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Lunes, 26 de enero de 2015

CONTRATAPA › LA HISTORIA SINGULAR DE ASAMOAH GYAN, DELANTERO DE LA SELECCIóN DE GHANA

La malaria en sus dos acepciones

El contagio de la enfermedad antes de la Copa Africa, su recuperación, dos penales errados en partidos importantes, el ocaso y la resurrección del ex jugador del Sunderland inglés, que hoy cobra millones en el Al Ain, de Emiratos Arabes.

 Por Gustavo Veiga

“Qué malaria
ya no se puede vivir.
Qué malaria
no me voy a rendir.”

Mona Jiménez

En la Argentina solemos pedir que se acabe la malaria cuando venimos en pronunciado declive. El declive puede ser económico, sentimental, deportivo, y la palabra malaria siempre tiene un sentido figurativo. Es como decir que el futuro se anticipa negro, con una connotación peyorativa, oscura, en la que sólo suelen reparar los negros porque son quienes la sufren a menudo en el uso del lenguaje. El significante –una nube negra, un pozo negro– adquiere así un significado negativo. La malaria, esa enfermedad que contagia de a millones (en 2012 mató a 627 mil personas, casi todas en Africa), es obvio que significa algo mucho peor que una mala racha deportiva. Un solo dato alcanza para explicarlo: el 77 por ciento de aquellos muertos era menor de cinco años. Y el mundo mira para otro lado.

La negatividad del significante (la imagen de esa pandemia a la que también se llama paludismo) está dada porque es potencialmente mortal. Y mata muchísimas veces. Lo que no quiere decir que siempre conduzca al cementerio. Ni siquiera en Africa. Quedó demostrado en los primeros días de enero con Asamoah Gyan, delantero y figura de la selección de Ghana. No estaba completamente repuesto del contagio de la enfermedad que se le detectó antes de participar en la Copa africana de naciones. Cuando entró a la cancha, marcó el único gol del partido contra Argelia y se transformó en un sobreviviente.

Se encontraba concentrado con el seleccionado de su país en Guinea Ecuatorial, la sede del torneo más importante de Africa, cuando la Asociación de Fútbol de Ghana confirmó la noticia y aseguró que la enfermedad del jugador había sido descubierta en su etapa inicial.

Gyan respondió demasiado bien al tratamiento y aunque no integró el equipo en el primer partido contra Senegal (fue derrota), sí lo hizo contra los argelinos. Y en el segundo minuto de descuento, dejó la malaria de lado y marcó el gol del triunfo. Carrera larga y derechazo seco que dejó sin chances a Rais M’bolhi, el pelado que se atajó casi todo lo que tiraron los alemanes en el Mundial de Brasil.

Los medios internacionales decoraron la noticia ocurrida en el estadio de Mongomo, una de las sedes de la Copa, con títulos del tipo: “Gyan se recupera de malaria para ser héroe de Ghana”; “Gyan olvida su malaria y da la victoria a Ghana” y “Gyan, aún enfermo, da victoria a Ghana”.

Capitán y referente de la selección de su país que dirige el israelí Avram Grant –un ex entrenador del Chelsea–, el enfermo todavía no está del todo recuperado. Su vida futbolística ahora tiene la necesaria cuota de épica debido a la malaria que contrajo y que va dejando en el camino. Pero no siempre fue así en la trayectoria del delantero del club Al Ain, de Emiratos Arabes, donde juega hoy tentado por los millones de dólares que cobra y después de abandonar el Sunderland inglés, en el que apenas era tenido en cuenta.

Dos penales que erró en partidos clave con la selección de Ghana le valieron varias amenazas de muerte, críticas despiadadas en su propio país y un retiro voluntario y momentáneo del equipo nacional. El primero de los recordados penales lo falló contra Uruguay en el Mundial de Sudáfrica 2010. Iba el minuto 120 del alargue por los cuartos de final. Era el pasaporte para clasificarse a la semifinal.

Gyan pidió la pelota, se ubicó ante el arquero Muslera y reventó el travesaño. Poco importó que después convirtiera en la serie que definió al ganador. Pasó la selección celeste y el ghanés no se lo perdonó. “Mis compañeros y el cuerpo técnico me dieron todo su apoyo, pero aún estoy tratando de superar esa desgracia”, dijo tiempo después. En Uruguay llegaron a titular “¿No hay psicólogos en Ghana?”. En su país, el gobierno le tuvo que poner custodia policial. Su madre dijo en aquel momento: “Los ghaneses son unos desagradecidos. Mi hijo es joven, pero ha hecho cosas muy buenas para la nación. No debería ser tratado así”.

El segundo penal decisivo fue en un partido por la Copa de Africa 2012 contra Zambia. Esa vez sí había llegado a la semifinal con su selección y podía encaminarla hacia la final. Pero cuando promediaba el segundo tiempo y con el resultado igualado en cero, eligió el palo izquierdo, tiró una masita anunciada y el arquero sacó la pelota al corner. Gyan buscó que se lo tragara la tierra. No lo podía creer. Su malaria deportiva seguía.

Las Estrellas Negras –así se conoce a la selección de Ghana– olvidaron pronto aquellas tribulaciones deportivas de su figura. Gyan volvió a marcar goles como si nada hubiera pasado y el fútbol le dio otra oportunidad de redimirse el viernes pasado en Guinea Ecuatorial. El diagnóstico de malaria que recibió antes de debutar en la Copa de Africa sonaría en sus oídos como aquellas palabras de Nietzsche: “Lo que no me mata, me fortalece”.

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