CULTURA / ESPECTACULOS

En busca de respuestas a la sonrisa de La Gioconda

¿De qué se ríe La Gioconda? A partir de esa duda universal, Elena Guillen en la actuación y Ricardo Arias en la dirección construyen una puesta vibrante sobre el amor y el desencuentro.

 Por Julio Cejas

El arte siempre ha estado ligado al misterio y a las percepciones ocultas que todo artista despliega no sólo sobre la realidad sino sobre sí mismo, encontrando en esta actividad uno de los móviles más potentes a la hora de conectar con un receptor que hace un proceso parecido cuando trata de interpretar la obra, más allá del primario "principio del placer". Para dar cuenta de Como la Gioconda, espectáculo interpretado por la actriz Elena Guillen con dirección de Ricardo Arias, hay que desentrañar en principio el proceso de trabajo en el que convergen dos líneas de abordaje bastante particulares y que se corresponden con la forma de trabajo propias de estos dos artistas.

La obra se puede degustar de todas maneras, pero el sabor no será el mismo si el espectador no registra el desafío que implica para la actriz reconocida por su clownesca y divertida Budineta, el abordaje de un itinerario dramático que le permite encontrar facetas ocultas de un personaje que quizás tenga mucho de ella más allá de las técnicas utilizadas.

Por otra parte, Ricardo Arias -viene trabajando tanto como actor (Medea) y director (Mujeres Oscuras; Morir, Morir) en proyectos que tienen mucho de tesis escénicas acerca de lo femenino- va a enriquecerse a partir del intercambio con una actriz que le propone cierta tensión desde su propia formación actoral. No es casual entonces que sea el nombre de la Gioconda el que bautice esta búsqueda del lado oscuro de una mujer, no puede existir un ícono más cargado de misterio que la famosa creación de Leonardo Da Vinci.

Por otra parte habría que reflexionar acerca de la importancia que tiene la risa en el papel de construcción de la estrategia de una actriz como Elena Guillen, alguien acostumbrado a sobrevolar las piruetas riesgosas de la carcajada. Cuántas veces nos hemos preguntado: ¿de qué se ríe La Gioconda? Será una risa o será una mueca confeccionada por el propio creador para que no podamos entrar de lleno en el misterio de su vida. O como en el caso de la protagonista de la obra, que se empeña en mostrarnos una risa impostada por una dentadura clownesca, un gesto que se irá quebrando al ritmo de la música de Chopin.

Se puede entonces construir una poética teatral a partir de los signos escritos en el cuerpo del actor. Seguramente Ricardo Arias se habrá preguntado en algún momento: ¿Por qué se ríe Budineta? y la actriz podría haberle contestado -como lo hace en escena- para no demostrar que también su "corazón sangra", como el de Chopin.

Es en esa cuerda que se tensa en el complejo vínculo entre la actuación y la dirección, donde el teatro genera sus más perturbadores diálogos hacia adentro y afuera de su propio entorno de producción.

Mucho más riesgoso es cuando el trabajo adopta la forma del unipersonal, porque es donde aparece con mayor despojamiento esta relación, la cuerda allí es sostenida totalmente por el actor y Elena Guillén demuestra que su cuerpo está preparado para hacerse cargo de todas las tensiones que le propone el juego de la dirección.

Todo lo demás es la historia de una mujer que irá desflorando su vida a partir de un viaje interior que la conducirá desde el jardín de su infancia a los años juveniles en una encendida París donde amará a Leonardo entre los estertores de un tiempo en el que las paredes proclamaban: ¡La imaginación al poder!

Un recorrido interesante que por momentos se enriquece con imágenes de alto contenido poético sustentadas fuertemente por el manejo escénico de Elena Guillen, que canta, baila y se desplaza contagiando al espectador.

En otros pasajes el texto se ancla en algunos lugares de menor sorpresa y contribuye a ralentar una propuesta que no genera la misma intensidad en la recepción. En todo caso Como la Gioconda se valida a partir de la experimentación que se muestra en la permanente construcción de un lenguaje dramático basado en el desgarramiento de una mujer que elige precisamente la actuación para reflexionar acerca del amor y el desencuentro; tópicos que no siempre asoman en las maquilladas máscaras de las relaciones humanas.

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Elena Guillén demuestra capacidad para hacerse cargo del papel. Responde a todas las tensiones que le propone el director.
Imagen: Alberto Gentilcore
 
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