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Martes, 10 de noviembre de 2009

CONTRATAPA

Alguien que me sueña en Estocolmo

 Por Gary Vila Ortiz

Sobre los sueños se ha escrito, quizá, demasiado. Se encuentran páginas fundamentales, como las de La interpretación de los sueños (1900) de Sigmund Freud; algún cuadro que se parece a un sueño, "Las mariposas del Everest" de William Dexter; un film probablemente memorable, Dreams that money can buy (Nueva York, 1945) de Hans Richter; ciertos sueños proféticos que abundan en las páginas de numerosos libros (el tan famoso sueño de Chuang Tzu, que soñó que era una mariposa, o aquel de una mariposa que soñó que era Chuang Tzu). No son pocos quienes han escrito textos en los cuales dicen ser sencillamente el sueño de otro y que si ese otro despertara ellos desaparecerán de inmediato. Hay sueños muy tristes como aquel de Philip Marlowe, quien mientras sueña escribe un poema muy bello y al despertar se da cuenta de que lo ha olvidado para siempre.

Borges escribiría que ha fatigado el tema de los sueños. Me detendré en una "pieza" suya incluida en Otras inquisiciones. "El sueño de Coleridge" fue escrito en 1951 y apareció por vez primera en La Nación el 18 de noviembre del mismo año, que es además el de la primera edición de Otras inquisiciones realizada por Sur. Intentaré ser preciso, aun cuando la precisión sirva de poco o nada para los sueños: el libro editado por Sur se terminó de imprimir en julio de 1952, lo cual le permitió a Borges agregar nueve de los once trabajos que publicó en 1951 y el epílogo, que data de junio de 1952. Coleridge sueña su fragmento lírico "Kubla Kahn" en uno de los días de verano de 1797 pero recién lo hace conocer en 1816. Fue en el siglo XIII que "un emperador mogol sueña un palacio y lo edifica conforme a la visión". En el siglo XVIII, un poeta inglés que no pudo saber que esa fábrica se derivó de un sueño sueña con esa construcción y la describe en un poema. Borges habla de varias conjeturas al respecto pero dice que "más encantadoras son las hipótesis que trascienden lo racional". Borges da cuenta de otros casos similares: el de Giuseppe Tartini, que soñó que el diablo ejecutaba una sonata, de "cuyo imperfecto recuerdo" dedujo el compositor su Trillo del Diavolo, o el de Robert Louis Stevenson, a quien los sueños le trajeron los argumentos de Olalla y de Jekyll y Hide.

Creo que solamente en este país donde vivimos se les han dado números a los sueños. No a la acción que el sueño tolera sino a algo preciso que vemos en cada sueño: alguien que ya murió y nos habla, una tropilla de yeguas alazanas, una mandarina, los enanos de Blanca Nieves con galeras negras y altas, un mono en un árbol enorme. Todo esto corresponde a un número. Lamentablemente esa invención no es una pura elucubración mental sino que tiene un propósito de lucro: se trata de tener dos cifras de las tres que habitualmente se juegan a la quiniela. Como no uso Internet y mi biblioteca está reducida en gran parte (fue alejándose y perdiéndose en los laberintos del amor), ignoro quién inventó el juego de la quiniela. Pero he llegado a saber que en España, o al menos según un diccionario español de mediados del siglo pasado, la quiniela era un juego de pelota entre cinco participantes. No se nos dice allí en qué lugar se juega. Debo suponer que en el patio interior de una casa o en la calle. Tampoco el procedimiento del juego: sólo sabemos que comienzan dos y que el que pierde el turno deja lugar a los otros jugadores; así se va repitiendo hasta que uno logra el número estipulado para declarar un ganador. En ese mismo diccionario se aclara que en la República Argentina quiniela es apostar por los últimos números de la lotería.

Estos apuntes que trato de ordenar no fueron dictados o vistos en algún sueño; acaso hayan llegado una de las tantas madrugadas de insomnio, colándose por los fragmentos de las películas que nunca consigo mirar completas. Varios films de ciencia ficción, o que llamamos así, tratan el tema de los sueños: en este alguien se mete en el sueño de otro; en aquel una dama silenciosa le roba los sueños a un anciano menesteroso y ciego que dormita en la cortada Villalobos pero que en realidad es Tiresías transformado en un inmortal. En un tercero, todos los personajes son seres soñados por otros tantos soñadores. El argumento es tenebroso. Pese a que cada uno de ellos, los protagonistas, son sueños de otro, finalmente terminan muertos, lo que ocurre, lógicamente (mejor sería decir obviamente) al despertar quienes los sueñan. Ahí termina el film. Mostrando la cara de horror de cada uno de los soñadores. En un cartel de créditos, al final, se aclaraba que había una segunda parte. Nunca la vi. La película había sido realizada en una coproducción de varios países hispanoamericanos. La acción, si mal no recuerdo, transcurría en varias ciudades y, aunque parezca increíble, una de ellas era Rosario. Verla fue como un estremecimiento. Sentí miedo y pensé (pero ya estaba considerablemente influenciado por Borges) que yo era también un ser soñado por otro y mientras salía del cine San Martín se me ocurrió que ese otro me estaba soñando en Estocolmo. Ignoro si ya se ha despertado.

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