CONTRATAPA

La motokera

 Por Oscar Belbey

Contiguo a los bañados del río Salado está afincado el asentamiento, barrio periférico con una gigantesca cava con agua podrida. Antiguamente funcionaba allí un horno de ladrillos. La proliferación de alimañas es un atentado contra la salud de los más pequeños. Ellos juegan inocentemente entre los yuyales; ratas del tamaño de un conejo, caranchos en búsqueda de animales muertos; reptiles, víboras, perros cimarrones dramatizan la visión de cualquier visitante.

En épocas de intensa lluvia los precarios ranchos se inundan, sea por el agua que cae del cielo, sea por el excedente del zanjón de pequeñas dimensiones a cielo abierto que corre junto a las viviendas, generalmente tapado por basura.

El piso de la casa es de tierra. Desde el interior se puede ver el cielo a través de las hendijas que hay en el techo, chapas obtenidas de una vieja construcción ferroviaria. Las paredes son de bloques de cemento y arena, fabricados por los vecinos en forma cooperativa.

Sus habitantes son una familia de nueve hermanos, cinco mujeres y cuatro varones. El padre de familia, fallecido hace un par de años de tuberculosis; la madre con cuarenta y tres años, prostituida desde su adolescencia, hoy satisfaciendo los deseos de camioneros y pervertidos en las rutas.

"Tengo que soportar cada asqueroso por unos pocos pesos para poder darles de comer a todos ustedes", dice Francisca, rememorando la protagonista de la canción de León Gieco.

La mayor de las hermanas mujeres, Yolanda, acompaña a su madre en su tarea rutera; fue violada por un vecino cuando tenía diez; sus hermanos Gerardo y Segundo buscaron venganza y lincharon al vecino, un desocupado de 40 años que mostraba interés en enseñarle a leer a la pequeña. Por este hecho los mayores están presos en la cárcel de Coronda; esperan que el año próximo puedan salir en forma condicional por buena conducta. Hace un tiempo salvaron la vida circunstancialmente en el motín donde fueron asesinados 14 presos por causas aún investigadas.

En la primera visita, posterior a los crímenes, Gerardo contó a sus hermanas: "El quilombo fue favorecido por complicidad de los milicos, que hacen negocios con un sector de reclusos peligrosos".

Su hermano Segundo acotó: "Estos venden drogas, prostitutas, visitas íntimas y también acceso a pabellones más seguros, como los de la iglesia evangélica, que a su vez también cobran su peaje".

"Los penitenciarios, para saldar una cuenta pendiente con algunos reclusos rebeldes, les dieron zona liberada a varios presos y estos asesinaron uno por uno a quienes previamente habían sido señalados", expresó Gerardo con temor a que los próximos pudieran ser él y su hermano.

Allí todos se llevan su tajada, el complot es algo así como una cooperativa entre un grupo de penados, penitenciarios, políticos, jueces, abogados y los pastores del reino de dios; los que perdemos somos los presos y nuestras familias. Ahora nos piden cinco mil pesos a cada uno, si no somos boletas. No sé cómo, pero nos tienen que conseguir las diez lucas. El que no paga no pasa este mes, nos sentenciaron.

La tercera hermana mujer es Leticia. Es una morocha delgada, de buena complexión física, rostro serio, necesario para hacerse respetar en el barrio y en el trabajo. Unas horas de gimnasio y práctica de sipalki y karate han modelado su cuerpo y a su vez le han dado seguridad.

"Pero por qué no se quejan, ¿quieren que vaya a las radios a contar esto?", dijo a sus hermanos.

"Pará loca, que nos cortan en pedacitos, acá no tenés para dónde disparar y si uno te ofrece fugarte es porque te están esperando para fusilarte en la salida, y eso lo usan para escarmiento de los demás, como en ese motín preparado", le susurra Segundo.

"Pero de dónde vamos a sacar esa guita, son diez lucas, no tenemos ni para comer en casa", suplicó su madre.

"Estamos en las manos de ustedes, si no conseguimos al menos la mitad pronto y el resto después, somos cadáveres", dice Gerardo.

"Qué hijos de puta, y luego dicen que los meten presos para que se eduquen y reflexionen", se queja la Leti mientras se retiran del penal.

En el barrio nadie se mete con ella, dado que el temor que infundieron sus hermanos con el linchamiento del vecino, generó espanto en cualquier joven que pretendiera acosar a la Leti y sus hermanas. Eso le dio tranquilidad dentro de su feudo, aunque por el mismo motivo tampoco ha conseguido el amor que procura su ilusión juvenil.

"El trabajo de reparto es bastante duro, sobre todo para una mujer, pero es algo digno", dice la piba a su vecina, compañera de estudios.

"¿Es verdad que te quisieron violar y le diste una paliza a unos pibes del centro?", la interroga su amiga del colegio nocturno, donde aspiran a obtener el título secundario.

-Viste que no estaba viniendo al colegio porque había encontrado un trabajito de motokera en un bar por las noches. Hace un mes unos rugbiers quisieron violarme. Llamaron al boliche pidiendo unas pizzas y cervezas para un departamento a dos cuadras de la peatonal, seguramente me creyeron fácil.

* Fragmento del cuento "La motokera" del libro Los Olvidados.

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