CONTRATAPA

NOTICIAS DE LA BANLIEUE

 Por Javier Chiabrando *

Si uno tuvo la mala idea de volverse escritor y vive en el interior, siempre puede simular que está en retiro creativo o escondiéndose del acoso cual Salinger o Pynchon. Ayuda tener el aspecto adecuado: barba, pelo blanco, aire ermitaño; no olvidarse de maltratar a la prensa a la primera ocasión. La realidad suele ser menos graciosa. Si entrás en esa categoría, debo decirte, escritor y amigo mío, considerate en el horno, o ya frito, sólo cambia el índice de colesterol. Verdades obvias que un buen escritor no debería mencionar: Dios atiende en Buenos Aires, y los editores con los que uno se muere por editar también, y a lo sumo uno puede lograr con ellos una relación del estilo de las parejas que viven en ciudades separadas (pero qué son unos cientos de kilómetros cuando exista un tren de alta velocidad en cada esquina o autopistas con bicisendas y todo uniendo hasta los pueblos olvidados por sus natales). Y si él, el editor, (no importa el sexo) te engaña con Guillermo Martínez o Pablo de Santis, o con Andahazi, por default, es porque ellos le pueden dar lo que uno no, amor en directo además de miles de ejemplares vendidos.

Una solución es volverse un escritor genial. Eso apenas falla. Igual conviene que no vivas en Carlos Pellegrini (ahí nací yo), o en Balcarce o en Rosario o en Calamuchita. Ya vemos que si algún genio anda por allí no fue descubierto al momento de escribir esta nota. En todo caso yo no fui descubierto; aún. Igual no me quejo, ¡eh!, o me quejo de lleno, si soy famosísimo en el exterior (pero no lo sabe mucha gente) y vivo en la banlieue de una gran ciudad argentina, que viene a ser como la banlieue de Buenos Aires, emulando a Richard Ford que vive en la de Nueva York.

Más dolorosa será la caída si uno intenta ser profeta en su tierra más que torazo en rodeo ajeno. Basta nomás que pidas subir al palco para que comiencen los tironeos y los codazos. Es que el canon literario argentino de hoy es más bien estrecho, como si hubiera sido hecho a imitación de la calle Corrientes (de Buenos Aires, si vale la aclaración). Por si los que toman las decisiones (¿quién toma las decisiones?, ¿quién conoce su mail y sus gustos en chicas y champán para mandarle regalos?) no lo saben, los genios no descubiertos también pueden comenzar bien de abajo hasta aprender los secretos del oficio de ser canónico, como los que entran al circo a barrer y terminan de hombre bala. Todo sea por evitar que nos llamen escritores de provincia (recuerdo a un amigo que ante esa grosería contestaba "como Faulkner, que te recontra"). Yo nací en la de Santa Fe y viví en la de Buenos Aires, y al menos en cuatro provincias de países europeos. ¿Escritor de qué provincia sería?

Y si no, a esperar el braguetazo que nos haga saltar del interior a la capital de algún país del primer mundo que nos acepte como limaduras de metal del crisol de razas que están forjando (a pesar de ellos, hay que reconocerlo). ¿No se fue Messi directamente de Rosario a Barcelona? ¿Por qué no puede el Real Madrid de las editoriales, digamos Scribner, interesarse por un escritor del Nacional B que por las dudas ya tiene escrita sus obras completas? Parece una locura lo que voy a sostener a continuación, pero a muchos nos fue más fácil editar en el exterior que en Argentina. Será que para España o México no somos ni yanquis, ni marxistas, ni tampoco peronistas, apenas escritores argentinos como cualquier otro escritor que anda vagando por Buenos Aires y que nunca será llamado escritor de provincia, ni siquiera escritor porteño. Por qué lo harían, si escritor argentino lo define bien.

Tampoco es cuestión de ver un complot a cada paso, como otro escritor amigo que sostenía que era sospechoso que los concursos literarios argentinos importantes de los últimos 10 años (donde hay plata y fama, digo) lo ganaran sólo los escritores que viven en Buenos Aires, con excepcionales excepciones. No había forma de convencerlo de que era una tremenda tontería. ¿Qué, acaso todos los buenos escritores del país se pusieron de acuerdo y se mudaron a Buenos Aires? A ese mismo amigo -poeta del altiplano mudado a la pampa húmeda, escribe sobre el horizonte-, se le ocurrió juntar firmas para que cada provincia se separe del país y que cada capital de provincia sea nada menos que LA CAPITAL. Lo llamaba, acertadamente: "democratizar los obstáculos". Al fin lo desalentó imaginar la proliferación de piquetes. El sur del cono sur se iba paralizar, y no por La Guerra de los Mundos ni por la novela de Mairal. La idea no carecía de ventajas. Si Argentina entraba en guerra no sólo Corrientes la iba a ayudar. Yo, argentino. Es decir, yo, santafesino. O lo que sea.

Los que bailan con la renga son los artistas plásticos. Y no sólo por el precio de las telas, los marcos, las galerías y los críticos. Para sacar una obra del país tienen que acarrearla al Banco Ciudad (¿Banco Ciudad? Podrían disimular, ¿no?, y poner el Banco Nación) de la calle Esmeralda al 600 de Buenos Aires donde ni siquiera se puede estacionar. Allí la obra será tasada por un experto que avalará la exportación con una palmadita en el hombro. No es un trámite complicado, siempre que pintes cuadritos. ¿Y si se te da por la escultura en hierro y vivís en Humahuaca?

Volviendo otra vez la lupa sobre los escritores, tal vez exagero. Filloy murió con cincuenta obras inéditas, pero ¡había editado media docena! De qué se quejaba. ¿No se lo reconoce a Di Benedetto como un grande apenas veinte años después de su muerte? ¿Y qué si antes lo premiaron los italianos, los franceses y los gringos le dieran la beca de nombre impronunciable? ¿Qué apuro había? No es que la cultura nacional nos necesite, pero se corre el riesgo de que alguna épica menor de la historia nacional, pero épica al fin, no la cuente nadie, o que la termine contando algún Ian Gibson que nos tome de objeto de estudio como las mariposas lo eran de Nabokov, poniendo la tumba donde va la misa.

Otros cierran los ojos y arremeten. Mal no les va. (Hay tantas excepciones que esta nota ya casi no tiene sentido). Ahí anda el best sellers Hernán Lanvers, cordobés, de apellido inglés que escribe sobre ¡Africa! Yo, como todos los argentinos de bien, me pregunto: ¿para cuándo la prometida capital en Viedma o una capital itinerante que cambie cada cuatro años como los presidentes? Y siempre nos podemos comprometer con nuestros amados editores a escribir sobre epopeyas nacionales que hayan sucedido en Plaza de Mayo y alrededores.

Y vayan tres hurras para los que han encontrado soluciones. El Fondo Nacional de las Artes subvenciona y premia artistas del interior, haciendo honor a su nombre: lo nacional del fondo también existe por más al fondo que esté; y los Martín Fierro del interior y el Estrella de Mar de Mar del Plata premian producciones locales o regionales; tengo una duda: ¿si esas obras llegan a ser consideradas nacionales o los artistas subvencionados se mudan a la capital, deben devolver el premio?

Brindemos por lo que hay, que no es poco. Un proyecto editorial -la mayoría modestos- en cada pueblo. Ferias de libros hasta en el Valle de la Luna, donde se puede secuestrar o enamorar a un querido editor de visita, en base a engaños, violencia o talento verdadero; ya lo dije, volverse un genio es una solución razonable. Y el encuentro de escritores del Chaco (al que todavía no fui invitado, sospecho que por quejoso). O Internet mediante podemos tener un blog y mentir sobre nuestros antecedentes para impresionar a familiares, vecinos y amigos, para que si un editor nos googlea nos encuentre afeitaditos y de pasado frondoso. ¿Quién no fue finalista del Planeta alguna vez?

Mientras tanto disfrutemos de las ventajas de vivir en el interior. La vida es más barata, por empezar. Y el tiempo para escribir parece infinito, dándonos la posibilidad de escribir dos novelas inéditas en el mismo tiempo en que Aira escribe una édita. No olvidar la paz, el contacto con la naturaleza y la compañía de los pajaritos. Mientras escribo esto mismito veo por la ventana a mi gato tratando de comerse un colibrí. Y eso que le tengo prohibida la comida fast food.

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