiene sus momentos. Por ahí empezás a pensar y te agarra el bajón de pensar en tus hijos que te preguntan donde estás, cuándo llegás... la mayoría les decimos que estamos lejos”. Alejandro usa la escritura “no sólo para descargar o aprender a defenderme, sino también para escribirle a mis nenas. Que sepan cómo estoy, que les llegue lo que me pasa”, concluyó.

Informe: M. F. R.

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