radar

Domingo, 15 de enero de 2012

SALí

A conocer nuevas barras

 Por Martin Auzmendi

Bohemia veraniega

Soria, un gran patio para los amigos

“Armamos el bar pensando en un lugar para que se junten amigos”, cuenta Hernán Buccino, uno de los responsables de abrir Soria a fines de 2011. Su compañero en el proyecto es Martín Salomone, y entre los dos idearon un bar diferente a la mayoría de los que hay en el barrio. Mientras otros buscan sofisticación y modernidad, éste se baja de ese camino y crea un lugar perfecto para el verano. Desde la calle tan sólo se percibe una pared y plantas que se cuelan en el techo. Hay también una pequeña puerta de entrada y un cartel sobrio con el nombre del bar. Pero por dentro los espacios son amplios y parecen multiplicarse. Queda claro que no es uno de esos bares creados por diseñadores, sino que tiene cierto aire de bohemia relajada. Lo mejor: un gran patio al frente con mesas altas y bajas, una terraza al fondo a la que se accede por una pequeña escalera y un salón para los que buscan intimidad. La decoración suma sillones viejos, carteles antiguos, colores y plantas que trepan por las paredes. Lejos de toda solemnidad, Soria tiene un espíritu de casa abierta, de salón de fiestas, de club.

Por suerte, el lugar no es sólo una puesta en escena. Tampoco uno de esos bares amateurs, con amigos del dueño preparando tragos. Al frente de la barra están Gastón Cabrera y Martín Vespa, apasionados de la coctelería. Hay una carta con clásicos como el Negroni, el Tom Collins y el Bloody Mary, pero el corazón de la propuesta está pintada en un pizarrón, en tizas rojas, amarillas y azules sobre fondo negro. Fresco y dulzón el Sorita (vodka de vainilla, jugo de cranberry, limas, azúcar y jengibre), perfecto para el atardecer el Aperitivo Soria (Cynar, naranja y tónica) y con espíritu de clásico el Red Hipster (gin, jugo de pomelo, licor de cassis y licor de Cherry Brandy). Los precios rondan los $30 cada cóctel, pero hay promociones (dos por $50, a veces menos). Hernán y Martín son hombres de la noche, por lo que recitales, fiestas y música son claves en el lugar, con programaciones que van del surf instrumental a la cumbia orquestal, pasando por el funk, el rey del lugar. “Vienen amigos a programar, han pasado músicos de Onda Vaga, de Les Mentettes o de Undertones. Ellos crean el clima”, asegura Hernán. La cocina cumple, con nachos, rabas al limón con alioli, buffalo wings, bruschetas (rica la de brie, portobellos, rúcula y cebolla) o pinchos de pollo. Para los que llegan hambrientos, la Burga Song promete una hamburguesa casera de 200 gramos con mozzarella, cebolla caramelizada, champignones y rúcula. Todos los platos, entre $25 y $40, con porciones generosas. Porque Soria es un lugar generoso. Como la casa de un amigo.

Soria queda en Gorriti 5151. Teléfono: 4832-1745. Horario de atención: martes a sábado de 20 al cierre.


Una barra azteca

Tijuana, el restaurante que llegó del sur

La historia de Tijuana comienza con un grupo de amigos en el sur del Conurbano. Todos trabajaban para una empresa de computación, creció la amistad, y se propusieron salir cada semana a comer afuera. Desde Lomas de Zamora, su barrio, recorrieron el Conurbano de sur a norte, y Buenos Aires de punta a punta, descubriendo restaurantes y disfrutando la experiencia. En esas idas y vueltas probaron la comida de un restaurante mexicano y se fascinaron. Así, se especializaron en México, conociendo todos los restaurantes aztecas que hay en Buenos Aires. El que cuenta esta historia es Diego Macchi, quien está cada día atento al lugar. Así, luego de cientos de noches, surgieron las ganas de armar un proyecto propio. Y no podía ser en otro lugar que donde empezó todo: Lomas de Zamora. Era el momento del salto, pasar del trabajo en una empresa a emprendimiento gastronómico. Apareció una vieja casona y en ella armaron su primer lugar: Tijuana. Fue una novedad en “Las Lomitas”, como se lo llama al barrio que reúne la movida nocturna de Lomas de Zamora. Y les fue muy bien. Tanto que ahora decidieron subir la apuesta y abrir una sucursal, esta vez en Palermo.

Tijuana es un restaurante, pero tiene una barra amplia, atractiva y con Gabriela Potochek al frente, una de las bartenders más premiadas en el país en los últimos años. Con Diego se conocieron cuando trabajaban juntos para la empresa, compartiendo noches con los amigos del trabajo, bebiendo todos de una gran copa ganada en un torneo de fútbol que hoy está sobre la barra. “No me quiero ir más de acá”, dice ella, feliz entre más de 35 botellas diferentes de tequila, el alma espirituosa de México.

La carta abre con una selección de Margaritas y cuenta su historia, la de Margarita Sames, madre de este trago famoso. El de la casa tiene tequila 100% agave, triple sec y almíbar de limón. El Aguamiel suma jugo de lima y miel de romero. Ambos son impecables. Otros dos cócteles muestran el estilo de Gabriela, con fórmulas de base clásica pero detalles originales. El Bunny Mary tiene tequila, limón, jugo de zanahoria, jugo de tomate, salsa Tabasco, Salsa Maggy, sal de jalapeños y pimientos picantes. Y el Frida Kahlo incluye gin, almíbar de limón, jugo de pomelo, jugo de naranja, frutos rojos y menta. Todos los tragos rondan en promedio los $35.

Por su lado, la cocina prepara unos nachos que desbordan cheddar, panceta ahumada, queso en hebras, carne picada, guacamole, tomate y jalapeños, perfecto para picar y compartir. Las enchiladas Chilorio encremadas, los ribs con barbacoa o las gambas adobadas con chile, zumo de lima y pimentón ahumado terminan de armar una cena contundente, sabrosa e intensa. Una cena de color y pasión mexicanas.

Tijuana queda en Guatemala 4540. Teléfono: 2058-8905. Horario de atención: martes a domingos de 19 al cierre.


La isla de la fantasía

Wailele, con aroma a mar

Helechos colgando del techo, lámparas fabricadas con timones, paredes que simulan ser de piedra, una entrada al fondo que parece la de una caverna, sillas de mimbre, una barra con techo de paja. El que no conoce la cultura Tiki se sorprenderá con sólo asomarse al bar que abrió hace algo más de un mes en Gorriti, entre Fitz Roy y Humboldt. ¿Por qué un tótem de madera? Sucede que Wailele es parte de la estética de la cultura Tiki, creada por Don The Beachcomber en los años de 1930. Este norteamericano fue contrabandista de alcohol durante la Ley Seca, y cuando vio que su negocio negro terminaba, decidió aprovechar su pasión por la Polinesia y armar un lugar con sus símbolos y su escenografía. Como tantas cosas que se crean entre la realidad y la fantasía, los bares Tiki están siempre al borde del cliché. Como parques de diversiones que añoran playas blancas con palmeras, un sol único y el mar azul y transparente. Un lugar que existe, pero también un paisaje soñado.

“Es un bar temático”, dice Agustín Parrot, manager de Wailele, sentado en uno de los banquitos de mimbre que están a metros de la vereda. Y su apertura no es casual: hoy se vive a nivel mundial una reivindicación de la coctelería Tiki, con sus cócteles clásicos, sus frutas exóticas y esa alegría única que la caracteriza. No hay detalles que no se hayan cuidado: el volcán se ilumina y libera humo blanco (anunciando promociones en lugar de catástrofes), en una de las paredes hay una cascada (Wailele significa justamente cascada), hay un vaso (“mugs” o jarros) distinto para cada trago, los camareros y bartenders están vestidos con camisas y vestidos con flores y la música recuerda a la de las playas, a otros paisajes, al verano.

Cuando nacieron los bares Tiki las recetas se guardaron en secreto, en fórmulas escondidas en clave, y se tardó mucho tiempo en descifrarlas. Aún se discute sobre cuáles son las auténticas, las originales, las que dieron nacimiento a todo un estilo de cócteles y sus múltiples imitaciones. Uno de los grandes atractivos de este tipo de tragos es la presentación. El Waikiki (vodka y maracuyá) llega en un vaso con forma de mono, el Kanaloa (ginebras, ananá y menta) en un vaso que simula una caña alta y delgada, el Blue Hawaii (vodkas, ananá y menta) en un gran caracol del que pueden beber al menos tres personas sedientas, y el Krakatoa (durazno, menta y rones) en un recipiente con forma de volcán del que sale humo.

Un espectáculo. Esta es la propuesta de Wailele. Lejos de la elegancia de otros bares, lejos del ambiente rockero y lejos de la electrónica más dura. A Wailele se va como yendo a un pequeño parque de diversiones. Un parque tropical, exótico, que parece tallado en una juguetería.

Wailele queda en Gorriti 5578. Horario de atención martes a domingos de 22 al cierre.


Fotos: Pablo Mehanna

Compartir: 

Twitter
 

 
RADAR
 indice

Logo de Página/12

© 2000-2021 www.pagina12.com.ar | República Argentina | Política de privacidad | Todos los Derechos Reservados

Sitio desarrollado con software libre GNU/Linux.