CONTRATAPA

Mundial 78

 Por Adrián Abonizio

La revistita hecha a mimeógrafo se lamaba "Aguijón" y lucía debajo, en una aclaración cándidamente furiosa "!Un pinchazo donde más duele!". En la contratapa habíamos dibujado a un futbolista argentino con pata de palo y tuerto con el encabezado de "Mundial 78". El original lo llevaba encima Juan el día que lo levantaron. Al Enano lo habían ido a buscar hasta con los tanques y se despidió de mí para embarcarse a España una mañana lluviosa en la Plaza López, con un camouflage que advertía que quería pasar inadvertido. Luego, solo, anestesiado por el pánico, en vez de huir hacia los confines fui hacia el centro de la garganta del dragón: Buenos Aires. La casa pertenecía a un partido de izquierda y estaba marcada a fuego hasta para las palomas. Fueron abandonándola y me quedé solo a esperar lo peor o dejarme llevar por el destino. Una mañana descubrí tarros de pintura, un pote de enduido, una espátula y un gorrito de pintor, entonces para borrar la histeria me puse a descascarar una pared lateral y emparchar luego los huecos. En eso estaba: unos golpecitos a la puerta del departamento de escalera. Abro y dos tipos de Migraciones y atrás, hacia abajo, apostados como en un film de guerra, el Ejército Argentino en maniobras. Ni un golpe, ni un apretón; me exigieron el DNI y el motivo de mi presencia allí. Me presenté con ayudante de pintor de un tal Sergio que vivía cerca de la cancha de Atlanta y que mi trabajo consistía en llegarme todas las mañanas, extraer la llave de debajo de una maceta de la entrada y ponerme a preparar las paredes. ¿No pueden hacer algo para que cobre? Acá volaron todos, había unas minas y un tipo pero se fueron todos y mi Jefe está en una obra, por eso, me ocupo yo y me dejaron de seña. Todo de corrido, con el documento en la mano, reclamándoles protección a quienes podían chuparme de un soplido. Hubo desconcierto, conferenciaron en la cocina mientras yo seguía, radio encendida al lado en mi tarea. Bajaron. Si sabe algo nos avisa. Vamos a estar siempre abajo, todos los días. Efectivamente, desde la ventana alcanzaba a ver la cola de un Falcón y la trompa en diagonal de un jeep verdoso. Al ratito, puse el poco dinero en un bolsillo, dejé lo que me quedaba de ropa y tracé el plan. Descendí vestido, manchado de pintura y apenas a un metro estaba la verdulería donde compré unas manzanas y me senté en el rellano a masticar, como quien está en la pausa del mediodía. El Falcón estaba ahí cerca, en la ochava con su trompa asomando. Luego, me desperecé y caminé otros cinco metros hacia el kiosquito y compré un cigarrillo suelto que fumé con actoral fruición. Llevé otros metros más hacia Viamonte los cabos inútiles de las manzana hasta un tacho y me crucé de vereda.

Llegué a la esquina sin aire a pesar de caminar lento. Me colgué de un 29 que pasaba. Pagué y me senté detrás, con una manzana en su bolsita, la espátula aún en la mano y el gorrito de Dixilina. Había un partido: masas de porteños en las vidrieras o dentro de los bares, expectantes mirando hacia el televisor. Fin del recorrido, me gritó el chofer a través del espejo. Descendí. Como el jugador de la contratapa de Aguijón me había quedado sin piernas. Allí estaba el Hotel para Inmigrantes, en la vuelta de Rocha, el Riachuelo de La Boca, hasta donde había ido a parar. Luego sucedieron días de un calor absurdo, mi compañero de pieza que llegaba en la noche de yugar en el puerto, con acento paraguayo y que se metía en la ducha con una bolsa de nylon en su cabeza para preservar su look afro. No recuerdo haberme bañado o comido en ese tiempo. Me dolía la cabeza de una forma inconmensurable y permanecía echado todo el día a merced que me descubrieran o que alguien, un dios bueno, me volatilizara. No podía andar: me había quedado inválido y el sueño que me inducía a golpes en el reborde de la cabecera de la cama concluía en pesadillas. Calculé el dinero: reservando para el colectivo de vuelta me quedaban un día y el siguiente. Pero no podía moverme. Le expliqué como pude al tipo de la casillita de la entrada del hotel: me había atrasado una semana y si le abonaba no podía volverme a mi ciudad. Algún día me lo podrás pagar, contestó y echó el humo de su cigarro negro, disculpándose para salir hacia el restaurant de al lado donde almorzar y ver al parecer un partido importante. A la noche, en el mismo 29 que terminaba su recorrido allí, en la playita de maniobras viajé hasta Retiro y me metí en el colectivo que me regresaba a Rosario. Sabía que era altamente peligroso volver a la casa de mis viejos pero necesitaba dormir, o morir en un lugar familiar. ¿Cuanto estuve tirado? ¿Siglos?. Mi viejo desde la cocina me invitaba a ver tal o cual partido: yo aparecía, rondaba las hornallas y me cebaba unos mates. A cada rato creía oír frenadas de autos. Ellos, mis padres, hablaban por lo bajo deduciendo que estaba así por un mal de amores y que era mejor no preguntarme nada. Pobres, en algún momento tumbarían la puerta y vendrían por mí. Y yo exponiéndolos al asesinato. Cuando me pude levantar, estaba solo en la casa. Necesité bañarme, me afeité y miré los clasificados. Me presenté y rápidamente me tomaron en la casa de repuestos. Estaba mudo, flaco, ciego, sordo pero trabajaba como un burro. Vi algo de Italia una noche mientras mi mamá me preparaba una tortilla y me inducía a hablar. Al otro día vería al padre de Juan y preguntaría por su suerte. Está blanqueado, pero no conviene que lo visites, mejor dame esos libros y le digo que te vi. De vuelta en una ochava de una mercería oí que el televisor difundía los goles de Kempes. El habría de protagonizar el fin de su masacre personal contra los holandeses. Ese día no pude ver el partido porque estaba tan deprimido que me quedé en la cama decidido a morirme. Cuando desperté aún seguía vivo y éramos campeones del mundo gracias a un Matador.

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