CULTURA / ESPECTáCULOS › DUEñOS DE LA NOCHE, UN FILM SOBRE NARCOTRáFICO Y MAFIA RUSA

Dos hermanos en un policial de factura clásica

 Por Leandro Arteaga

Dueños de la noche. EE.UU, 2007

Dirección y guión: James Gray.

Intérpretes: Joaquin Phoenix, Eva Mendes, Mark Wahlberg.

Duración: 117 minutos.

Salas: Monumental, Del Siglo, Showcase, Village.

8 (ocho) puntos

Los planteos simétricos son habituales en el cine policial. Perseguido y perseguidor se corresponden, se repelen, se necesitan. En el caso de Dueños de la noche la dualidad es de carácter familiar. Dos hermanos. Uno: policía como su padre. Otro: vida licenciosa y despreocupada. En los papeles: Mark Wahlberg y Joaquin Phoenix. La advertencia queda hecha: tarde o temprano -le dice el primero- deberás elegir en cuál bando estar. Esto es como una guerra. El narcotráfico está de por medio. Y la mafia rusa es su agente. Su centro de operaciones: la disco bailable en la que trabaja el hijo descarriado. Como una situación espejada, ambos hermanos se miran y reconocen negativamente. Se ponen a prueba y provocan la situación límite.

Mientras, el padre policía (Robert Duvall) trata de sostener el equilibrio familiar. Y todo esto ocurre pausadamente, sin desbordes. Con una narrativa que asombra desde un pulso, podríamos decir, clásico.

Porque en Dueños de la noche no existe exhibicionismo de cámaras inquietas o montaje hiperquinético. Todo lo contrario. Hay un planteo narrativo que se desarrolla sin sobresaltos, desde una concepción de guión clara. Con momentos sobresalientes. Es lo que ocurre cuando se produce la balacera callejera entre los automóviles, en el medio de la lluvia. El trabajo sonoro es magnífico. Provoca la vivencia de la situación.

La droga corrompe el organismo. La policía procura evitar la infección. El cuerpo social es invadido por criminales organizados. Submundo que opera fantasmáticamente. En este caso, la mafia rusa. El suelo norteamericano sufre la presencia peligrosa de quienes ven allí oportunidades de poder. Agentes para el destrozo de los vínculos sociales. En otras palabras, y como habitualmente ocurre en el cine norteamericano, los peligros son foráneos y provocan una amenaza latente. De esta manera, el film se estructura desde otra dupla simétrica y de características históricas: norteamericanos/rusos.

Destaca, sin dudas, Joaquin Phoenix. Aquí ligado a un papel que le obliga a problematizarse, a debatirse entre dos mundos. A asumir responsabilidades y a equilibrar una balanza que peligra. La cicatriz de su labio leporino aparece más nítida que en cualquier otro de sus films. Como si fuese la metáfora del hombre marcado. Así como ocurría, desde otros parámetros, con el Tony Camonte de Paul Muni en Scarface (1932), de Howard Hawks. La cicatriz es marca que desdobla, adorno del que se ha valido el género policial para adornar a cientos de personajes. Basta que Ed Harris quite sus lentes negros en Una historia violenta (2005, David Cronenberg) para que asome su costado retorcido.

Y por si fuera poco, en Dueños de la noche lo volvemos a ver a Tony Musante. Todo un regalo.

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El elenco elegido por James Gray es todo un regalo.
 
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