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Domingo, 23 de diciembre de 2007

EXTRAñA NAVIDAD, CON INGRID BERGMAN

Los hijos de Santa Claus

 Por Luis Gusman

Creo que el actor que trabajaba en Extraña Navidad tenía un leve parecido con Broderick Crawford, pero no era él. La película transcurría a mediados de 1940, el director era un imitador de Frank Capra, un director de clase B. Con respecto a la actriz no tengo dudas, era Ingrid Bergman. El rol de los padres de la protagonista estaba actuado por ese tipo de actores que a uno le resultan familiares, esos a los que se les ha visto la cara muchas veces pero de quienes nunca recordamos el nombre. Los dos niños estaban sacados del modelo típicamente americano, actores que con el tiempo terminan por desaparecer. El marido de la Bergman, un galán que usaba unos bigotes de la época, podría ser el rostro de Warner Baxter; el último miembro de la familia Davinson era un tío, hermano de la mujer, norteamericano del Oeste, un poco pendenciero y agresivo.

El paisaje apacible y quieto en realidad semejaba a un decorado, costaba creer que la película se había rodado en un escenario natural. Solvang era el nombre del pueblo real, un paraje danés perdido entre Los Angeles y San Francisco, en el llamado condado de Papá Noel. Una colonia danesa en medio del oeste americano, tan absurdo como eso. Una réplica perfecta con aire de pueblo nórdico, con sus molinos de viento y sus graneros.

La película situaba su comienzo unos días antes de la Nochebuena. Nevaba sin tregua. El cine siempre tiene sus trucos, ya que en ese clima benigno y mediterráneo sólo un efecto especial podía hacer nevar sobre el Valle de Santa Bárbara. Solvang parece surgido de un cuento infantil en medio de un bosque encantado. Las vidrieras de los comercios exhibían trineos de Navidad conducidos por Santa Claus y sus renos. Se respiraba un clima naïf en el movimiento de la gente, todos parecían buenos y había entusiasmo por agasajar al otro.

En algunas escenas se veía a la familia Davinson inmersa en los preparativos para la celebración de la Navidad. En ese hogar reinaba una armonía que se reflejaba en cada uno de los rostros. Dos días antes de la Nochebuena los padres de la protagonista cruzan el país para pasar la fiesta en compañía de sus hijos y de sus nietos. Nos enteramos de que la Bergman estaba casada con un bancario y que ella trabajaba de maestra. Todo en completo equilibrio, una buena postal de Navidad.

En un tiempo paralelo se veía que otro personaje se tomaba un micro en Los Angeles con destino a Solvang. Pero el relato abandonaba por momentos el rumbo de este hombre.

Los preparativos de la Navidad continuaban, nos enterábamos que a la cena de los Davinson estaba invitada una anciana misteriosa y solitaria, cuyo parentesco con la familia el espectador no llegaba a entender.

El forastero llegó por fin a Solvang. Miraba a su alrededor extrañado, era ajeno al paisaje. Supimos por sus sueños que había estado viviendo un tiempo en algún país tropical, que había trabajado bajo un régimen casi carcelario. Sus días transcurrían entre el trabajo forzado y la bebida. Esperaba alguna noticia. En una escena de la película se lo veía manteniendo un diálogo con el encargado del sucucho donde vivía. El hombre preguntaba si no había llegado una carta para él.

Esta espera creaba suspenso y me transmitía una profunda extrañeza el contraste entre la soledad de este hombre y la armonía que se vivía en la casa de los Davinson. De todas formas lo único amenazante allí era el clima. El informe meteorológico de la radio anunciaba una fuerte tormenta de nieve para el día de Navidad. Sin embargo, desafiando a todos los chicos soñaban con hacer muñecos de nieve.

La única mancha que padecían los Davinson era ese hermano descarriado y alcohólico, al que siempre se le daba otra oportunidad durante las fiestas. Había, eso sí, cierta tensión entre marido y mujer, quienes discutían por este hermano. Los niños, en cambio, lo adoraban. El tío traía la aventura a la casa cuando contaba sus viajes por el mundo. Era evidente que se trataba de un charlatán que nunca había salido de San Francisco, pero a quien los niños siempre le creían.

La víspera de Navidad el forastero se encontraba ya en el lugar. No había ningún hospedaje libre y recalaba en una pequeña cabaña lindante con la casa de la anciana que había sido invitada a pasar la celebración junto a los Davinson. La mujer había decidido pasar la noche de Navidad en soledad. El forastero tenía un plan. Así lo creí cuando lo vi parado contemplando la vidriera de un negocio que vendía adornos para la ocasión. Su mirada se detenía en una cajita de música. Una calesita con dos caballos. La compró. Antes de envolverla la empleada le hizo escuchar la melodía. Era una canción infantil. Aprovechó y le preguntó por un restaurante abierto esa noche de Navidad. La empleada se sorprendió por la pregunta. Era una fecha familiar y él no parecía saberlo. A la gente de Solvang no le gustaban los desconocidos. Igual, él se atrevió a pedirle a la mujer una guía telefónica y buscó una dirección. A esta altura de la película la intriga crecía, no sabía si se trataba de un buen hombre o de un canalla. Se fue del negocio con un traje de Santa Claus y una barba del color de la nieve. También compró unas chucherías que metió adentro de una bolsa. Ya en la cabaña y frente al espejo, se vistió de Santa Claus. Comenzó la recorrida. Primero, visitó la casa de la anciana, quien con recelo le negó la entrada. A cambio, él le entregó una sonrisa como regalo. La peregrinación por el pueblo no fue muy exitosa. Para los niños era un Santa Claus convincente pero nadie lo invitaba a quedarse por mucho tiempo. Su suerte cambió en casa de los Davinson. Allí lo invitaron a pasar la velada, se la pasó rivalizando con el tío contando hazañas y aventuras. Recordó que hacía tiempo que no pasaba una Navidad con nieve. A medianoche juega su papel de Santa Claus y entrega los regalos a los niños. Con especial interés le entrega a la mujer la cajita de música. La melodía infantil turba y emociona a la protagonista. El forastero se pierde en la nieve. La Nochebuena ha llegado a su fin.

Cuando la mujer se queda sola, abre la cajita y comienza a escuchar una y otra vez la música. Mientras la escucha, en un flashback se lo ve al forastero joven escapando de la policía en un coche; y a ella, también muy joven, refugiándose en la pieza de sus dos hijos... Lo había reconocido inmediatamente cuando él entró en la casa, pero no llegamos a saber si por piedad, por amor o por venganza no se atrevió a decirle ni a decirles al resto de su familia que ese forastero era el padre de sus hijos. Sí recordó en el momento en que el auto de su hermano arrancó para acompañarlo hasta su cabaña, otro auto huyendo como una cucaracha negra en medio de la nieve. La música terminó y ella se dirigió hacia la habitación de sus hijos para contemplar cómo dormían. Los besó. Caminó unos pasos hasta la habitación matrimonial. Se acostó junto a su marido. A esta altura de la noche el forastero ya se había despojado de su traje de Santa Claus y preparaba una valija.

La película era un poco sentimental. Siempre supuse que el guión lo había escrito una mujer. En algún lado leí que en Solvang vivía Patricia Hitchcock. Pensé en esas iniciales: PH y deduje que tanto ella como Patricia Highsmith podrían haber escrito esta historia llamada: Extraña Navidad.

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