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Domingo, 15 de mayo de 2016

FOTOGRAFíA > ENRIQUE METINIDES

ANTE EL DOLOR DE LOS DEMÁS

Reconocido en todo el mundo por su trabajo como fotorreportero de accidentes y catástrofes, una especie de Weegee latino, Enrique Metinides, autodidacta, supo darles a sus imágenes una sensibilidad autoral que hoy le ganó la categoría de maestro entre sus pares. Empezó a fotografiar profesionalmente a los 11 años, como continuación de un hobbie infantil que pronto lo convirtió en uno de los más destacados fotógrafos de “nota roja” de su país. Por estos días, su ciudad natal, México, homenajea sus 70 años de trayectoria con una muestra titulada El hombre que vio demasiado en el Foto Museo Cuatro Caminos. En esta entrevista el gran cronista urbano cuenta cómo llegó a intuir accidentes antes de que sucedieran, cómo fue ser un reportero niño que vio su primer cadaver a los 10 años y cómo sus fotografías ayudaron, incluso, a atrapar a asesinos.

 Por Romina Resuche

Por lo que él llama “coincidencias del destino”, Enrique Metinides fotografió accidentes de todo tipo, daños por fenómenos naturales y diversas escenas de crímenes durante muchísimos años. Fue su hobbie infantil, su trabajo de joven y adulto, su oficio de siempre y su juego también. No estudió fotografía en ninguna parte que no fuera la calle misma, el escenario de los hechos y se nutrió del cine para encontrar caminos hacia una imagen propia. Le interesaba que se viera muchas veces un elemento fundamental en todo accidente: los que quieren ver qué pasa o cómo pasa, siempre presentes, parte del asunto, ese constante público espontáneo. Empezó a trabajar oficialmente como fotorreportero ya entrada su adolescencia. Y situado en la labor, desplegó ahí obsesión, detallismo, poética, respeto al prójimo sin altruismo, cooperación y claros gajes y virtudes de un ejercicio y de él, de Metinides en particular, ejerciendo, ejercitando la fotografía de nota roja.

Dentro del periodismo mexicano, la nota roja se concentra en la violencia de ciertos sucesos, cubriendo desde consecuencias de incendios hasta asesinatos. Durante la Inquisición, los ejecutados en México llevaban una estampa de color rojo. Por eso, esta profundización de la prensa amarilla avanza en la gama cromática para describirse más carnal: es catástrofe, no escándalo. Siempre que termine trágicamente una vida humana o que ésta peligre, ahí estará el reportero de nota roja. Este género popular, que encuentra influencias en la literatura, en las artes plásticas y en los últimos años también en el cine, pasó de ilustrar narraciones con grabados figurativos a sesiones producidas que, como fotonovelas, intentaban reconstruir los hechos.

Desde los 9 años, Enrique Metinides jugó a usar una cámara (una Brownie junior) y los carretes que su papá le había regalado cuando cambió de rubro su comercio de fotografía turística por un restaurante. Fotografiaba lo que tenía a la mano: así, algunas fotos de autos chocados estacionados en el destacamento policial de su cuadra las sacó de chico. Retrataba el tranquilo momento posterior al impacto, el que muestra algunos rasgos del golpe, y avanzó de ese modo hacia la narración fotográfica de ese silencio enrarecido tras los ruidos de explosiones y rescates. Un día mostró sus imágenes a unos policías que frecuentaban el local de su padre. Para incentivarlo en su búsqueda, lo invitaron a la delegación. “Ahí retraté a mi primera persona muerta”, cuenta. Era la primera vez que veía un cadaver y fue la cámara quien lo acompañó en la experiencia.

Siguió persiguiendo accidentes algunos años más hasta que conoció a un fotorreportero del periódico La Prensa que al ver la calidad de su trabajo lo hizo su ayudante. “Me llevaba a las cárceles, a los hospitales, íbamos a ver a los jefes policíacos, retrataba incendios, detenidos, crímenes”, cuenta, apasionado. Mientras cursaba la escuela primaria, comenzó a hacer guardias para el diario dentro de la Cruz Roja y entró de lleno en la fotografía y en el género, aun manteniendo su impronta inocente, su romanticismo práctico. Era voluntario, no cobraba un sueldo, porque aunque era muy bueno en lo que hacía, era todavía un niño. De hecho ese es el apodo con el que lo bautizaron sus colegas: “El Niño”. “Me mandaban desde chamaco como único fotógrafo en todo México. Me subía a las ambulancias incluso, pero era yo menor de edad –11 años–; entonces el jefe me dijo que para continuar y tener la credencial tenía que hacer el curso de paramédico. Aprendí primeros auxilios y me tocaron seis casos en los que gracias a esos cursos que tomé pude ayudar a heridos que se salvaron gracias a mi intervención”, comenta, muy tranquilo.

LA CRUELDAD Y EL RESPETO

Ciudad de México, 1965

Con el tiempo, Metinides desarrolló la capacidad de intuir los accidentes. Cuenta que una vez supo de la caída de una avioneta en la ruta minutos antes de que le informaran que debía ir a hacer la cobertura y que sus compañeros hasta pensaron que era broma. “Pasa que estaba yo todos los días en lo mismo desde muy temprano hasta muy tarde –explica-, y juro que soñaba yo, inclusive, con casos. Como que presiente uno algo que va a suceder. Me pasó muchísimas veces”, concluye.

En su creación, nacida de la oportunidad de registrar hechos dramáticos, no se ocupó de suavizar lo cruel de cada circunstancia. Eligió cómo narrar la historia sin cambiar lo triste, lo condenable, pero teniendo siempre en cuenta el posible recorrido de esa imagen priorizando el respeto por la memoria de las víctimas. “Mis fotografías eran otro estilo: que no se viera el morbo, que no se viera sangriento, tenerle respeto a la familia. En un crimen, una vez, mi primera plana fue la bala sostenida por un agente: ‘la bala asesina’ se le puso de título. No publicaban la foto del cuerpo si no la foto de la pistola, de los peritos sacando huellas, el muerto tapado o visto de muy lejos. Yo siempre conseguía fotografías en vida de las víctimas, para no publicar fotos donde se viera el cadáver.” Las fotos más crudas existen, fueron hechas, pero quedaron en archivo.

Por esos días, el trabajo periodístico policial y el de los representantes de la ley era colaborativo. Metinides cuenta que dentro de esa red, que iba desde la presidencia hasta la policía de patrulla, todos colaboraban para esclarecer casos y que muchas veces gracias al registro de los reporteros se esclarecían crímenes o se identificaba al responsable. “Yo tomaba fotos del público que estaba presente y a veces ahí estaba el asesino, y desde encontrarlo en las fotos se lo detenía y mandaba a la cárcel”, ejemplifica.

Para alimentar su caudal de imágenes de referencia y afrontar la espectacularidad de su género, Metinides se nutrió del cine. “Veía muchas películas de aquel tiempo: de aventuras, de gángsters, de episodios policíacos. Entonces yo tomaba mis fotos como si fuera una película”, explica. Así moldeó la estética de su autoría fotográfica inconsciente, prescindiendo del horror pero no del dolor para las representaciones que le pedían. Aunque lo describen como alguien a quien la muerte conoce bien, a Metinides no le alcanza la vida para compilar, coleccionar y generar imágenes de tragedias más o menos espectaculares. Lo que hacía no era no ver la tragedia, era ver otra cosa en la tragedia. Si acaso su obra responde al sensacionalismo de base, es seguro desde las sensaciones variadas que logró registrar. La quietud, el final, la resignación, la sutileza posterior a la brutalidad. Lo bruto plasmado: implícita la sangre, enfocados el comportamiento y los gestos del sentir del hombre. Lo incomprensiblemente roto, lo inevitablemente muerto en una imagen que lo sobrevive.

EL POETA DEL DESASTRE

Jesús Bazualda, ingeniero en telecomunicaciones, se electrocuta fatalmente al tratar de cambiar una línea telefónica. Toluca, Estado de México, enero de 1971

A partir de cierto momento, comenzaron a llegarle otros reconocimientos –desde la presidencia hasta la asociación de periodistas de su país–, y premios, como el Espejo de Luz. Libros que compilan y estudian su trabajo fueron publicados por el Instituto de Cultura de la Ciudad de México y por editoriales como Ridinghouse de Inglaterra y Komminek Books de Alemania. La editorial estadounidense Aperture se encargó de editar el grueso de su fotografía en el magistral 101 Tragedies. El Foto Museo Cuatro Caminos, homenajea hoy al maestro con una enorme muestra que se extiende hasta el 21 de junio: El hombre que vio demasiado, que abarca su trabajo esde 1946 a 2016, con más de 120 imágenes. La curaduría es de la productora Isabel del Río y de Trisha Ziff, directora de La Maleta Mexicana y del documental sobre la vida de Metinides recientemente estrenado, también llamado El hombre que vio demasiado.

En 78 años, Enrique Metinides nunca viajó en avión, ni a ver sus propias muestras en Madrid, Arles, Londres o Nueva York; lo que más lamenta de no haber volado es no haber podido estar en grandes catástrofes en otras partes del mundo. Haciendo su trabajo, muchas veces ayudó, otras se arriesgó y algunas salió lastimado por estar cerca del peligro. Para hacer la toma que quería, se atrevía a todo. Superaba su terror, el que le quedó por una experiencia de cuando era pequeño y otros chicos lo desafiaron a colgar en el vacío desde una terraza. De ahí le quedó el vértigo, el mismo que lo hizo decidir no viajar a los países que admiran su fotografía como obra. “Yo tomaba las fotos desde edificios muy altos, desde un cerro o desde un poste, pero nunca me pude subir a un avión”, confiesa. “Trabajando pude haber viajado por todo el mundo, pero no. Y, sin embargo, hay personas que creen que ciertas fotografías mías son aéreas. Porque aunque me estuviera muriendo de miedo buscaba la parte más alta.”

Pese a su empeño y talento, sus fotografías no siempre eran aplaudidas puertas adentro de los medios donde trabajaba, pero eran las más vendidas a las agencias internacionales. Sus compañeros lo envidiaban y hasta hicieron trucos para que fuera despedido del primer diario donde fue empleado. La trascendencia de su trabajo era demasiado fluida para un universo que tantas veces hace uso de la competencia para sobrevivir. Esto le costó bastante, sobre todo en su juventud y así lo dice cada vez que puede: “En ese entonces, este estilo de fotografía no era para mí una profesión, ni yo la busqué. Sin querer, mis fotografías se fueron haciendo famosas. Pero si volviera a nacer no sería fotógrafo. Todo fue accidental. Un juego de niños.”

Adela Legarreta Rivas es atropellada por un Datsun blanco en la Avenida Chapultepec, México DF, abril de 1979

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