CONTRATAPA

Carne secreta

 Por Sonia Catela

Como un administrador de mi apetito, Amado me somete a dieta sin permitirme siquiera que le pase, a contrapelo, el reverso de la palma sobre su tórax, ¿poblado por un oscuro bosque de vellos? ¿lampiño? al menos me concediera una deleitación voyeurista sobre sus miembros, ponerlos en mapa, piernas, brazos, omóplatos, pelvis, arrancarles los velos. Me recargo en el plátano de calle Buenos Aires; esperamos el 110 que nos llevará al río. Intento desabrocharle el puño. Me aparta la mano y lame la punta de mi pulgar. El momento se corta con la llegada del colectivo. Subimos.

La piel de Amado es morena; su rostro y el trozo de nuca es lo único que él coloca a la luz de la superficie de este mundo, el resto de su cuerpo, envuelto, podría llevar lunares o escamas que no he de enterarme. Me abraza forcejeando entre el manojo de hombros y codos. Amado mantiene su camisola inviolable, único botón al cuello; pruebo ese pasadizo, trato de aflojarle la presilla: que le dará cosquillas, me frota con su pómulo, me ama, asegura, pero su mentón, frontera custodiada por gendarmes humillantes, sólo me despacha a destajo sus labios. Un barquinazo y es su rescate de mi colisión contra la panza inflada del pasajero que dormita en su asiento.

Por las noches, en el extremo sur, del cierre del pantalón deja brotar su largo fruto cuando acaricia mis piernas en el pasillo oscuro, "ganas no me faltan", insiste cada uno de sus gestos, "te quiero". Por el momento renuncio a explorar la línea alambrada a la que no me permite acceso. Extiendo la estera sobre la arena sucia de la Florida. Busco el protector solar. El toma el pomo y me unta, piel a piel, "¿No te pensás meter en el río?", indago. "Después". Registro el modo en que Amado esconde su cuerpo en esta y cada situación; se empaqueta en prendas de mangas largas y anchos pantalones, sustrae sus piezas anatómicas y las retacea con eficacia tanto en la facultad como en la margen del Paraná ¿No hay bochorno veraniego que lo desnude? ,"vamos, bautizate en las cristalinas aguas", los camaradas lo azuzan, lo cercan, lo arrastran unos metros para zambullirlo, pero él se desase y escapa; desde la rala sombra del sauce donde se tiende, agita un libro que supuestamente debe terminar antes de mañana; enamorada de Amado con antigüedad de sentimientos, ¿qué oculta? quisiera deshojarlo como a una magnolia pulposa, simplemente frotarme contra el pecho que ni siquiera conozco. Esta tarde me cruzo a la casa de los Muñoz a charlar con su madre, "Señora ¿Amado lleva alguna cicatriz que lo avergüence? Porque ni en el balneario se desviste", y con lo que dice doña Matilde, completo la ficha de señas particulares de mi hombre, nada de añejas quemaduras, deformidades, manchas, mutilaciones, la normalidad en persona, "¿por qué preguntás, Carina?", aunque la mujer disimula, se advierte que el tema le desagrada, cómplice de algún secreto a resguardar. Y mi propia progenitora, quien recorre las lejanas órbitas de sus astros: "¿si pasó algo raro con ese chico Muñoz? Alcanzame la harina, no que yo sepa", ratifica.

Este atardecer, cita con Amado y son besos como caracoles que merodean, se mojan, se pegan a las paredes de carne de cada uno, nos trepan; "vamos a un motel", propongo, si él tampoco da más; "sabés que mañana tengo clase a las siete", rehuye. ¿A qué le tiene miedo?

Durante las noches del verano, los Muñoz dejan abierta la alta ventana antigua que da a la calle; ¿qué puede pasarme? soy como de la casa, veterana de pasillos y vestíbulos, recodos y recintos amplios, el patio, el retrete; me cuelo con nervios, pero arribo a destino. El cuarto de Amado, a puertas clausuradas, ruega por una corriente que lo ventile; me ubico al costado del que sueña; reconozco su camisola, la que esta vez no lleva ataduras o lazos; sus piernas, desnudas, se mueven apenas, atractivos animales perezosos; tanteo con precaución esa muselina que flota sobre su tórax, el último velo de mi musulmán del vestuario.

En su espalda palpo como un par de bracitos. Levanto la tela. Ah. Alas. Un par de alas florecen sobre sus omóplatos. Son carnosas, recubiertas con plumitas claras del tamaño de las que pierden las palomas o los gorriones en sus revolcones, y una suele recoger en las calles. De rodillas, pegada a la cama, las extiendo; su envergadura, similar a las que portan las gaviotas. Seguramente no le alcanzan para un vuelo a mi Amado. Bellas. Me meto en la cama y me ajusto contra el perfil del durmiente. En un abracadabra abre los ojos. "¿Y ahora qué?" su voz, minúscula, a la que le doy aire: "Sos hermoso". Mis dedos levantan las plumitas. ?Tanto?. "No me avergüences, Carina". Empiezo a consumar la demostración de lo contrario.

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