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Domingo, 15 de enero de 2012

ARTE> UN BALANCE SOBRE ESTADO DE GRACIA, EL úLTIMO TRABAJO DE RENATA SCHUSSHEIM

Cuando digo Renata

El éxito de la exposición hizo que el Estado de gracia se prolongara dos semanas más. La muestra de Renata Schussheim, que reúne sus últimos y magníficos trabajos, tendría que haber terminado con el año, pero se extendió hasta el 15 de enero. A modo de celebración y balance, Radar publica esta nota donde María Moreno, que escribió el texto del catálogo de la muestra, habla de los momentos más significativos y desopilantes de su larga amistad con Renata y de su arte único, extraño y cargado de una sensualidad desbordante.

 Por María Moreno

Dije que no iba a escribir más sobre Renata. Que ya era demasiado. Desde los años ’70 escribo sobre Renata o sobre mis conversaciones con Renata o acompaño con un texto al lado de lo que Renata ha producido. En mi cabeza está la cabeza de Renata (que es magnífica) en serie pop como la Marilyn de Andy Warhol. Lo que me costó al principio escribir Schussheim; a mí, cuya ortografía trastabilla sobre todo a la altura de los nombres propios. Cuando tenga demencia senil o una variante belicosa para el sistema neurológico, la prueba definitiva es que ya no podré escribir Schussheim.

Junto a ti

Mi primera imagen de Renata es la del libro Griselda adolescente, en donde una mujercita liliputiense igual a Renata se masturba (hace muchas otras cosas, pero ésa es la que recuerdo; qué audaz, porque Renata tenía quince años).

Lo primero que me impresiona de Renata es el nombre que invita a pronunciarlo como un mantra, y Vinicius, Manuel Puig, Vargas Llosa, Jean-François Casanovas, Oscar Araiz obedecen porque Renata, así como Victoria Ocampo, cuando de chica iba a jugar al Pre Catelán, se acercaba de manera desenvuelta e imperante a cualquier niña preguntando “¿voulez vous jouer avec moi?”, Renata se plantó siempre ante sus admirados diciendo: “Quiero ser tu amiga”. Parece que el arte y la amistad se suelen juntar en Renata como si ella, al igual que Victoria, invitara a jugar. Con Jean-François Casanovas, con Oscar Araiz, suelen inventar mundos provisorios, detalladísimos, luminosos. El otro día, Renata estaba en el programa Tiene la palabra y Fernando Cerolini dijo que quería ser su amigo, Cecilia Absatz que se enorgullecía de serlo. Da ganas de ser su amiga porque Renata, a pesar de ser una figura pública, tiene algo campechano, familiar y autoparódico que anula la distancia y ella va de hablar del mercado internacional del arte a la vida de sus dos loros (que tienen el inconveniente de ladrar e imitar el portero eléctrico), de su próximo trabajo en la ópera Carmen a la devoción por las trufas de El Viejo Oso.

Tres

Cuando nosotras nos hicimos amigas fue cuando trabajábamos, a fines de los ’70, para la doble central de la vieja revista Siete Días. Renata hacía producciones que recuerdo fastuosas, casi operísticas a pesar de que duraban la dos horas que requería la sesión de fotografías de Eduardo Martí. Para ponerse a tono mis textos eran muy barrocos, un beneficio accesorio de la censura. Recuerdo a Renata planchando a Marilina Ross –había bebido vino con un sorbete para no mancharse el vestido, se lo había manchado, hubo que lavar parte del torso, secárselo, el vestido era de Gino Bogani–; a Renata y a mí, aterradas adentro de una camioneta, con los vidrios bajos porque a Jorge Cutini se le había ocurrido posar con todos los animales de su zoológico sueltos, enemigo íntimo junto a enemigo íntimo, el tigre miraba insistentemente al bambi, el mono gritaba como un bebé, hasta que de pronto, plop, el cóndor cayó redondo de su percha: había sufrido un síncope y a mi vez explicándole a la policía que eso que llevábamos en la camioneta con Renata eran chanchos drogados con Lexotanil que habían formado parte de una producción con Lorena Paola. Pocos días antes habían detenido a la psicoanalista y maga Finita Ayerza por decir que esos palitos que llevaba en el baúl de su auto eran varitas mágicas (ningún “minuto”, coartada de la guerrilla que podía ser tan absurdo, en los dos casos nos dejaron ir).

Dije que no iba a escribir más sobre Renata, pero escribí el texto del catálogo para su muestra de Mundo Nuevo Gallery Art. Se llama Estado de gracia (la muestra y el catálogo):

Con Lulú

1 La animalidad como pasado de la civilización, el animal como esclavo, alimento o juguete vivo, como metáfora de aquello que hay que superar; el nombre de cada especie en forma de insulto (loro para la mujer fea, perro para el taimado, víbora para la intrigante, pajarón para el tonto: a todo eso Renata Schussheim lo da vuelta como un guante). No para filosofar como Jacques Derrida, Giorgio Agamben o Gilles Deleuze sino para hacer al animal de la familia, mejor dicho de la profana familia y en el lugar del “hijo”. Imposible no evocar a la virgen y el niño. Pero en los clásicos, el niño jamás sugiere con su madre una confianza carnal: no la besa ni la abraza ni se aferra a ella como queriendo hacer nido en su carne. El “hijo” en estas imágenes de Renata, cabeza de perro y cuerpo de cerdo o cabeza de cerdo y rostro de microcéfalo –como Pip y Zip, las pin heads de Tod Browning–, abraza y se apoya en aquella que lo acoge, se acurruca con placer en el cuerpo femenino. Es como si Renata hubiera dibujado el sueño del animal, sobre todo el del perro, cuyo gemido ansioso a menudo parece expresar su frustración por la imposibilidad anatómica de abrazar como es abrazado. El niño oso de Lituania, el niño becerro de Bamberg, las gemelas loba Amala y Kemala de la India, han sido desmentidos por la teoría del autismo y matados por la reeducación (no fueron criados por animales, serían psicóticos en palabras de Bruno Bettelheim). En las imágenes de Renata, el animal en lo humano es honrado, venerado. Mientras en las representaciones de la virgen y el niño, se esconde la futura de la cruz y el sacrificio, en las maternidades dibujadas por Renata, el “hijo” puede estar en la edad de la madurez de acuerdo con su especie, la madre ser más joven que él, de acuerdo con la suya, la muerte, una tragedia privada que parece lejana. Cuánta dulzura en esas manitos de pianista, en esos pies siempre ocultos que no revelan su enigma (¿uñas o pezuñas?). Opuestos al cuento infantil en donde los animales visten como humanos sin que sus cuerpos se transformen, los cabeza de perro o de cuasi cerdo dibujados por Renata posan en una desnudez edénica por ignorar siquiera que es el pecado.

2 En el circo, la familia de sangre es reemplazada por la familia artística. Aunque a menudo las troupes se promocionen como de parientes, lo mismo que bajo títulos de nobleza apócrifos, lo hacen más en nombre de una tradición que explica en la responsabilidad familiar el poner la vida en manos de otro durante los saltos mortales o la pirámide humana, que por una filiación común o un matrimonio que a menudo se ha disuelto salvo en la pista de arena. La resonancia extranjera de los nombres es necesaria para generar el plus de atracción que da la vida en el carromato y en la carpa. La nariz de goma o el minúsculo bonete funcionan en las fotos coloreadas de Estado de gracia como ese rasgo de familia de artistas que no necesita ni del parecido ni del ADN (en la película Popeye de Robert Altman, Popeye reencuentra a su padre perdido y lo reconoce por la pipa). La familia de artistas de Renata incluye a sus amigos como Gandhi, a sus amigos en el arte como Jean- François Casanovas, a sus perros como Lulú y sus fantasmas como el lienzo en blanco que sostiene una figura alada.

Jean-François Casanovas

3 Para los amantes de los loros, los loros no repiten, hablan. Para los escépticos, los loros no saben lo que dicen, pero tampoco dicen lo que saben. Un loro fue detenido en la ESMA por lo que, se sospechaba, pudiera repetir para identificar “subversivos”. Que el loro tenga como un ángel las plumas y la palabra, que pueda venir del cielo, confundieron a la criada Felicidad del cuento “Un corazón sencillo” de Flaubert: terminó adorando a uno. El loro es también el animal que, posado sobre el hombro, significa al aventurero, al pirata, al trashumante, ¿al artista? Trabajador, aprende a dar la suerte en las tarjetas de colores del organito. ¿Cómo no asociarlo al Arcángel de la Anunciación? Renata le da ese lugar, aunque también el del amante imposible pero apasionado: hay una insinuación de beso ardiente en esa boca ante la que se duda entre si está herida o se le ha corrido el rouge y ese pico de idéntico rojo sangre.

4 Lienzos plegados a la manera clásica para simular turbantes o cubrir el sexo; gorras de bañista que despojan de toda coartada capilar un rostro que transgrede el número de oro: bijouterie de mago (bonetes-pico, antifaces, auras), trajes de noche que representan, además, a la noche; vacilaciones genéricas vividas, al parecer, con alegría y aplomo; felicísimos amores interespecie; cajas que cobijan altares de una tradición popular imaginaria; todo parece pertenecer a la resaca de los sueños. El Estado de gracia no se obtiene aquí pasando por la confesión; es desde el vamos de una pureza y de una inocencia únicas.

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