CARTELERA

Papel prensa

 Por Bea Suárez

Una señora limpia los vidrios de una casa en el barrio.

Con un flit raro y papel prensa. Flit primero más bollos y bollos de diarios, papel adecuado sin pelusas de opacar.

Con la tapa de Página/12 seca el grueso, la cara de Cristina y varias palabrotas arrastran agua y un aceitoso jugo con mugres cotidianas, de alguien cuyos dedos tocaron la ventana.

El papel prensa es muy útil en estos casos de limpieza profunda de vidrios el día general en que la casa debe quedar impecable.

Limpia el ventiluz del baño con los policiales, cuelga Elisa Carrió por los repartidos de la puerta.

La señora no mira ni lee: hace, seca, puntillosamente espera que la nariz de Messi no deje marcas en el marco.

Luego se mira. La miro mirarse. Repasa con los clasificados pero no queda bien, entonces reafirma con avisos fúnebres.

De pronto pela una contratapa y veo que es una mía que escribí hace años, saca gotita por gotita con lo que hube escrito. Le sirve de algo a alguien.

Va al primer piso, siguen las oficinas, Blindex sucios de chupetín. Moja, doméstica y hermosa, y de una canastita sale el papel prensa.

Destruido queda un suplemento de automovilismo, un BMW se abre paso a la grasa caprichosa y arbitraria, queda mojado el caño de escape en la bolsa final de los residuos.

Seca con nombres de poetas, traductores, nombres de gatos, goles, recetas de cocina, seca con propagandas de aspirina, vocablos abstractos, hiperrealistas, grupos de música psicodélica que llegarán a Rosario pronto. Las leonas también secan. Bochazos de la Lucha Aymar repasan picaportes.

Por fin el papel prensa, con su desbordado castellano, deviene en armonía artística para esta señora, y deja los indescifrables conflictos.

Ella se pone vieja, los vidrios brillan, van al container títulos, subtítulos, pirulos, gacetillas, publicidad de matapiojo; el papel tiene por fin valor específico.

Todos a la cuneta, a la fogata, las noticias colgando como el cordón de algún zapato.

Podría llamarse Sonia, Laura, Elena o quizás Amalia.

Sale. Le pagan diez la hora.

Nadie preguntó sobre si esta alpinista de sílice le dio importancia más a la mugre que al pensamiento.

Todo quedó muy bien.

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