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Viernes, 5 de junio de 2015

PANTALLA PLANA

Agua tibia

Entre caníbales, la miniserie que tiene a Natalia Oreiro como protagonista, cuenta la historia de una mujer motorizada por la venganza. De la violencia real y cotidiana poco se dice en esta tira con la firma de Campanella.

 Por Marina Yuszczuk

Desde el primer minuto Entre caníbales se sumó a la lista de tiras argentinas que en las primeras escenas del primer capítulo muestran un helicóptero, como la reciente Noche y día: acá, un matón (Alberto Ajaka) le quiso dar un susto a la esposa de un poderoso (Natalia Lobo) y para eso, después de amagar con tirarla en pleno vuelo, hizo poner el helicóptero a una altura moderada y la empujó al río. Como en el resto de los programas donde hace su aparición, ese helicóptero está ahí para señalar que en la producción de Entre caníbales hay plata, así como la cortina de Cerati está ahí para complacer la reciente nostalgia intensificada por la muerte del músico. Y el nombre de Campanella, para imprimir un aire de calidad a un producto que apenas supera la media de la tele pero que, dirigido por quien lo dirige, viene con olor a Oscar y a oficio adquirido en las series norteamericanas (Campanella dirigió varios capítulos de Dr. House y La ley y el orden), un formato que se adapta mal a las historias locales.

Como quiere contar la historia de una venganza –la de Ariana (Natalia Oreiro), violada junto con una amiga veinte años atrás por un grupo de chetos– y como esa venganza tiene como destinatario a un intendente cínico y corrupto (Joaquín Furriel), Entre caníbales está impregnada de punta a punta de un tono solemne y un clima tenso que no dejan de remarcar sus temas a cada segundo: poder, venganza, corrupción. Hay poco que se salga de esa estrechez, y así, incluso un personaje potencialmente rico como el de Ariana, resulta unidimensional y monotemático. Otros están pasados de rosca, confundiendo intensidad con algo que bordea lo caricaturesco (como Joaquín Furriel o Alberto Ajaka), o tienen que habérselas con diálogos imposibles, como Mario Alarcón, que en el primer capítulo tuvo que cortar zapallo para hacer un locro mientras le explicaba a Ariana que la justicia es como ese plato: si uno lo quiere sacar bueno, lo tiene que hacer por su propia mano. Al locro se le sumaron las empanadas, que la protagonista infiltrada como moza paseó de acá para allá por la municipalidad mientras espiaba a Valmora (Furriel), y el capítulo tres arrancó con un montaje de un (supuesto) accidente automovilístico y un asado: mientras Lessin (Alarcón) removía las brasas y daba vuelta los chorizos, un choque brutal se llevaba la vida de su esposa y su hijo. La presencia abundante del menú “Día de la Tradición” parece tener la intención de hacerle contrapeso a un tono y un formato importados, pero no es suficiente: hay algo ajeno en el mundo representado por Entre caníbales, al punto que el personaje de Valmora, por ejemplo, resulta un político totalmente genérico, y hasta un tema como el de la violencia machista, que podría dialogar de muchos modos con un presente que lo tiene bien arriba en la agenda, queda totalmente del lado de la ficción, no se toca con una realidad en la que las víctimas (las que no terminaron en una bolsa de basura), por muchas y complejas razones, están lejos de la idea de venganza o de justicia por mano propia.

Pero en el medio de todo, por supuesto, está ella, una de las pocas actrices lindísimas que no se dejan tentar a aparecer en una entrevista diciendo pavadas y que supo manejar su carrera con inteligencia, por afuera del circo mediático y su vulgaridad. Por eso Oreiro pudo pasar de personajes como el de Muñeca Brava o Sos mi vida, encantadores pero limitados, a grandes papeles del cine como la mamá montonera de Infancia clandestina, o la mamá laburante de Francia, de Caetano, que se guardaba el billete en el pantalón y hacía emocionar cuando llevaba a la hija a su primer día en una escuela pública. Cine nacional de una clase que está lejísimos de Campanella, un director que prefiere impresionar con una supuesta factura técnica altísima combinada con un asado. Pero Natalia también va a salir indemne de eso.

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