CONTRATAPA

Diario de las idolatrices

 Por Sonia Catela

Diciembre de 2007. Desembarcamos en esta isla complicada, de clima y temperamento agobiantemente tropicales, nosotras hermanas de la Congregación de las Idolatrices de la S.S. Caridad, venidas de España en condiciones estrechas, sin recursos excesivos pero con una misión afilada y certera: redimir prostitutas. Sacaremos a esas mujeres de las garras del vicio, y las convertiremos en amas de casa con derecho a pasearse por un shopping los domingos, como dios manda.

Y sumando el apoyo de las nativas que vamos captando, la cálida recepción de los pobladores, las fuerzas con que nos alienta el resto de las casas que la congregación destaca en el mundo, cobramos impulso y nos ponemos en acción: esta primera mañana de trabajo, la nueva recluta Teresita, y yo, salimos a recorrer ese sitio propicio para la depravación que es el puerto, en cometido de inspección y diagnóstico; relevamos cada lugar donde podrían operar las desdichadas (el bar Albatros, el alero sur de la aduana, los silos, el muelle de barcos de cabotaje, el rincón oficial de descarga de orina de los marineros, al estar de las miasmas que exuda una determinada esquina). En vano.

"¿Dónde putas están las putas?" se desboca Teresita que no se habitúa a despojarse de la jerga mundana y vulgar. "Hermana, el lenguaje; persignación, hermana". Un par de horas después, sudadas y ampolladas, victoria. Hallamos la primera sospechosa. Con un "buenos días" cargado de redención nos presentamos; la trotacalles, una morocha abundosa, apoyada en un poste de alumbrado, nos responde exhalando un exabrupto. Pero nos han entrenado para tener paciencia frente a los desplantes de estas reas del señor aunque quizá esa erupción con que nos saludó se la provocó la acumulación etílica o tal vez eructar sea una rutina propia del lugar, rutina que anoto en la columna de "probables costumbres lugareñas", "hermana, ¿cómo te llamas?", ante una mirada que no se aparta de la plancha de descenso que se acciona en el vapor que acaba de anclar, insistimos, "tu nombre, hermana"; gesticula como los mudos; busca alrededor, y nos señala un cartel de publicidad; leo: "Laila". Seria, ella se señala el pecho; Laila, repito. "Pues que tenemos talleres de rehabilitación, en los que enseñamos chocolatería y confección del vestido y manualidades y peluquería y otras actividades decentes. Te invitamos a incorporarte a nuestra cruzada de rehabilitación". Laila hace un gesto de "déjenlo así" pendiente del vapor y su clientela. Triste espectáculo. Venimos de España y sabemos que nos enfrentamos a una misión difícil. La invitamos a visitarnos en el templo; la sierva descarriada pasea un cigarrillo cerca de su boca roja y un señor le acerca el encendedor. Pactan algo a señas. Me interpongo para evitar que Laila se entregue a su penosa fatalidad. Con un firulete me esquivan. Se alejan abrazados. Sin embargo, la derrota no es una variable para nosotras, las Idolatrices. Dedicamos el resto del día a buscar barraganas en sitios abiertos o escondrijos y seguimos durante la noche recorriendo callejas y antros diversos, pero no hallamos otra mujer en riesgo para rescatar, fuera de la muda terca.

Con esa ausencia, poblamos malamente nuestros talleres de reinserción social: unas damas de buena sociedad que vienen a hacer número para apuntalar el espíritu, unas niñas lelas, alguna interesada en hartarse de confituras, unánimemente aceptadas que todos los caminos llevan al señor. Pero las niñas lelas queman sistemáticamente los dulces y hay que comerlos amargos y alabarlos, loados sean los designios de las alturas. A Laila la vemos cada mañana, para insistir que retome el camino de la redención. Es el objetivo, no podemos claudicar. Venceremos. A veces la entrevistamos por la noche. En ocasiones, antes del Angelus.

Preferentemente al mediodía. Con regularidad al alborear. Nuestra misión nos absorbe la jornada entera. Al divisarnos, la meretriz recula, corretea, se esconde. Pero con paciencia logramos en cada caso hallarla y verter nuestro mensaje. "Talleres de fabricación de camotes en almíbar, de ositos peluche, de planchado de pañales".

Sistemáticamente la muda halla un brazo masculino del que colgarse y se aleja, dejándonos palabra en boca. Analizamos cursos de estrategias con la superiora. ¿Qué ofrecerle, con qué iluminarla? Pero al día veintidós, milagro. Laila se da vuelta, nos mira abiertamente a los ojos, y por primera vez, habla. Aleluya. Dice: "yo estoy en horario de trabajo, chicas. Turno mañana". "¿Turno mañana?", "Sí, ¿y es que no tenéis putas suficientes en España para redimir? ¿no os alcanzan? ¿por qué carajo os aparecéis aquí a joder, puerca jodienda? Volveos a la Patria y ocupaos del puerto de Cádiz o del que mejor os caiga a vuestro culo santurrón. Coño".

Putas (ay se me escapó) la única meretriz de Cuba y es española. ¿Y ahora? ¿Qué dirá la Generala de la Congregación cuando se entere?

*Cualquier parecido con hechos reales debe atribuirse a la casualidad.

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